Gisela Turazzini: "No creo en el poder político porque es corruptible por naturaleza"
Gisela Turazzini es economista, trader profesional y emprendedora. Fundadora de Blackbird Bank y Acapital BB Agencia de Valores, es una de las voces más reconocidas del pensamiento libertario en España. Acaba de publicar «Soy anarcocapitalista» (Deusto), una defensa radical de la libertad individual.
¿Qué experiencia personal o intelectual le llevó a abrazar esta corriente de pensamiento?
Principalmente, mi vivencia cuando era pequeña. Tenía ocho años y tuvimos que emigrar a España. Fue una experiencia muy dura porque dejas atrás a tus amigos, a tus profesores, a todo lo que conoces: tu casa, tu entorno, tu vida. Recuerdo que me aferraba a los muebles de mi casa y no quería irme. Fue muy duro. Después entendí el proceso y comprendí que mi padre lo había perdido todo por culpa de unos pocos burócratas que deciden sobre la vida de millones de personas. Fue una experiencia traumática. Por eso no creo en el Estado, porque el Estado nunca ha creído en mí.
El anarcocapitalismo suele generar rechazo o incomprensión. ¿Cuál cree que es el mayor prejuicio que existe?
Creo que es, sobre todo, por desconocimiento. Nosotros queremos sustituir el poder coercitivo del Estado por la cooperación voluntaria. No es odio al Estado; es amor profundo hacia el ser humano. A veces se confunde nuestra postura porque la gente piensa que odiamos todo lo relacionado con el Estado, cuando en realidad creemos en el individuo, en la cooperación voluntaria, en la acción individual y también en la propiedad privada. Anarquismo significa ausencia de poder, no ausencia de orden. Eso hay que dejarlo muy claro. Lo que intentamos es que el poder no entre en nuestras vidas. Es muy diferente de lo que mucha gente imagina.
Sostienes que muchas funciones del Estado podrían ser asumidas por la iniciativa privada.
"El Estado nunca asume sus errores: los terminamos pagando los ciudadanos con más impuestos"
¿Cómo respondería a quienes temen que eso aumente las desigualdades sociales?
La propiedad privada es la libertad hecha materia. Es el único pilar que nos permite convivir pacíficamente y construir civilización sin recurrir a la fuerza, porque define exactamente dónde empiezan y terminan los derechos de cada uno. En el anarcocapitalismo existe el principio de no agresión: mi libertad termina donde empieza la tuya. Las economías intervenidas nos arrastran al estancamiento. En cambio, el respeto a la propiedad permite que el mercado premie al creador y que el error asuma su propio coste. El Estado nunca asume sus errores: los terminamos pagando los ciudadanos con más impuestos. Por eso no buscamos gestionar el poder estatal para hacerlo más amable, sino arrancarlo de raíz allí donde viola el principio de no agresión. Tu libertad y tu propiedad no son un permiso concedido por los políticos; son derechos previos a cualquier autoridad.
En un contexto de crisis de vivienda, inflación y precariedad juvenil, ¿por qué considera que menos intervención estatal sería una solución y no un problema añadido?
Si analizamos el drama de las pensiones, los salarios y la vivienda, la conclusión es clara: estamos ante el gran fracaso democrático. Nos han vendido que el mercado falla, pero el sistema ha colapsado por culpa del Estado. El mercado no es un ente maligno; es simplemente un espacio donde oferta y demanda llegan a acuerdos de forma pacífica. Las pensiones no son solidarias, son una estafa piramidal que confisca el futuro de los jóvenes. En el empleo, la verdadera explotación no es el empresario, sino un Estado que te quita gran parte de tu sueldo y destruye oportunidades a golpe de regulación. Y en la vivienda, el político promete casas mientras estrangula la oferta con leyes de suelo y restricciones. La solución pasa por que el Estado deje de estorbar para que la sociedad pueda prosperar.
Entonces, ¿no considera imprescindible ningún ámbito estatal?
No. Absolutamente ninguno. En mi libro explico que la corrupción no es un accidente ni un problema de unas pocas manzanas podridas, sino la consecuencia lógica del propio sistema. El Estado no actúa como protector, sino como un depredador parasitario. La corrupción es el resultado inevitable de políticos administrando dinero que no han generado y sin asumir responsabilidades. Los concursos públicos se convierten muchas veces en cárteles repartiéndose el botín. La subvención siembra corrupción y el oligopolio la cosecha. Lo vemos también con la llamada transición verde. Mientras tanto, en un mercado libre, las empresas que no funcionan quiebran. El Estado, en cambio, nunca desaparece.
¿Cómo imagina una sociedad anarcocapitalista en cuestiones tan sensibles como sanidad, educación o seguridad?
Esa es precisamente la pregunta que el Estado quiere que hagas, porque parte de la idea de que sin él no hay solución. Pero miremos la realidad: después de décadas de monopolio sanitario seguimos teniendo listas de espera, burocracia y médicos emigrando. La pregunta correcta no es quién lo pagaría sin Estado, sino por qué con Estado seguimos sin resolverlo. La innovación privada ha solucionado muchos problemas que la planificación central nunca pudo resolver.