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Aplastar la serpiente o resistir en la roca

Abc.es 
Al sublevarse en 1775 las Trece Colonias de América Septentrional contra Jorge III de Inglaterra, una insólita alegoría ideada por el aún monárquico fervoroso Benjamin Franklin años antes y representada en forma de viñeta famosa en su periódico, el 'Pennsylvania Journal', volvió a cobrar actualidad entre los colonos insurrectos en plena guerra emancipadora. Se trataba de una serpiente de cuerpo segmentado –«the cut-up snake»- curiosamente, desprovista de todo significado de encarnación del Mal, ya que su creador la había transformado en custodio del propio Jardín del Edén americano por considerarla «una fuerte imagen del temperamento y conducta de América». Oportuna cuando los colonos se enfrentaban a los indios y a la amenaza francesa y cuando ya se manifestaban las primeras tensiones con la metrópoli. Una vez iniciada la revolución que reconfiguraría el mundo, la serpiente de cascabel que había impresionado a los primeros colonos por su agresividad y peligrosidad, reunió sus partes dispersas –los diversos gobiernos coloniales– y, de acuerdo con una antigua superstición que preconizaba que si se cortaba una serpiente a trozos y éstos se aproximaban, el mítico animal volvería a revivir como un todo y con más fuerza, se adaptó a las enseñas militares de un hacendado virginiano y veterano de la guerra franco-india, George Washington. Aparecía ahora en una actitud más agresiva mientras que el lema inicial «unirse o perecer» se transformaba en «no me pises» (o te arrepentirás). Un grito de libertad contra la opresión. Símbolo fuerte e imagen icónica sin duda para el imaginario contemporáneo y futuro, pero cuya ambigüedad permitió que las tropas realistas lo identificaran, de acuerdo con sus propios principios, con la imagen diabólica bíblica más tradicional. Jorge III expuso en la ocasión: «Inglaterra [...] podrá hacer que sus hijos rebeldes lamenten la hora en que renunciaron a la obediencia». Aplastar la serpiente revolucionaria, cuya cabeza agrupaba las cuatro colonias de Nueva Inglaterra, fue el objetivo único de las tropas y naves del rey hasta que Francia en 1778 y España un año después entraron en guerra a favor de los rebeldes. Un nuevo desafío surgió entonces en el horizonte bélico que obligó a Inglaterra a diversificar los esfuerzos y a plantearse prioridades. En el teatro de operaciones europeo se proyectó, junto con una posible invasión del territorio metropolitano inglés que pronto se mostró inviable, el mayor esfuerzo militar de expugnación del siglo, el de Gibraltar, plaza que para unos y para otros constituía otro icono, éste sin representación gráfica, pero igualmente poderoso, emblema de resistencia y de dominio imperial. Estratégico bastión que ya había declarado Pérez Pericón, el amigo de Lope, en el siglo anterior, ser «llave universal con que España cierra y abre…» y desde 1704, trono del imperio inglés donde «la Victoriosa Gran Bretaña se sienta consagrada en piedra», como versificó Philip Thicknesse en 1783. Un mito a vencer y otro a conservar pero ¿podían asumirse ambos retos o se debía aceptar la disyuntiva de una opción?. Iniciada la contienda se vaciló e incluso se barajó la posibilidad de devolver «the Rock» a cambio de diversas contraprestaciones. Encajaba la idea con la actitud pacifista de Carlos III, cansado de promesas francesas fallidas y renuente a apoyar a rebeldes a un rey legítimo. El conde de Aranda supo interpretarle con toda fidelidad: había que «conquistar dentro de Inglaterra a Menorca y a Gibraltar con los cañones de las plumas», dejando a los cálamos signatarios de un tratado los detalles. El gabinete de lord North, ya bastante «desnortado», pero que deseaba tener las manos libres para sofocar la rebelión, mandó emisarios pero, inopinadamente, todo se torció ante la presión populista de Charles James Fox, aupado por una crecida y triunfalista opinión que no permitía que la palabra «Gibraltar» figurara en unas conversaciones ya complicadas por una maraña de compensaciones posibles, y la guerra continuó con alternancias. Actitud con precedentes y que se repetiría en momentos cruciales de la historia inglesa. Las agrupaciones navales españolas pudieron distraer a las inglesas del bloqueo de los puertos del golfo de México, lo que permitió que las fuerzas de Gálvez dominaran el Misisipi. La antesala de Baton Rouge fue en lo terrestre lo que Gibraltar venía siendo en lo mediterráneo. Las grandes sumas aportadas desde el inicio de la contienda se incrementaron transformadas en armas y suministros decisivos en la última gran batalla, la de Yorktown, y otras escuadras –porque había para todo en la época de mayor auge de la Real Armada– amenazaron las vías de comunicación consiguiendo obtener Luis de Córdoba la mayor presa marítima de todos los tiempos que tambaleó la bolsa de Londres. La defensa de Gibraltar requirió por su parte la guarnición de ocho regimientos de élite, medio millar de artilleros especializados y un centenar de ingenieros cuya presencia en América hubiese podido determinar una oscilación en la balanza. La decisiva aportación de España a la causa independentista norteamericana es más conocida que reconocida, pero «Montis Insignia Calpe» –baluarte, símbolo y enseña– no se pudo recuperar, ya que el primer interesado en que esto no sucediese fue Luis XV, consciente de que un señuelo tan poderoso podía volver a utilizarse en futuras alianzas contra Inglaterra. Se firmó una paz precipitada a la que Carlos III no pudo más que sumarse ante la alternativa de seguir combatiendo solo, aunque para él las importantes ventajas obtenidas, en conjunto más espectaculares que provechosas, no se podían comparar con el objetivo primordial de su reinado, profundo, arraigado y emocional, ya que, en expresión de un pintoresco emisario secreto, mitad actor, mitad espía, Richard Cumberland, recuperar la plaza hubiese sido algo «para lo que España hubiese puesto a mis pies el mapa de sus islas, y la llave de sus tesoros». Leemos en la prensa actual que «Gibraltar es un asunto del siglo XVIII que sólo puede abordarse con respuestas del siglo XXI». No podría dejar de estar de acuerdo si no tuviera la terrible sospecha de que hace tiempo en España ha pasado a ser este un asunto secundario, sin traducción en votos, que es lo que parece primar.

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