Construir la felicidad
Una vez fuera del Aeropuerto de la Chinita en Maracaibo tomé un taxi. No habíamos salido del área del aeropuerto y el chofer se volteó a mirarme y sin saludar, sin decir siquiera «Hola» lanzó una insólita perorata de exclusivo alcance o interés personal y familiar: «Tuve que dejar a mi mujer, comenzó, porque se me puso altanera y mandona y no estoy acostumbrado a que me manden» y contó toda su lamentable separación y los tres hijos pequeños presenciando la «Telenovela», así calificó su drama familiar, y durante todo el viaje hasta el hotel en el que me hospedaría estuvo dando detalles de la escabrosa relación de sexo con su mujer, algo que no me hubiera atrevido a indagar.
Mientras escuchaba al chofer se me ocurrió pensar que si Sigmund Freud hubiera nacido en Maracaibo y no en el multinacional Imperio Austrohúngaro no habría sido necesario considerarlo como el Padre del Psicoanálisis porque el chofer maracucho que manejó el taxi no necesita acostarse en ningún diván para referir los tormentos familiares que no parecían alterarlo.
Pero Sigmund, que nació en mayo, sigue siendo el padre del psicoanálisis, maestro en la exploración del inconsciente, y todos los años la Asociación Venezolana de Psicoanálisis le rinde homenaje realizando jornadas de reflexión sobre asuntos de interés como la soledad o la felicidad y así transcurre todo un día repartido en ponencias de media hora para que destacados profesionales expongan su ideas sobre el tema elegido. Llevan mas de cuarenta años cumpliendo cabalmente esa hermosa actividad. Personalmente fui invitado hace un par de años y el tema era la soledad abordado por expertos y a mí, que no lo soy, se me ocurrió decir que al morir mi mujer Belén para no sentir el dolor del desamparo le cambié el nombre y en lugar de llamarla Belén comencé a llamarla Soledad y Soledad me acompaña en mi viudez. Sin percatarme, añadí un ligero asomo de solución al problema que se analizaba.
Pero en este mes de mayo se trataba de explorar el vasto y complejo universo de la Felicidad y la Asociación le dedicó toda una Jornada y con la presencia de psicoanalistas de reconocida experiencia ofreció diversas miradas que la escudriñaron y explicaron de dónde proviene y qué hacer con ella. Yo estuve allí invitado por el ingeniero Tomás Osers quien sin ser psicoanalista tuvo a su cargo responder una pregunta inquietante: «¿Es posible la felicidad después del holocausto?»
El padre de Tomás sobrevivió al horror de Aushwicz y murió en Venezuela, país que adoró y en el que armó una nueva familia porque la primera fue exterminada por los nazi. Osers no solo basó su conferencia en la espantosa tragedia de aquel campo de exterminio sino que mostró la mínima taza de peltre o aluminio que se llenaba una vez al día de sucia agua de conchas de papa como único alimento y vi fotos de macabras imágines, pero al final de su brillante aunque dolorosa exposición se refirió a la nueva y dichosa familia Osers que levantaron los descendientes venezolanos. ¡La familia considerada como Felicidad. ¡Una hermosa respuesta!
El país venezolano, contrariamente, es un lugar donde anida la tristeza desde hace mas de veinte años porque las tenaces sombras del régimen militar oscurecen lo que tradicionalmente era dominio del sol y de la alegría de vivir y el país se consideraba a sí mismo como una dichosa familia.Esa familia, por varias y distintas razones, no existe, se atomizó, anda dispersa por el mundo en una diáspora activada por la terrible desventura de un gobierno impresentable y voraz. ¡Habrá que rehacerla o, si se quiere, inventarla!
Sin familia, ‘honorable o no!, es difícil hablar de un país. Ese venezolano que va allí en la acera de enfrente con aire ausente no conoce al padre y dificulto que jamás supo quién fue su abuelo Lo digo por mí, que soy hijo de paternidad irresponsable. Pero no soy un ser desdichado porque soy afortunado y agradecido abuelo de dos chicas bellas e inteligentes y cuento con tres hijos y la esposa del mayor. Nunca han propinado zancadillas a nadie y con ellos comencé a formar lo que está llamado a ser un torrente cultural que ya es fuente de alegría y solo espera un chispazo popular para que el río de felicidad inunde las calles de todos nuestros pueblos oprimidos por la usurpación y la infamia.
Si Tomás Osers y su hermano Miguel lograron construir un familia sobre los históricos escombros del Holocausto también tendrá el país venezolano la fortuna de rescatar la suya perdida en las perversas aguas de la dispersión.
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