Recuerdos de un egresado
I.
Por circunstancias que no vienen al caso y que tienen mucho que ver con mi despreocupación por el futuro, fueron varios los brincos que di antes de aterrizar en la Escuela de Sociología de la UCV, sin que estuviera del todo convencido de que acertaba en la selección de la carrera, pero siempre contando con el incondicional apoyo de mis padres, algo preocupados porque, según lo decían a mis espaldas, yo solo daba pie con bola jugando al fútbol.
II.
La universidad estaba cerrada por razones políticas cuando yo terminé los estudios, a comienzos de la década de los setenta. No tengo presentes las circunstancias ni las razones de la medida, pero recuerdo (¡cómo olvidarlo!) que nos comunicaron casi de un día para otro y por las vías más insólitas (en ese entonces no había celulares y esas cosas), que el próximo miércoles deberíamos ir a una taquilla que estaba ubicada en la zona del Rectorado, con el fin de recoger los papeles que nos acreditaban como egresados universitarios. Cada quien acudió a la cita vestido como estaba cuando lo llamaron para recoger los documentos, no hubo ni siquiera el detalle de una corbatica o de una faldita más o menos coqueta.
Nada describió mejor lo que vengo relatando que el hecho de que delante de mí estaba en la cola una compañera que se presentó con un par de bolsas que contenían las frutas y las latas de atún que recién había comprado en el mercado. En fin, y para no hacer el cuento largo, vivimos un acontecimiento en el que no llevábamos ni toga ni birrete y en el que en nada nos transmitía la solemnidad del Aula Magna, en cuyo recinto imaginábamos que estaríamos presentes cuando termináramos la carrera.
III.
Poco después de que me entregaran las debidas credenciales, la Dirección de la Escuela me pidió que me encargara de completar el curso de una profesora que debía viajar a Europa. No siendo una materia que me gustara mucho, acepté sin saber muy bien cuál sería el alcance de la decisión que tomaba. Ni de lejos imaginé que a partir de ese momento me quedaría varias décadas como docente, siempre a tiempo convencional, tres horas cada lunes (prohibido revelar los últimos sueldos), encargado de dar materias consideradas como “optativas”, que bordeaban asuntos de mi mayor interés.
IV.
Echando para atrás la historia, en una materia correspondiente al primer semestre de la carrera, “Introducción a la Sociología”, tuve la fortuna de ser alumno de Olga Gasparini, encantadora persona y excelente profesora, fallecida hace muchos años. Ella me llevó junto a otros dos compañeros, María Adela Villanueva y Marcel Antonorsi, a trabajar como pasantes en el Departamento de Sociología y Estadísticas, perteneciente al recién creado Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (Conicit), fundado por el doctor Marcel Roche. Comenzando a trabajar allí, bajo la conducción de la profe, supe que había topado con el tema que, en medio de diferentes contextos, propósitos y modalidades, ocuparía mi vida profesional hasta el año 2025.
IV.
Entre las cosas que más han marcado mi existencia figura el haber sido estudiante y docente en la UCV, institución que ha ido dejando en mí una huella, de esas que te marcan hondo para siempre y te ayudan a pararte bien en el escenario de la vida. Digo lo que digo porque la semana pasada se conmemoró el Día del Egresado, es decir, mi día y el de otros miles que han pasado por las aulas hasta finalizar su carrera, en mi caso la de sociólogo, tras haber cometido la equivocación –no me mal interpreten los abogados– de cursar casi dos años de Derecho.
Lo he reiterado mil veces y no me canso de repetirlo: tengo una deuda infinita con la UCV. Me ha dado la posibilidad de seguir siendo profesor, pero le debo, sobre todo, un sentido de la vida, una manera de entenderla en su infinita diversidad, procurando la tolerancia y la comprensión de quienes miran el mundo desde una perspectiva diferente a la mía. Le debo, así mismo, un punto de vista político, a través del cual me recuerdo constantemente que el crecimiento económico sin límites, medido por el sagrado PIB, no puede seguir aumentando a costa de la biodiversidad, la degradación de la democracia, la pobreza, las migraciones o de la felicidad per cápita.
V.
No hay quien dude que la universidad contemporánea (y la nuestra no es una excepción) requiere modificarse en sus propósitos, contenidos, estructuras y modos de llevar a cabo sus múltiples tareas, con el propósito de ponerse a tono con la época que vivimos actualmente, marcada por profundas, aceleradas e innumerables transformaciones tecnocientíficas. Así las cosas, hoy en día la existencia de los terrícolas acontece en un mundo voluble e incierto, envuelto en desafíos que nos sorprenden sin una brújula que los oriente desde la ética.
Amplios sectores de la comunidad ucevista coinciden con el planteamiento bosquejado en el párrafo anterior. Ya se observan, en efecto, iniciativas que apuntan hacia la evolución requerida. En este sentido, las trabas que impone la larga crisis venezolana requieren ampliar los consensos internos, así como aquellos que la entrelacen con otras instituciones. Y añadiría que, de ser posible, las tareas pendientes se lleven a cabo apretando el acelerador.
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