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De la zona de aprendizaje rumbo al crecimiento

“Aprender, es descubrir lo que ya sabes.

Hacer, es demostrar que lo sabes.

Enseñar, es recordar a otros que ellos también lo saben".

—Richard Bach

La silenciosa trampa del éxito

Mi sobrino nieto tiene cinco años y ya es capaz de hacerme dudar de todo lo que creo saber. No solo porque lee con entusiasmo los libros infantiles que le llevo o porque armamos Legos como si resolviéramos ecuaciones tridimensionales, sino porque, de pronto, lanza preguntas que me detienen en seco. Preguntas como:

“¿Tú también tuviste que aprender a jugar, o ya sabías?”

Lo dijo sin ironía, sin la menor intención de incomodarme. Pero ahí estaba la pregunta que muchos ejecutivos evitan hacerse frente al espejo: ¿En qué momento dejamos de aprender?

En el mundo de las empresas, donde los títulos cuelgan como medallas y las decisiones se toman con la seguridad de quien cree haberlo visto todo, hay un enemigo sutil que se instala sin hacer ruido: la zona de confort disfrazada de experiencia.

A veces no es el miedo lo que nos frena. Es el recuerdo de nuestros aciertos pasados. (El obstáculo más peligroso para un líder).

Lo que sabemos... y lo que creemos que sabemos

En posiciones directivas, donde las decisiones tienen eco en toda la organización, es fácil caer en rutinas brillantes... que dejaron de ser útiles hace cinco años.

Hay un fenómeno que hemos estudiado poco, pero que se manifiesta todo el tiempo: la obsesión con repetir fórmulas ganadoras.

Desaprender lo aprendido

Muchos ejecutivos no fracasan por falta de talento, sino por exceso de certeza. Se aferran a sus éxitos como si fueran contratos perpetuos. Pero lo que los llevó a la cima puede ser lo que impida que suban el siguiente peldaño.

El error más común es pensar que desaprender es olvidar. No lo es. Desaprender es reordenar. Es mirar una situación con ojos nuevos, aun cuando ya la hayas vivido. Es permitirte sentirte incompetente de nuevo, con conciencia y propósito. Es decir: “no sé”, y tratar de nuevo

¿Y cómo se empieza? Tal vez como mi sobrino nieto: con curiosidad, con preguntas, sin miedo al ridículo. En ese sentido, el liderazgo del futuro no se parecerá al que hemos ejercido. Será más incómodo, más relacional, más experimental. Y, por lo mismo, más humano.

Tres señales de que has dejado de crecer

1. Tus preguntas ya no incomodan a nadie.

Cuando todo el equipo responde rápido y sin pensar, ya no te ven como un líder desafiante, sino como un jefe predecible.

2. Tus zonas de genialidad se han convertido en zonas de protección.

Antes era fortaleza, ahora es refugio. “Yo manejo la parte estratégica”, dices, para evitar nuevos lenguajes: IA, disrupción, diversidad, ESG.

3. Te sientes más cómodo en las celebraciones que en las sesiones de riesgo.

El aplauso reconfirma tu trayectoria, pero la incertidumbre exige que la revalides.

Recuerda: Enseñar puede ayudarte más que aprender.

Cuando enseñas de verdad (no cuando das instrucciones, sino cuando acompañas procesos), también entiendes mejor tus propios vacíos. Liderar es enseñar. Y enseñar es escuchar.

¿Y si volviéramos a jugar?

Regreso a mi sobrino nieto: cuando me preguntó si había tenido que aprender a jugar, le dije que sí; jugar, como liderar, no es instintivo: se entrena.

Aprender, desaprender y volver a aprender es lo que mantiene vivo a un líder. No la agenda llena, no el consejo satisfecho, ni el bono anual.

¿Qué te mantiene vivo? La capacidad de hacer preguntas incómodas con humildad y responderlas con acción. Como cuando un niño juega y se permite fallar cien veces hasta que termina el Lego.

No se trata de abandonar lo que sabes. Se trata de ponerlo a prueba en entornos donde no controlas el resultado.

Una nave de Lego y una pregunta para ti

Al final del día, mi sobrino nieto me dijo: “Tu nave quedó mejor que la mía, pero la próxima vez yo seré el ingeniero”.

Le respondí que si; porque ese tipo de juego —como el liderazgo— es en el que nunca se termina de aprender.

A veces me pregunto si los ejecutivos también necesitan una caja de Legos para recordar lo esencial: el liderazgo no es acumular piezas, sino aprender a desarmarlas para construir algo nuevo.

Por cierto, si tienen un Lego que me recomienden, mándenme sus sugestiones (agradezco cualquier idea, para poder seguir aprendiendo juntos).

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