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Más peligrosos que los que andan pin

En aquellos tiempos, caminaban sigilosos por los pasillos de Zapote –porque siempre han existido–, pero ya se les tenía “coloreados”, eran los miembros de lo que jocosamente se denominaba en el gremio periodístico Comando Cobra. Eran una especie de comodines para el presidente de turno y, si se alistaban en ese equipo por necesidad, ambición o ideología, era muy difícil de establecer.

Hacían las preguntas fáciles y preconcebidas para que el presidente o alguno de sus ministros pudiera lucirse hablando paja, se sacaban fotos con ellos cada vez que podían (no había selfis entonces) y no ocultaban su molestia con los periodistas serios que planteaban las preguntas comprometedoras.

Unos eran periodistas de formación académica; otros, no tanto. Pero, en honor a la verdad, sabían que su rol no era el más respetable y procuraban desempeñarlo sin dejar evidencia; algo de vergüenza sentían al final.

Hoy, en cambio, los nuevos miembros del Comando Cobra Reloaded se muestran orgullosos de leer las preguntas “de traba” que les entrega algún ministro accidental e incluyen en sus intervenciones las mismas frases de su admirado para que este termine de adornarlas con insultos, datos falseados y otras bellezas en sus respuestas. No tienen reparos en asistir a una dizque conferencia de prensa (en realidad, es una puesta en escena) con un pin de jaguar en la solapa y, además, hacer un TikTok, orgullosos de mostrar cuando se los colocaron.

Piden Sinpes aduciendo que solo así pueden seguir haciendo el “periodismo anticanalla” que necesita Costa Rica, se encaraman en plataformas a lanzar arengas en marchas improcedentes y le tributan su gran admiración –casi idolatría– al jaguar mayor, con todo el orgullo de un fanático de secta capaz de tomarse un veneno si se lo pidiera su “reverendo”.

Pero, en honor a la verdad, yo prefiero a esta fauna que dejó de ser peligrosa. Ya todos los conocemos, podemos anticipar sus intervenciones y casi que se pueden considerar una anécdota de mal gusto que pronto será parte de una historia vergonzosa del periodismo. Hoy, ellos se sienten importantes; creen que, de verdad, en Zapote los aprecian y prefieren obviar que quienes los escuchan o ven ya de por sí están convencidos; solo necesitan el refuerzo de sus tesis. Pero viven sus meses de gloria y los recordarán cuando, en un tiempito, metan el pin en la cajita.

Los que rugen de a callado

En cambio, con pin de jaguar sombreadito en la mesa de noche, están los otros: los realmente peligrosos para un sistema democrático en el que la ética periodística debe ser uno de los componentes innegociables.

Se presentan con cara de neutrales y desinteresados para convencer a los incautos de que su trabajo es periodístico; sus entrevistas, desinteresadas, y que su objetivo es fungir como un canal informativo para la población, una población que hoy vive más distraída que nunca.

Y es que solo los más atentos se dan cuenta de que lo que se pregunta al entrevistado es trivial y complaciente, pero –y esto es tal vez lo más reprochable– omiten tan siquiera mencionar los temas sobre los que el entrevistado debería dar explicaciones.

Claro que estos “hacedores de preguntas” no actúan solos, cuentan con una batería de cómplices (también tienen el pin guardado) que incluye desde autodenominados analistas, pasando por políticos desgastados en busca de volver a una curul, economistas venidos a menos con tarifa por columna, encuestadoras que algún día tuvieron credibilidad (hay otras que están en el grupo de arriba y ya son meme), etcétera. Eso sí, todos unidos por el común denominador de hacerse pasar como voces neutrales y profundas.

El guion se evidencia claramente: si el entrevistado es el funcionario contratante, el “preguntador” le pondrá la bola en el centro del área y sin portero. Tome, hágalo. Así, si la conversación es parte de la complicidad acordada, las preguntas serán las que no impliquen cuestionamientos ni incomodidades para el patrón. Porque, al final, no es entrevista, sino propaganda disfrazada.

Las razones para ser parte de la farsa han de ser igual de variadas que las del Comando Cobra. O sea, van desde la necesidad económica (la ambición, diría yo en este caso) pasando por la esperanza de “agarrar un hueso”, hasta el acatamiento de las órdenes de sus superiores máximos que temen por el futuro de sus empresas en medio de amenazas.

Hoy sostengo que es más reprochable lo que hacen los “informadores de pin sombreado” que aquellos que prefirieron portar orgullosos su jaguarcito en la solapa. Estos, al menos, no le mienten a su público en la cara porque son porristas reconocidos. En cambio, los otros, aunque posiblemente sepan del peligro que corre hoy Costa Rica –varios de ellos son gente preparada– prefieren el rédito del canje… de la forma en que llegue y según acuerdo previo. Disfrútenlo hoy, porque el tiempo pasará factura.

alvabon68@yahoo.com

Eduardo Alvarado Bonilla es periodista.

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