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Medios de comunicación y democracia, más allá de TVN

Las declaraciones de Evelyn Matthei respecto a reducir Televisión Nacional al mínimo no son, en lo profundo, aisladas, sino la continuidad lógica de un paradigma que ha dominado la escena mediática chilena desde el retorno a la democracia. Ese paradigma establece que el Estado debe abstenerse de intervenir en el ecosistema de medios, dejándolo entregado al mercado, como si la comunicación fuera un bien cualquiera y no un derecho social ni un soporte de la democracia. Por eso, no sorprende que quien aspira a liderar un nuevo ciclo de gobierno desde la derecha proponga desmantelar el ya precario bastión que queda del espacio público en televisión. Posición que, en todo caso, no ha sido exclusiva de ese sector, sino que también fue ostentada por la Concertación durante sus dos décadas en el gobierno.

Pero, por lo recién señalado, el problema de fondo no es TVN: es la ausencia de un sistema de medios públicos coherente, robusto y con respaldo estatal. En lugar de construirlo, se optó durante décadas por un modelo que desmanteló lo poco que había: se vendió la Radio Nacional, se dejó morir al diario La Nación y se abandonó a TVN a una lógica de autofinanciamiento que lo puso a competir en desigualdad con canales privados. Mientras tanto, los medios universitarios estatales han subsistido más por la convicción de las autoridades de las casas de estudio que por política pública. El Estado, en esta materia, ha sido un testigo mudo, cuando no un cómplice de la concentración y del silenciamiento de voces alternativas.

El resultado está a la vista: un sistema mediático privatizado, además concentrado, con líneas editoriales poco diversificadas y hegemonía ideológica del pensamiento afín al poder empresarial. La promesa de mayor pluralismo sin medios públicos se transformó en un espejismo. En ese contexto, debilitar aún más a TVN, en supuesto nombre de la austeridad y la eficiencia, significa renunciar a una herramienta necesaria para la democracia, sobre todo en un país donde los grandes grupos económicos son dueños de medios, pero además financian campañas, influyen en agendas y moldean el imaginario colectivo.

Por eso, más que centrarnos en cerrar o no TVN, podría ser más edificante abrir una conversación seria, estructural, sobre cómo está construido nuestro sistema mediático y cuáles serían características que le permitieran contribuir a un mejor país y una mejor democracia. Que incluya, como ocurre en países que Chile suele mirar con admiración, un verdadero sistema de medios públicos. Uno que no esté al servicio del gobierno de turno, por cierto, sino que cautelando su debida independencia tenga como misión el bien común: fortaleciendo las culturas, fomentando la deliberación ciudadana, amplificando voces diversas, ofreciendo información rigurosa y, en definitiva, democratizando la circulación del conocimiento. 

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