Israel e Irán tejieron una amistad política que terminó convertida en uno de los peores odios del siglo XXI
Relación bilateral - Durante las primeras décadas del Estado de Israel, Teherán y Tel Aviv tejieron una colaboración basada en el petróleo, la seguridad y la contención soviética
Radiografía de 12 días de guerra entre Irán e Israel: mapas, muertos y número de misiles lanzados
La televisión estatal iraní anunció a las 4:00 de la madrugada que se imponía un cese de hostilidades. En ese mismo instante, misiles seguían cruzando el cielo sobre Beersheba. Las imágenes del impacto en un bloque residencial del sur de Israel contrastaban con el comunicado en Teherán que hablaba de calma. Poco antes, el presidente Donald Trump había declarado que el alto el fuego era ya un hecho.
Más tarde, tras los últimos bombardeos en plena supuesta tregua, expresó su enfado afirmando que Tel Aviv y Teherán “no saben qué coño están haciendo”, antes de anunciar que los aviones israelíes estaban “de vuelta a casa” y que el alto el fuego seguía “en vigor”. Desde Jerusalén, Benjamin Netanyahu celebró lo ocurrido como una “victoria histórica” sobre Irán que, según él, “perdurará durante generaciones. Masud Pezeshkian, presidente iraní, se pronunció en los mismos términos. Así, con 610 fallecidos en lado iraní y 28 en el israelí, quedaba sellado el final de varios días de ofensiva entre dos países que, décadas atrás, compartieron una alianza estratégica impensable hoy.
De aliados improbables a socios estratégicos en plena Guerra Fría
A mediados del siglo XX, la relación entre Israel e Irán se tejía al margen de las tensiones visibles de la región. El reconocimiento israelí por parte del régimen del sha Mohammad Reza Pahlaví, primero de manera informal en 1950 y de forma pública en 1960, supuso una excepción en el panorama musulmán de Oriente Medio. La cooperación entre ambos gobiernos no partía de coincidencias ideológicas, sino de intereses concretos: seguridad regional, comercio energético y un enemigo común en la expansión soviética.
La alianza comenzó a tomar forma en los años posteriores a la fundación del Estado de Israel. La postura prooccidental del sha facilitó una cooperación discreta, pero constante. Tel Aviv ofrecía experiencia militar, tecnología y formación a cambio de petróleo. La visita de David Ben-Gurión a Teherán en 1961 marcó un punto de inflexión. Desde ese momento, el intercambio se intensificó en secreto, y ambos países reforzaron su coordinación en defensa.
Esa relación se sostuvo incluso cuando las prioridades internacionales comenzaron a cambiar. Según relató Le Monde en un análisis sobre los vínculos bilaterales, las Fuerzas Armadas israelíes asesoraban a sus homólogas iraníes en modernización táctica, mientras que Irán garantizaba el suministro energético para sortear el aislamiento de Israel entre sus vecinos. Aunque sin embajada formal, Israel mantenía presencia en Teherán mediante oficinas de enlace y una red de contactos estables.
La cooperación incluía también aspectos sensibles como el espionaje. El Mossad y el SAVAK, la policía secreta iraní, compartían información e incluso realizaban operaciones conjuntas. El equilibrio se mantenía bajo una lógica pragmática: cada movimiento respondía a la necesidad de contener la influencia soviética y proteger la estabilidad regional frente a los movimientos nacionalistas árabes.
A pesar del distanciamiento, el interés por debilitar enemigos comunes mantuvo puentes activos
La revolución de 1979 deshizo todo ese entramado. Con la caída del sha y el ascenso del ayatolá Ruhollah Jomeini, Irán rompió sus lazos con Israel y redirigió su política exterior hacia una confrontación abierta. En ese contexto, la antigua embajada israelí en Teherán fue entregada a la Organización para la Liberación de Palestina, tal como relató France 24 en su reconstrucción histórica del conflicto.
Sin embargo, la ruptura no impidió contactos puntuales en los años siguientes. Durante la guerra entre Irán e Irak en los años ochenta, el gobierno israelí liderado por Menachem Begin optó por apoyar discretamente a Irán. La prioridad era debilitar al ejército de Saddam Hussein, por entonces el más potente del mundo árabe. Las entregas de repuestos para material militar estadounidense, bloqueado por el embargo, se realizaron mediante rutas encubiertas, como reveló la prensa tras el accidente de un avión de carga en Armenia en 1981.
Ese apoyo no se limitó a lo militar. A cambio, Irán permitió la salida de gran parte de su comunidad judía y continuó enviando crudo en operaciones encubiertas. También compartió información con Israel sobre el programa nuclear iraquí. Cuando Irán fracasó en su intento de destruir el reactor de Osirak en 1980, la aviación israelí culminó la tarea en junio de 1981.
Pese a los cambios políticos, la estrategia de supervivencia común frente a enemigos compartidos mantuvo algunos puentes activos. En 1982, mientras Israel cercaba a la OLP en Beirut, Irán respondía al avance militar iraquí con una contraofensiva que lo llevó a invadir territorio de su vecino. Ambas operaciones coincidieron con un mismo objetivo: debilitar al nacionalismo palestino. De ese cruce de intereses nacería un actor nuevo, mucho más peligroso para Israel en el largo plazo: Hezbolá, apoyado directamente por Teherán.
El paso del tiempo borró cualquier vestigio de aquella etapa. La alianza quedó enterrada bajo décadas de hostilidad. Pero las declaraciones recientes y el cese provisional de hostilidades abren la puerta a repasar un capítulo que demuestra cómo los giros políticos pueden transformar por completo las relaciones entre países. Lo que una vez fue una alianza pragmática acabó convirtiéndose en una gran enemistad que, por el momento, ha cesado en sus hostilidades.