Una psicóloga alerta: «Celebraciones como Halloween pueden tener un doble efecto en los niños»
Un año más nos preparamos para celebrar Halloween, la noche más «terrorífica del año» y una de las más esperadas para los más pequeños. Esta cita, cuyo origen se remonta a tradiciones celtas y que servía para marcar el final de la cosecha, hoy en día es una de las fiestas más populares del calendario. Ciudades de toda España se llenan de niños (y también mayores) ataviados con disfraces, jugando al «truco o trato» o haciendo maratones de películas de miedo. Pero, ¿influyen este tipo de rituales en la forma en que los niños enfrentan sus temores? Sí, y de hecho, es un tema que los padres deberían tener en cuenta, advierte Tania Ruiz, terapeuta y directora del Centro Anda CONMiGO de Valdemoro. De hecho, a juicio de esta especialista, «celebraciones como Halloween pueden tener un doble efecto , dependiendo de cómo se vivan en casa y de la edad del niño». ¿Cuáles serían, a su juicio, los dos efectos que puede causar esta fiesta en los niños? Pueden ocurrir dos cosas. Por un lado, cuando se plantean desde el juego y el humor, pueden ser una oportunidad maravillosa para desensibilizar el miedo, es decir, para enfrentarse a lo que asusta en un entorno controlado y divertido. Disfrazarse de algo «temible», encender una linterna en la oscuridad o reírse de un fantasma de mentira ayuda al niño a reinterpretar lo que le da miedo: pasa de ser una amenaza a ser algo con lo que puede jugar. Sin embargo, si la exposición es demasiado intensa (imágenes violentas, películas de miedo, sustos inesperados o contenidos de redes no adecuados a su edad), el efecto puede ser el contrario: aumentar la ansiedad o provocar pesadillas. Por eso siempre recomendamos a las familias adaptar Halloween a la edad emocional del niño. No todos disfrutan del mismo tipo de estímulo. Lo ideal es convertirlo en una experiencia lúdica, donde el niño tenga control, pueda anticipar lo que va a pasar y, sobre todo, se sienta seguro. Así, el miedo se transforma en una experiencia de juego compartido, no en algo que lo desborde. En cualquier caso, ¿por qué el miedo es tan común en la infancia? ¿Es necesario para el desarrollo? El miedo es una respuesta adaptativa: ayuda al cerebro a detectar y evitar peligros. En la infancia, el sistema de amenaza aún está en desarrollo (prevalencia de la amígdala frente a la corteza prefrontal), por eso aparecen miedos típicos por etapas (p. ej., separación en 1–3 años, oscuridad/monstruos en 4–7, evaluación social en preadolescencia). La mayoría son transitorios y se van modulando con la maduración y el aprendizaje. Sentir miedo sí es necesario: entrena al niño a identificar señales, pedir ayuda y practicar estrategias de afrontamiento. Pero, ¿cuándo un miedo infantil pasa de ser algo normal a un signo de alerta? Cuando el miedo interfiere de forma mantenida (nos estaríamos refiriendo a más de 4 semanas) con el sueño, la asistencia escolar, las relaciones o el juego; cuando provoca evitación intensa (no entrar solo en su habitación, no dormir sin luz, no ir a excursiones); o cuando se acompaña de síntomas somáticos frecuentes (dolor de barriga, dolor de cabeza, mareos) y los padres sienten que hay una afectación en la vida alrededor del miedo. También si aparecen pesadillas recurrentes con impacto en la actividad diaria. Los problemas de ansiedad en niños suelen ir de la mano de dificultades de sueño y concentración, por lo que conviene intervenir pronto. Cuando se presentan estos casos, ¿qué herramientas pueden utilizar los padres para ayudar a sus hijos a gestionarlo? Lo primero que debemos recordar es que el miedo no es algo negativo. De hecho, es una emoción necesaria. Nos protege, nos avisa de los peligros y forma parte del aprendizaje emocional de cualquier niño. Lo que ocurre es que a veces, cuando nuestros hijos sienten miedo, los adultos también nos asustamos y queremos que deje de pasar rápido. Entonces les decimos: «no llores», «no pasa nada», «no tengas miedo»… y sin querer, les estamos diciendo que sentir miedo está mal. Lo importante es validar esa emoción, es decir, hacerle entender al niño que lo que siente tiene sentido. Podemos decir algo tan sencillo como «veo que te has asustado. Es normal, a veces los ruidos fuertes también me sorprenden.» Cuando hacemos esto, el niño percibe que su emoción es comprendida y segura, y eso le ayuda a calmarse. ¿Cómo se puede ayudar a los más pequeños a afrontar los miedos? Nosotros trabajamos desde una premisa muy clara: el miedo no se elimina, se acompaña y se aprende a manejar. Por eso, cuando un niño llega con miedos (a dormir solo, a la oscuridad, a separarse de sus padres, a los ruidos o incluso a hablar en público), lo primero que hacemos es escuchar y entender qué hay detrás de ese miedo. A menudo, el miedo no está tanto en la situación, sino en la sensación de no tener control. Nuestro papel es ayudarle a recuperar esa sensación de seguridad poco a poco. En la práctica, utilizamos el juego, los cuentos, la dramatización y la expresión emocional como herramientas naturales para trabajar el miedo. Por ejemplo, a través del juego simbólico, los niños pueden representar aquello que les asusta (un monstruo, una tormenta, una separación) y transformar esa experiencia desde un lugar seguro. Además, involucramos siempre a las familias, porque el proceso no termina en la sesión. Enseñamos a los padres a acompañar en casa sin sobreproteger, a validar la emoción y a celebrar los pequeños logros. Nuestro objetivo no es que el miedo desaparezca de un día para otro, sino que el niño aprenda que puede gestionarlo, que es capaz de sentir miedo y seguir adelante. El miedo suele aparecer de noche… ¿Qué estrategias funcionan mejor para reducir la ansiedad o las pesadillas? Las pesadillas y la ansiedad nocturna son manifestaciones muy comunes del miedo infantil, sobre todo cuando hay cansancio, estrés o sobreestimulación antes de dormir. Lo más eficaz, según la evidencia actual, no son las soluciones rápidas, sino las rutinas constantes y el acompañamiento tranquilo. Una de las estrategias más potentes es crear un ritual de calma antes de acostarse: una secuencia repetida que el cerebro asocie con seguridad. Por ejemplo, un baño templado, luces suaves, un cuento tranquilo y unos minutos de conversación relajada. Eso le da al niño una estructura predecible que reduce la activación del sistema nervioso. También es muy útil hablar del miedo o de la pesadilla a la mañana siguiente, cuando el niño ya está tranquilo. Podemos ayudarle a reconstruir el sueño con un final diferente, más seguro o incluso divertido. Esta técnica se llama imagery rescripting, y está muy validada científicamente: al reimaginar la historia en positivo, el cerebro aprende que tiene control sobre esa experiencia. Y, por supuesto, evitar pantallas y contenidos de miedo antes de dormir. Los dispositivos y las luces intensas activan el sistema de alerta y dificultan el descanso.