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Un socialista para Nueva York: los demócratas buscan su rumbo

En Nueva York, un socialista de Queens encabeza las encuestas en la elección por la alcaldía.

Zohran Mamdani no es aún una figura nacional, pero su campaña ya rebasó la contienda local: habla de asequibilidad, control de rentas, transporte público gratuito y cuidado comunitario en un tono que suena menos a administración y más a pertenencia.

En un mitin reciente, miles lo escucharon discutir no solo propuestas y programas, sino las preguntas de fondo: de quién es la ciudad, para quién existe el gobierno y cómo se reconstruye el nosotros en un país fracturado.

Su irrupción es una señal del momento que vive el Partido Demócrata: no está muerto, pero tampoco tiene una visión y rumbo claros para enfrentar a Trump y a los republicanos.

Lo que sí tiene —y eso importa— es algo que la oposición mexicana perdió hace tiempo: debate interno, búsqueda, experimentación. Y esa búsqueda, aunque no garantice victorias inmediatas, es indispensable para que un partido o un proyecto político siga vivo.

El gran reto para los demócratas es cómo recuperar a los votantes —particularmente los de las zonas rurales y la clase trabajadora de menos ingresos— que se fueron con Donald Trump.

No se trata solo de quién ofrece más beneficios o mejores políticas. Se trata de algo más profundo: Trump ha construido una cultura política; una comunidad emocional.

Como argumenta David Brooks, columnista de The New York Times, en el podcast The Conversation: “Donald Trump tiene una visión. Trump tiene una cultura... Tiene una religión... Trump te da identidad, te da pertenencia. Para derrotarlo se necesita una contracultura”.

La narrativa de Trump es clara y poderosa: las élites se aprovecharon de ti; yo soy tu herramienta para vengarte. Es una historia de resentimiento, sí, pero también de reconocimiento. De ser visto. De tener causa.

Por eso, tampoco basta con denunciar a Trump —decir que miente, que es demagogo, que amenaza la democracia. Todo eso puede ser cierto, pero no responde las preguntas esenciales del votante que abandonó al Partido Demócrata: ¿Quién está de mi lado? ¿Quién me reconoce? ¿Quién me acoge?

Para muchos electores, el partido dejó de ser el defensor de los trabajadores y se convirtió en el lugar donde las élites discuten las batallas culturales de las universidades y las redes sociales.

Y aunque los demócratas han impulsado políticas que beneficiaron a esos votantes —ahí está, por ejemplo, el Obamacare—, no lograron convertir esos avances en relato. No lograron traducirlos en identidad, no supieron mostrar que esas políticas expresan, por encima de todo, quiénes son y a quién representan.

La campaña de Mamdani trata precisamente de eso: no solo de propuestas redistributivas, sino de reconstruir comunidad política desde abajo, puerta por puerta, vecindario por vecindario. Su mensaje no es “te daré más”, sino: “formamos comunidad, nos cuidamos y nos organizamos”.

Y esa disputa por el sentido de nosotros es donde se juega hoy el futuro del Partido Demócrata.

La respuesta de Mamdani no es única. Brandon Johnson en Chicago y Michelle Wu en Boston ensayan una renovación moral basada en comunidad y cuidado.

John Fetterman y Sherrod Brown buscan reconectar con la clase trabajadora desde la dignidad laboral. Y en Nebraska, los demócratas exploraron sumarse a la candidatura del independiente populista Dan Osborn.

La alianza no prosperó, pero, como reportó Politico, puso al partido a pensar cómo ser competitivo en estados claramente republicanos.

Puede ser que ninguna de estas sea la ruta que al final defina el futuro de los demócratas o incluso que algunas resulten contraproducentes, pero la exploración es el síntoma de un partido que sigue vivo, que todavía se pregunta quién quiere ser y para quién.

En México, por el contrario, lo que hay es un vacío. La oposición —PAN, PRI, PRD— no solo perdió elecciones: perdió sentido.

El relanzamiento del PAN de hace unos días lo dejó claro: mucha escenografía, poco proyecto; demasiados eslóganes, ninguna conversación seria sobre quiénes son, a quién representan y qué país proponen.

Morena, en cambio, llegó al poder con una narrativa moral robusta: primero los pobres; el pueblo contra la élite; restitución frente al abuso.

Eso no es solo propaganda. Es pertenencia. Es sentido de comunidad política. De eso no hay nada del lado opositor. Ni siquiera un debate sobre cómo lograrlo.

Mientras, como muestra Mamdani, en Estados Unidos los demócratas discuten cómo reconstruirse —recomponer un nosotros y restituir vínculos comunitarios—, la oposición mexicana ni siquiera formula la pregunta básica: ¿a quién le hablamos?

En lugar de repensarse, parece apostar a que el gobierno se desgaste solo.

En Estados Unidos, el partido que perdió está intentando imaginarse de nuevo. En México, la oposición todavía no empieza a hacerlo.

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