La transformación en hotel, la última batalla que libran los castillos españoles
Expertos en patrimonio critican algunas prácticas que ponen en jaque la imagen original de las fortalezas, mientras la firma estatal Paradores, principal promotor, prevé para estos edificios “una labor de conservación como no se ha visto nunca”
Ni ruinosos ni lúgubres: el verdadero pasado de los castillos españoles
Cuando en Europa se generalizó el uso de la artillería —allá por el siglo XV— los castillos se vieron abocados a transformarse. Sus elevados muros y torres habían sido diseñados para evitar el asalto de los enemigos, pero no para repeler el impacto de letales proyectiles lanzados a gran distancia. Las fortalezas comenzaron a agazaparse y se robustecieron con murallas más anchas y baluartes que protegieran los puntos débiles. Los edificios militares siguieron evolucionando hasta modelos geométricos, como las ciudadelas de Pamplona o Jaca (Huesca).
El siglo XX traería la aviación y los castillos quedarían, de nuevo, al descubierto: su perfecta geometría se convertía casi como en una diana a la que el enemigo podía perfectamente apuntar sus armas desde el cielo. Así que los castillos optaron por esconderse aún más hasta convertirse en búnkeres, completamente mimetizados con el paisaje. ¿Acaso los tiempos actuales han dejado de ser una amenaza para las viejas fortalezas? Todo lo contrario: en la despoblación de las zonas rurales y la conversión de los castillos en monumentos y reclamo turístico se pueden encontrar algunos de sus adversarios más modernos.
Porque la sola idea de alojarse en un castillo, tal que un guerrero medieval, ha sido siempre demasiado sugerente como para dejarla pasar de largo. Así que la dictadura franquista, en su afán por el despegue económico y la apertura al turismo, fijó su mirada en las castigadas ciudadelas españolas, transformando muchas de ellas en paradores. “Hablamos del tardofranquismo, en las décadas de los sesenta y setenta, cuando no tenían complejos y, si había un interés general, se hacía lo que hiciera falta pese a las leyes de patrimonio”, analiza Miguel Sobrino, autor de la monografía Castillos y murallas (La Esfera, 2022). El supuesto interés general por encima de la conservación del patrimonio.
Sobrino habla de castillos con nombre y apellidos. “En Sigüenza (Guadalajara) había construcciones de los siglos XVI y XVIII que hubieran sido estupendas como zona de hospedería, sin tener que tocar lo medieval”, explica. Y es que en Sigüenza, como en otros lugares, se quiso recrear la imagen tópica del castillo medieval, incurriendo en falsos históricos, como lo que Sobrino denomina “almenitis”. “Llegaron a construir almenas incluso en estructuras donde nunca existieron, como en las torres, donde se las inventaron”, lamenta.
El principal problema al que se enfrentaron los arquitectos de los años sesenta y setenta era que, a diferencia de un monasterio, el castillo es un edificio defensivo, no está pensado como lugar para alojarse. Así que idearon todo tipo de alternativas, como la construcción de nuevas estructuras donde situar las habitaciones. Como en Cardona (Barcelona), un impresionante castillo del siglo IX donde “el parador no deja de ser un poco intruso”, valora el investigador Miguel Sobrino. El hotel se construyó en 1976 con una nueva edificación que trató de confundirse con la fortaleza, utilizando piedra de la zona, similar a la empleada en la Edad Media, pero no idéntica.
La piedra, precisamente, ha sido otro caballo de batalla para los restauradores. Cuenta Sobrino que en el parador de Alarcón (Cuenca), “hubo algunos excesos, como dejar la piedra vista, que es una imagen completamente falsa porque los interiores estaban totalmente enlucidos y decorados”. Un falso histórico que ha terminado por imponerse: ¿quién se atrevería a decir hoy que los muros de los templos románicos eran diferentes a como los vemos, que estaban vivamente decorados en lugar de lucir desnudos sus sillares?
Pensados para “no poder acceder”
“El mayor reto es la accesibilidad, porque son edificios creados con un carácter defensivo muy claro y, obviamente, estaban pensados para que la gente no pudiera acceder”, valora Belén Roldán, coordinadora de gestión del patrimonio en la red pública Paradores, que en 2028 cumplirá un siglo de historia. Roldán pone sobre la mesa algunos de los aspectos clave cuando se valora introducir un uso hotelero en un edificio de estas características: todos los castillos españoles están protegidos desde el real decreto de 1949 (hoy son bienes de interés cultural) y esa protección “nos genera muchas limitaciones”.
El desafío es mayúsculo cuando se trata de “garantizar un confort mínimo a los clientes”, cuenta la responsable, aplicando además criterios tan actuales como la eficiencia energética. ¿Cómo se consigue? En la empresa pública hablan de valores como la “creatividad”, el “trabajo” y el “conocimiento”. Este último es, quizá, una de las grandes novedades con respecto al modelo de trabajo del siglo XX. “Se pretende conocer en profundidad cuál ha sido la historia del edificio y su evolución para poder tomar decisiones más responsables”, explica Roldán. Y añade: “No puedes intervenir hasta que no conoces”.
En casos tan relevantes como el de Sigüenza —donde el parador ha provocado un impacto económico y social netamente positivo en una localidad de poco más de cuatro mil habitantes—, en la red estatal prefieren, a diferencia de investigadores críticos como Miguel Sobrino, ver el vaso medio lleno. “Durante la guerra civil se destroza un bien que era una maravilla y no se hace nada en cuarenta años, hasta la construcción del parador en 1972”, defiende Ricardo Mar, secretario general de Paradores. “Hoy es un sitio turístico en sí mismo, no solo un lugar donde dormir; tenemos que cuidarlo y lo estamos cuidando”, añade.
Una necesaria labor de conservación
Las inversiones más inmediatas de la cadena para los próximos años —80 millones de euros a través del Instituto de Turismo de España (Turespaña)— implican “una labor de conservación como no se ha visto nunca”, sostiene Ricardo Mar, bajo la máxima de que “lo más importante que tenemos es el edificio”. Para cuidar los bienes, además de presupuesto, los responsables de Paradores citan una herramienta que les parece crucial: los planes directores “nos van a servir de guía a la hora de conservar castillos, conventos o palacios”.
De cualquier modo —y al margen de los planes de presente y futuro de la cadena estatal—, algunas de las decisiones controvertidas de los años sesenta y setenta sobre la transformación de nuestros castillos se han seguido produciendo en el siglo XXI. El investigador Miguel Sobrino apunta a un caso verdaderamente polémico de hace poco más de una década. En 2012, se construyó el Parador de Lorca sobre el castillo de la localidad murciana, un edificio histórico relevante con más de un milenio de andadura. “Es un castillo importantísimo, con una silueta muy consolidada y dos torres de la época de Alfonso X el Sabio que nos hablan del siglo XIII”, valora.
El proyecto consistía en levantar un pabellón de nueva construcción sobre el solar arqueológico, algo que generó una fenomenal polvareda, con los historiadores en pie de guerra para intentar evitarlo. En efecto, las oportunas excavaciones arqueológicas comenzaron a destapar multitud de hallazgos: un barrio judío, una sinagoga del silgo XV o elementos de origen islámico. El elemento más disruptivo era la construcción que alberga las habitaciones del hotel, sobre la que Miguel Sobrino se muestra tajante: “Podían haber ideado un edificio respetuoso con el castillo, pero lo que han hecho es un mamotreto”.
Mejor fuera que dentro
De nuevo, en Paradores prefieren quedarse con la parte positiva. “Si te fijas en la intervención del volumen arquitectónico, puedes discrepar acerca de la oportunidad”, concede Belén Roldán. En cambio, Lorca “recupera un yacimiento muy importante y, ahora mismo, se está haciendo un proyecto de restauración de toda la muralla exterior y de la sinagoga; es decir, que pone en valor la parte patrimonial del edificio”, defiende la coordinadora de gestión del patrimonio. Condicionados o no por esta polémica, los nuevos planteamientos discurren por caminos alternativos.
Este mismo año ha abierto las puertas el Parador de Molina de Aragón (Guadalajara), con la particularidad de que el hotel ya no está en el interior del castillo... sino enfrente. “La idea era que la gente que esté allí, en la cafetería o en las habitaciones, se asome y vean el castillo como siempre se ha visto, sin tocarlo”, valora el escritor Miguel Sobrino. En efecto, un edificio vanguardista mira sigilosamente a la fortaleza, sin alterarla. “En Molina se valoró que el propio castillo fuera el parador, pero se desechó por complicaciones técnicas; finalmente se ha optado por una construcción moderna, donde el actor principal sigue siendo el castillo”, sostiene Ricardo Mar, secretario general de Paradores.
La estrategia de conservación del patrimonio en la cadena estatal resulta clave, pues 57 de los edificios habilitados como hoteles son bienes de interés cultural. Avanza Ricardo Mar una inversión conjunta con Turespaña de 250 millones hasta 2030, con diez proyectos en marcha actualmente que afectan a castillos y palacios. “El espíritu es que tan importante es la parte del cliente como que el edificio esté bien conservado”, valora Mar, quien pone como ejemplos el de Olite (Navarra), Santiago de Compostela, Oropesa (Toledo) o Zamora.
Por abrumadora que parezca la estrategia de Paradores, no todos los castillos convertidos en hoteles son obra de la cadena. Algunas transformaciones son proyectos de particulares, o mejor dicho, el intento de cumplir un sueño personal, en ocasiones, desafortunadamente fallido. En la provincia de Valladolid se encuentra el castillo probablemente más antiguo de Castilla. En lo alto de una colina de Curiel de los Ajos, se sitúa una pequeña fortaleza de mil años de antigüedad que pertenecía al Ministerio de Información y Turismo durante la dictadura. Pudo transformarse en parador, pero acabó en manos privadas. Cierto que se encontraba en ruinas, pero la rehabilitación —enormemente agresiva— ha contribuido a desfigurarlo y hoy apenas resulta reconocible.
Mazmorras en lugar de habitaciones
En Alburquerque, en la provincia de Badajoz, se sitúa el espectacular castillo de Luna, original del siglo XIII. La fallida estrategia para convertirlo en una hospedería de cinco estrellas es uno de los casos más rocambolescos del patrimonio español. En el año 2007, el ayuntamiento de la localidad y la Junta de Extremadura presentan el proyecto, “muestran la maqueta, que hasta ese momento estaba un poco escondida, y saltan todas las alarmas”, rememora Pablo Bozas. La reacción fue inmediata: “Un grupo de vecinos constituimos una plataforma para luchar contra el proyecto”.
¿Cuál era la razón principal? El elemento estrella consistía en la construcción de una torre de hormigón de 35 metros de altura junto al castillo, que permitiera acceder al interior a través de ascensores y una pasarela de cristal. “Organizamos mesas redondas en el pueblo para explicar que eso era una barbaridad, que desfiguraría la imagen del castillo”, relata Bozas. Voces autorizadas en la materia se sumaron a la oposición, como el (ya fallecido) historiador británico Edward Cooper.
Ante el descontento, la Junta de Extremadura recula, pero no del todo. La institución encarga un segundo proyecto para aprovechar una inversión elevada: seis millones de euros en un pueblo de poco más de 5.000 habitantes. Para corregir el impacto visual que tanta polémica había suscitado, ahora se trata de “esconder” la intervención. El nuevo arquitecto, José María Sánchez García, proyecta la hospedería en el interior de los baluartes.
Estas estructuras “se hacen en el siglo XVIII y son fortalezas más bien bajas y rellenas de tierra para soportar el impacto de la artillería”, explica Pablo Bozas. La consecuencia es evidente: “No tienen ventanas y no entra la luz, más que una hospedería son mazmorras”, describe. Porque el proyecto se ejecutó entre 2008 y 2012 —con los vecinos de nuevo en pie de guerra—, pero “la obra se queda sin terminar y la hospedería no se lleva a cabo”, añade el vecino de Alburquerque. Tampoco faltó la paradoja de que el proyecto de Sánchez García llegó a ser premiado.
Para maquillar el fiasco, la parte construida se transformó en oficina de turismo y centro de interpretación de la Edad Media, que funciona desde hace una década. “Las malas decisiones de los políticos han hecho que el turismo se haya resentido muchísimo en Alburquerque”, analiza Pablo Bozas. Errores que han afectado de lleno también al edificio. Durante las obras se gastaron cinco millones de euros en inyectar hormigón. Sin embargo, desde que se pararon trabajos, la inversión se frenó en seco.
“No se ha mantenido el castillo en estos doce años y se ha producido un deterioro; por ejemplo, la torre del homenaje, desde donde se divisa todo el paisaje, no se puede visitar porque tiene goteras que pueden causar serios problemas”, lamenta Pablo Bozas. Una batalla perdida en medio de la guerra que ha traído el siglo XXI a las fortalezas españolas: ¿de verdad están preparadas para convertirse en hoteles?