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'Jikken': el desconocido rito samurái de recolectar las cabezas decapitadas de sus enemigos

Abc.es 
Fue una de las batallas más sangrientas del siglo XVII japonés. En Sekigahara, donde se enfrentaron el clan Tokugawa contra una alianza en favor del clan Toyotomi, hubo que lamentar entre 30.000 y 50.000 bajas. Un estremecedor baño de sangre que vio su cenit cuando los filos volvieron a sus vainas. Tras la contienda, los samuráis recogieron las cabezas de los enemigos a los que habían vencido y ordenaron a sus sirvientes que las lavaran, las peinaran con esmero, les tiñeran con tinta negra los dientes y las colocaran en un soporte de madera que aparecía con el nombre de la víctima y de su ejecutor. Después, uno a uno, desfilaron frente al señor feudal para mostrarle el amargo trofeo. «Era una ceremonia llamada 'jikken'. El señor feudal o 'daimyo' apenas se atrevía a mirar las cabezas por encima de su abanico de guerra, pues existía la creencia de que los espíritus vengativos de los vencidos regresarían para cobrar venganza». El historiador Danny Chaplin responde a ABC desde su Inglaterra natal con un cóctel de sentimientos encima. Adora la historia de Japón hasta el punto de haber dedicado un tomo – 'Sengoku Jidai' (Ático de los Libros) – al llamado Período de los Reinos Combatientes (siglos V a III a. C.), pero casi le duele explicar una tradición tan truculenta. «El final llegaba cuando quemaban los cráneos en una pira», sentencia. Chaplin no niega que la ceremonia 'jikken' suele ser pasada por alto en la actualidad; lógico, pues parece macabra a ojos modernos. Sin embargo, en el mundo samurái cumplía un propósito cultural y político específico: «En la época anterior a la alfabetización masiva y a los registros fiables, el campo de batalla era caótico, la reputación lo era todo, y las pruebas de las hazañas importaban. Recoger las cabezas de los enemigos derrotados no era, por lo tanto, un acto de barbarie en sí mismo, sino un registro forense de la valentía que se había demostrado contra el enemigo, si se me permite la metáfora». En la práctica, la ceremonia era una forma de verificar que el samurái había realizado las hazañas que predicaba en el fragor del combate y de evidenciar que se había enfrentado a grandes enemigos. ¡El rostro del cadáver lo ponía de manifiesto! «El estatus, las recompensas y las perspectivas de un guerrero dependían de sus logros demostrables, y la cabeza presentada era su recompensa», defiende Chaplin. El 'jikken', asevera, reforzaba también la lealtad dentro de la jerarquía feudal: «Al presentar cabezas a su señor, un samurái reafirmaba su lealtad y se vinculaba más estrechamente con su amo. Además, permitía al 'daimyo' evaluar a sus vasallos, otorgar recompensas y mantener su autoridad en una época donde el poder residía tanto en las redes personales como en el territorio». Por último, la ceremonia del 'jikken' era profundamente simbólica. En la era samurái se valoraba mucho la valentía personal y la acción individual decisiva; y tener una muestra de ello era básico de cara a la sociedad. «Tomar la cabeza de un enemigo, y, aún más importante, presentarla en un ambiente sereno, casi ritualizado, demostraba no solo que se había vencido, sino también cierto autocontrol. La cabeza se lavaba, se peinaba, a veces se perfumaba, y se colocaba sobre una tabla de madera. No se trataba de una pompa grotesca, sino de una declaración sobre el orden restaurado a partir de la violencia», sentencia el experto en declaraciones a ABC. El ritual, defiende, convertía la brutalidad de la guerra en algo más honorable, casi un arte marcial. Demostrar que se había vencido a bravos enemigos era de una importancia tal que había samuráis que caían en el deshonor de mentir. «Algunos de estos guerreros cometían la deshonestidad de fingir que las cabezas de los campesinos que habían derrotado, normalmente lanceros, eran importantes nobles enemigos. Y a veces, hasta exigían una recompensa por ello», completa el historiador. En el Japón de los Reinos Combatientes todo estaba medido al milímetro… hasta la preparación de las cabezas cortadas. «El proceso estaba regido por un estricto código estético», explica el autor de 'Sengoku Jidai'. Las mujeres -por lo general las esposas, las hijas o las asistentes del campamento de un noble- eran las responsables de lavar, asear y presentar los cráneos decapitados antes de que fueran inspeccionados en el 'jikken'. «Ellas realizaban la truculenta tarea con notable serenidad: lavaban la sangre, peinaban con pulcritud el pelo, cortaban los mechones sueltos, aplicaban polvos y, a veces, incluso perfumes. Su tarea consistía en devolver la dignidad al rostro para que se pudiera confirmar la identidad del caído y registrar debidamente la valentía del vencedor», sostiene. La labor contaba también con una dimensión emocional. «Requería tanto desapego de la vida humana como dignidad, lo que reforzaba el ideal familiar de que las mujeres samuráis debían ser tan disciplinadas como los hombres. En la práctica, tenían que ser capaces de enfrentarse a la muerte sin pestañear», explica Chaplin a este diario. Para estas elegidas, la preparación de las cabezas decapitadas no era una curiosidad macabra o una práctica deplorable, sino una extensión de los valores de los propios samuráis: la compostura, el deber y «la imposición de significado incluso en las realidades más brutales de la guerra». Eran, de hecho, un engranaje clave en toda esta maquinaria mortuoria. Por último, estas elegidas eran también las encargadas de suavizar los rasgos de los fallecidos con extrema delicadeza: quitaban rigidez a las mandíbulas tensas, evitaban las cejas fruncidas… «No lo hacían por falsificar la identidad, sino para eliminar signos que pudieran interpretarse como desfavorables o de mal augurio. Y es lógico, porque se creía que una expresión serena reflejaba una buena muerte y que un guerrero había llegado a su final con valentía y aceptación, pero también lo contrario», suscribe. Existen decenas de ejemplos de batallas en las que se practicó el 'jikken', pero la más famosa, según Chaplin, fue la de Sekigahara. Acaecida en el año 1600, enfrentó a dos de las grandes facciones de la época. «Fue la contienda más grande, sangrienta y políticamente decisiva de la época. Dada la ferocidad de la lucha, el número de muertes individuales reclamadas por samuráis que buscaban reconocimiento fue enorme», señala el experto. La leyenda dice que se recolectaron más de 500 cráneos, y al autor de 'Sengoku Jidai' le parece una cifra razonable y creíble. Aunque Chaplin no cree que exista un registro confirmado del número de cabezas cortadas ese día, sí defiende que la decapitación en Sekigahara fue sistemática y esperada. «Los guerreros que participaban en combate cuerpo a cuerpo cortaban cabezas no por pura brutalidad, sino porque la guerra de élite aún giraba en torno al logro personal. Tras el combate, los equipos de recolección habrían recorrido el campo de batalla recogiendo cabezas para su identificación, recompensas y presentación ceremonial. Incluso si solo una fracción de las decenas de miles de muertos fuera decapitada como prueba, la cifra podría fácilmente alcanzar varios cientos», finaliza.

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