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Muestra de Cine de Lanzarote: el reto de llevar las historias lejos de la pantalla

Abc.es 
Hay un momento, hacia el final de la gala de clausura de la 15ª Muestra de Cine de Lanzarote, en el que Javier Fuentes Feo , su director, pide al público un reconocimiento para el equipo que ha hecho posible el milagro de celebrar un evento así en los márgenes de los márgenes. Un aplauso no para el director, tampoco por los ganadores, sino para los que cargan cajas, revisan subtítulos y resuelven averías presupuestarias con ingenio de aljibe. La coqueta y cuidada sala del centro cultural El almacén, de Arrecife, se llena de aplausos durante casi dos minutos. Dos minutos enteros. En la era de TikTok eso equivale a una eternidad geológica. Y ahí, precisamente ahí, late el valor de una Muestra de Cine que durante el mes de noviembre hace que las historias se escapen de la pantalla grande y se extiendan por toda la isla de Lanzarote. Porque el equipo de Javier Fuentes Feo y de la asociación sin ánimo de lucro Tenique Cultural -organizadores de la Muestra- hacen de su rechazo a la alfombra roja y de su defensa numantina del contacto humano su seña de identidad. Por eso, sus 15 ediciones son a la vez una rareza y un milagro en el panorama saturado de eventos de cine . Aquí los cineasta que compiten en Sección Oficial conviven con los técnicos y toman vinos con los vecinos. Y las pateadas (abiertas a cualquiera que se inscriba) y las excursiones por la isla complementan las historias de las películas seleccionadas por mimo para la Sección Oficial o para la sección Trasfoco, en la que cada edición profundizan en un tema que afecta a la isla. En esta edición, el Trasfoco se ha puesto en el agua. Y hay pequeños hitos que son gigantes, como la proyección de una película ciega que se rueda durante los diez días de muestra. En la clausura se «proyectó» este ingenio: once minutos de sonidos que resignifican la idea de sala de cine y, al tiempo, vuelven a llenar de paz y de reflexión los tiempos de hipervelocidad y narrativas infantiles. También, otra cosa única del ecosistema cultural: el premio se decide con un jurado abierto a cualquiera que quiera asistir a la deliberación, que termina por convertirse en un debate público. Y así, quince años. «Dos palabras», como repetía Fuentes Feo en su presentación de su cuidado catálogo. Dos palabras que condensan un Aleph de tiempo robado a las horas libres, fines de semana entregados, noches en vela... para poner en marcha un evento lleno de cine y de historias en una isla de apenas 150.000 habitantes. Y, sin embargo, esas dos palabras han bastado para construir uno de los espacios de resistencia cultural más sólidos –y más especiales– del panorama español: en la época del scroll infinito, del tráiler de dos minutos que agota la película entera y del algoritmo que decide qué hay que ver, Lanzarote ha vuelto a hacer lo de siempre: parar el reloj. Aquí no hay premieres con influencers, ni photocalls con logos de marcas energéticas, ni alfombras rojas donde los trabajadores de la cultura (sean cineastas o actores) se elevan del suelo para creerse especiales durante unos minutos. «Mi ilusión de dicharachero es ver que cuando se suben a la furgoneta solo se dicen un 'hola' frío y que, al acabar el día, están haciendo planes para seguir hablando y conociéndose», decía Rafa, uno de los trabajadores de la Muestra que lo mismo cuenta una bella historia sobre los orígenes de Teguise que anima a la cineasta rusa Masha Chernaya antes de su proyección. Porque aquí las charlas sobre cine son tan importantes como los ratos de conexión personal entre cineastas de todo el globo, desde Argentina a Brasil pasando por España, Alemania, Palestina... Y nadie mira el móvil cada tres minutos porque, simplemente, no hace falta. El jurado de este año –Lucía Salas, Violeta Kovacsics, Antonio Martín Medina– lo dijo con claridad: «Es rarísimo asistir a un festival donde todas las películas son buenas». El premio a la mejor película –un objeto cerámico hecho con tierra de Lanzarote y agua, moldeado a mano por alfareros de la Fundación Juan Brito– se lo llevó Amin Motallebzadeh, un joven director iraní-alemán que rodó 'La conferencia de los pájaros' sin un euro de presupuesto, a base de mucho esfuerzo y trabajo. Cuando subió al escenario, emocionado sin disimulo, dijo algo que resume el espíritu de este lugar: «Esta semana aquí ha sido como vivir un mes entero con vosotros. Hemos subido montañas, hemos entrado en cuevas, hemos hablado hasta quedar sin voz. ». La mención especial fue para Masha Chernaya y su 'The Shards'. Mientras el cine comercial se empeña en vendernos blockbusters de 200 millones que duran tres horas pero no dejan huella, y mientras las plataformas nos bombardean con contenido diseñado para retenernos, la Muestra de Lanzarote focaliza casi su programación a un solo tema –este año, el agua– y lo aborda desde todos los ángulos posibles: cine, paseos geológicos, talleres infantiles, conferencias, exposiciones. Setenta actividades en todos los municipios de la isla. Setenta. En una isla donde para ir de un extremo al otro tardas hora y media en coche. Y todo ello sin alfombra roja. Fuentes Feo lo dejó claro en su discurso final: «La alfombra roja levanta a la gente del suelo, la distancia, la convierte en fetiche». Y recordó que la mayoría de trabajadores de la cultura son precarios, no estrellas, aunque la presión les obligue a parecer en redes iconos del audiovisual. Porque esa es otra de las grandes verdades que la Muestra de Cinde de Lanzarote pone encima de la mesa: la mayoría de los cineastas son trabajadores disfrazados de estrellas durante tres días al año. El resto del tiempo pagan facturas, buscan financiación, duermen poco y ven cómo sus películas se estrenan en apenas unas salas y desaparecen en dos semanas. La ficción de la alfombra roja les condena a una doble vida: la del esfuerzo titánico y la del postureo obligatorio para seguir existiendo en el radar. Aquí, en Lanzarote, se rompe ese hechizo: las películas que se ven dejan poso porque están fuera de la norma, fuera de la corriente: 'Carta a mis padres muertos', 'Con Hasan en Gaza', 'La conferencia de los pájaros', 'Kontinental 25', 'Forenses' o 'The Shards' se pudieron ver en la sección oficial. En Trasfoco se vieron títulos reconocidos de los últimos años como 'El agua', de Elena López Riera; 'El mal no existe', de Hamaguchi; 'Stalker', de Tarkovsky o 'El pan nuestro de cada día' de King Vidor Lo explicó Fuentes Feo en su discurso de clausura después de que Motallebzadeh dijera que lo habían tratado como un rey y de que había vivido una cercanía que en otros festivales es ciencia ficción: «Ojalá os hayamos tratado simplemente como a personas. Si eso os parece excepcional, el problema es del mundo, no nuestro ». En ocho semanas, según confesó el propio director, el equipo completó 8.000 tareas. Ocho mil. Sin apenas presupuesto, con una asociación cultural (Tenique Cultural) que funciona a base de militancia y café. Y aun así lograron que medio centenar de invitados internacionales se fueran diciendo que nunca habían estado en un festival que les hiciera sentir tan en casa. Eso, en 2025, es un acto de resistencia política. Porque mientras el mundo acelera, monetiza cada segundo de atención y convierte la cultura en contenido, Lanzarote se empeña en hacer exactamente lo contrario: ralentizar, profundizar, compartir. Así se cerró la 15º edición de la Muestra de Cine de Lanzarote, un evento de cine donde las historias trascienden la pantalla.

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