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El bandolerismo romántico de De Campos

Abc.es 
En toda la pintura narrativa de Daniel de Campos, desde que pintara a los 18 años el maravilloso y espectacular cuadro histórico, 'La batalla de Tetuán' –nuestro Nieva sostenía en su 'Salvator Rosa' que las grandes batallas se entablaban precisamente para ser pintadas por los grandes pintores–, existe el claro propósito estético, como transcendente finalidad de su genio, sabiduría, paleta, pinceles y tiento, de dar dignidad a la vida humana. Hay en todos sus cuadros de carácter narrativo una intención de restauración intelectual y moral del asunto representado. Por eso, en los cuadros de este grandísimo pintor español nace siempre de lo narrativo la expresión emocional como intensificación de lo humano, la siempre emocionante dignidad del hombre. Desde el general Prim al ser humano más anónimo y pequeño desde el punto de vista de la mirada deshumanizadora de esta sociedad la sagrada dignidad de lo humano late siempre en sus cuadros. En una reciente exposición, en la prestigiosa Casa de Vacas, De Campos expuso una colección de cuadros de bandoleros de época romántica. El bandolero ha sido siempre uno de nuestros grandes héroes románticos más popularmente queridos; lo mismo entre nosotros que en la Rusia romántica de Pushkin , con Yemelián Pugachov, por ejemplo. El héroe romántico, al que jamás se ha definido exactamente, era el hombre que se atrevía a pensar, a sentir y a vivir su vida fuera de las normas sociales, e incluso contra estas normas. Es el héroe que por esencia se extralimita. ¿Cómo no va a ser un héroe romántico el bandolero? Y siempre ha existido en el gran arte la tendencia a disculpar a un cierto tipo de seres inmorales o facinerosos cuando precisamente las normas sociales más están fundamentadas en la iniquidad, la injusticia y la inmoralidad más indecente. Es una de las miserias, sobredoradas de gloria, del arte. Nuestra literatura y, sobre todo, la francesa, hicieron de nuestros bandidos serranos una suerte de modernos caballeros andantes. A nuestro José María el Tempranillo , el bandido de las breñas andaluzas, presente en uno de los cuadros de esta magnífica colección, venían a verlo los pintores ingleses para retratarlo con riesgo de su vida. El pueblo adoraba también a Luis Candelas, el estafador lleno de salero madrileño, que terminó su vida, a pesar de las simpatías cosechadas, en la horca. El bandolero Diego Corrientes fue otro héroe popular de finales del siglo XVIII, el inicio mismo del romanticismo, y protagonizó las hermosas zarzuelas de José María Gutiérrez de Alba y de Enrique Zumel, o la novela por entregas de Manuel Fernández González. Y lo que el lenguaje ordinario, filosófico o político, no puede decir sobre los bandoleros, es representable por el arte. Esa es la virtud de su constitución expresiva de emociones estéticas. Negarla equivaldría a imponer el silencio en la pintura, lo cual es un imposible. Podríamos citar a otros heroicos bandoleros, como el barquero de Cantillana, el Bizco de Borge, el Pernales o Joaquín Camargo López, el Vivillo. Un suave expresionismo nimba las múltiples figuras y paisajes de estos grandes cuadros. A veces el paisaje se rompe con método y se desfigura sin llegar nunca a la abstracción. En estos paisajes Daniel de Campos quiere ver y expresar aspectos inéditos de lo real, que nadie le ha enseñado. Un meticuloso estudio histórico y etnográfico de la época nos revela también la pintura. Su anterior colección de cuadros sobre nuestra Guerra de la Independencia ha dotado a Daniel de Campos de un conocimiento sobre la época casi insuperable. La muerte o su cercanía está presente en todas estas impresionantes pinturas. La muerte, novia insoslayable del legionario y del revolucionario, lo es también del bandolero. La lucha por la hembra deseada entre dos bandoleros, empuñando ya dos 'letíferas' facas albaceteñas, presagia una tragedia de copiosa sangre y probable muerte, impidiendo los hombres que las mujeres interfieran para parar la lucha fatal. Un bandolero a punto de ser agarrotado, sentado en el patíbulo, espera la muerte que se esconde detrás, en un fantasmal verdugo encapuchado mostrando distintos instrumentos de ejecución. Manolas desconsoladas, con pistolón al cinto, se inclinan llorando como ménades para abrazar los cuerpos sin vida de sus aventureros amantes. Un grupo de bandoleros asisten a un compañero herido y parece que intentan trasladarlo al modo de la silla de la reina. Cinco bandoleros detienen un coche de colleras sin saber que varios soldados de la Policía General del Reino se encuentran emboscados expectantes. En la boda de un bandolero y de novia con guirnaldas un grupo de personas de distinto sexo baila alegre y crotalotea con los propios dedos de las manos. Varios bandoleros y una mujer forman un velatorio en la que el muerto parece yacer sobre una alpaca. Un gran crucifijo al fondo proporciona la esperanza de la transcendencia. Un bandolero español de época era un buen católico. En otro cuadro un grupo de cinco mujeres, con el consuelo espiritual de un sacerdote, lloran y se abrazan desconsoladamente ante el bandolero tendido en el suelo, recientemente muerto y con su mano derecha sujetando aún su trabuco. Cinco bandoleros y una joven parecen posar relajados junto a la entrada de su cubil. ¿Quizás están posando a uno de aquellos pintores ingleses fascinados por España? Tres mujeres arrodilladas llorosas y un hombre armado de pie con la cabeza inclinada parecen acompañar al muerto con barba que está tendido en el suelo. Un bandolero con su gente entra en su casa para retener entre sus brazos a su esposa muerta. El arte expresa deleites, pero no la cordialidad con el entorno social del mundo. Entre los preciosos paisajes de la serranía bandoleril destaca el espectacular y deslumbrante Tajo de Ronda, la capital de aquella España romántica tan manifiestamente querida y ensalzada por genios como Henri Beyle Stendhal o Próspero Mérimée. En fin, nos encontramos aquí en un remanso de belleza, inteligencia y honestidad creadora. Este no es el arte de las pseudodemocracias y los demagogos del arte, ese arte fundado en la maravillosa igualdad estética de la abstracción, en la que todos pueden crear y disfrutar, y nadie entender. Daniel de Campos pertenece ya a la alta cultura española.

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