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Escudriñar hasta el último dato no garantiza ninguna ventaja

Para los inversionistas, conseguir una ventaja en el mercado no es tarea fácil. Muchos otorgan una gran relevancia a los datos y piensan que si los analizan con mayor rapidez o en mayor profundidad encontrarán información totalmente novedosa. De hecho, los gestores de fondos de todo el mundo manejan grandes sumas de dinero sobre la base de esta premisa.

Sin embargo, la premisa no tiene en cuenta que los datos son muy fáciles de conseguir. Los teléfonos inteligentes pueden recopilar información de forma ilimitada, los profesionales analizan indicadores secundarios e incluso la Universidad Panamericana imparte grados de Finanzas Cuantitativas. Ahora bien, lo que resulta accesible para todo el mundo no brinda ninguna ventaja, por lo tanto, es mejor seguir a los fanáticos de los datos que a los propios datos.

Antes de Internet, la información era escasa y, por lo tanto, preciada. Los periódicos publicaban las noticias del día anterior y las revistas, información aún más antigua. Para realizar un análisis más concienzudo, era necesario buscar en los archivos de las bibliotecas.

Ni hojas de cálculo ni algoritmos: mi padre, Philip Fisher, contrastaba sus ideas con una calculadora mecánica y un lápiz. Con eso le bastó para convertirse en una leyenda de la inversión. En cambio, a mí me hizo falta algo más.

Cuando inventé la ratio precio/ventas hace 40 años, funcionó de maravilla. Con ese indicador pude encontrar acciones que, de manera provisional, no generaban beneficios, pero estaban en sus niveles mínimos. Me dediqué a la tediosa tarea de recopilar datos de periódicos, informes de empresas y demás documentos para calcularla. Al final, en la década de los setenta pagué a Goldman Sachs 25,000 dólares por un análisis informático único de la ratio precio/ventas de todas las cotizaciones. Y valió la pena.

La ratio funcionaba porque los datos eran escasos. Pocos pensaban en ella y, menos aún, tenían el tiempo, la constancia y los recursos para llevarla a la práctica. Con la publicación de mi libro Super Stocks en 1984, aumentó la popularidad de esta métrica y los profesores empezaron a enseñarla. Entonces, las acciones empezaron a descontarla y perdió su eficacia.

Internet y la inteligencia artificial aceleran ese tipo de procesos. Los datos ampliamente divulgados —desde las relaciones precio-beneficios a las exportaciones de México a Estados Unidos — pueden consultarse al instante, por lo que las acciones no tardan en descontarlos. Este enfoque no aporta ninguna ventaja. Por ello, los analistas de datos intentan descifrar cuestiones estadísticas mucho más complejas, de manera que los hallazgos son prácticamente imposibles y las ventajas, efímeras.

Lo interesante, en cambio, es centrarse en lo que ellos pasan por alto. Los humanos estamos programados para buscar datos que respalden nuestras convicciones, es el famoso sesgo de confirmación. De ahí que la manera de obtener una ventaja sea conocer los sesgos de los demás.

Por ejemplo, los fanáticos de los datos afirman que las elevadas ratios precio-beneficios en todo el mundo son una señal de euforia; en otras palabras, anuncian un peligro. Se basan en que, cuando la ratio precio-beneficios son elevadas, se han desencadenado muchas crisis bursátiles, como el estallido de la burbuja de las puntocom a principios de siglo. Además, esa creencia encaja con el vértigo que sufren muchos inversionistas ante la subida de los precios.

Sin embargo, no cuesta encontrar ejemplos de lo contrario. La bolsa mexicana, sin ir más lejos, comenzó 2021 con una ratio precio-beneficios de 20 (muy por encima del 14 actual) y ese año se disparó un 24%. Así de fácil se desmiente la capacidad de predicción de este indicador. No obstante, la gente prefiere aferrarse a sus sesgos, por lo que no es difícil superarlos en astucia.

Otro ejemplo de lo anterior consiste en que muchas estrategias cuantitativas consideran alcistas los cambios en los índices. Por ello, compran antes de una incorporación, ya que esperan que los inversionistas pasivos impulsen el precio más adelante. Pero esos movimientos son bien conocidos por todos, con lo que ya están descontados en las cotizaciones. En efecto, mientras que México lleva mucho tiempo en el índice de mercados emergentes de MSCI, Argentina se sumó a él en junio de 2018. Así, el índice MSCI Argentina repuntó un 5% un día después del anuncio, para caer a continuación un 29% hasta el cierre del año y quedar muy por detrás de sus países homólogos. En junio de 2021, quedó excluido del selectivo tras rezagarse respecto de los mercados emergentes en los seis meses anteriores. Después de su salida, tomó la delantera durante los seis siguientes. ¿Dónde está la ventaja?

Los datos son imparciales, pero son los humanos, con sus sesgos, quienes los interpretan. Por ello, detectar los sesgos que condicionan a los demás, y no devorar datos, se ha convertido en la nueva vía para triunfar en el mundo de la inversión.

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