La geopolítica del barril: cómo Trump redibuja el poder energético global
El 2026 comenzó con un verdadero terremoto en el tablero geopolítico mundial. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha dejado en claro que este segundo tramo de su mandato no tendrá filtros ni en política interna ni en política exterior.
Fiel a su estilo directo, el republicano reconoció sin rodeos que su intervención en Venezuela responde al petróleo, que ahora va por Groenlandia por razones de seguridad nacional, control de rutas árticas y acceso a recursos estratégicos como tierras raras y que, como afirmó el propio Departamento de Estado, América Latina es su hemisferio y en la región Washington marca las reglas.
A lo anterior, se suman sus amenazas de ampliar incursiones militares en la región y su retórica de una eventual intervención en Irán bajo el argumento de proteger a los manifestantes contra el régimen de los ayatolás. Sin embargo, más allá del discurso ideológico o del relato de contención frente a Rusia y China, la lógica que ordena esta ofensiva es más simple y más brutal: controlar el precio del petróleo y utilizar la energía como palanca de poder económico, político y electoral de cara a las elecciones de medio término de noviembre de 2026.
Instalaciones de la empresa estatal venezolana, Petróleos de Venezuela (PDVSA). Foto: Prensa PDVSA.
El plan para el “Dominio Energético”
Trump necesita llegar a esa fecha con una economía que muestre dinamismo, gasolina barata y sensación de fortaleza nacional. Él mismo advirtió que, si los demócratas recuperan fuerza en el Congreso, el riesgo de un impeachment exitoso es real. Por eso, su estrategia funciona como una partida de ajedrez energético.
El primer movimiento fue Venezuela. Al redirigir cargamentos de crudo que antes iban a China y Rusia hacia refinerías estadounidenses, el jefe de la Casa Blanca actúa como un verdadero trader global de petróleo, aumentando la oferta interna y debilitando la capacidad de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) para controlar precios mediante recortes de producción.
Este flujo de crudo pesado compite directamente con el petróleo saudí e iraní. Si a eso se suma la inestabilidad interna en Irán y las sanciones vigentes, el resultado es una presión adicional sobre los grandes productores. El objetivo es empujar el precio del barril hacia una franja de 50 a 60 dólares, muy por debajo del punto de equilibrio fiscal de países como Arabia Saudita, que necesita precios cercanos a los 90 dólares, o Rusia, que requiere al menos 75. Si los precios se mantienen bajos por un período prolongado, estos Estados comienzan a consumir sus reservas, frenan inversiones militares y pierden margen de maniobra estratégica.
Presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Foto: Casa Blanca.
En el caso ruso, la ofensiva incluye sanciones secundarias más agresivas. La llamada DROP Act (Ley de disminución de beneficios del petróleo ruso) permite castigar no solo a Moscú, sino también a bancos y países que compren su crudo. La Marina estadounidense comenzó a interceptar petroleros de la llamada flota en la sombra, elevando los costos logísticos hasta volver casi deficitario el negocio. Además, al forzar que el petróleo se comercialice en dólares, refuerza la hegemonía de la moneda estadounidense y erosiona los ingresos reales del Kremlin.
Ganadores y perdedores, China no se inmuta
Los ganadores inmediatos son las refinerías estadounidenses del Golfo de México (o de América como rebautizó Trump), diseñadas para procesar crudo pesado y ahora abastecidas de manera barata y estable, lo que empuja a la baja el precio de los combustibles en Estados Unidos.
El más afectado es por lejos Rusia, quien queda indefenso ante un control de precios norteamericano, obligados a reducir aún más la ganancia del crudo exportado, pero dentro de los perdedores hay países como India, obligados a elegir entre mantener petróleo ruso barato o enfrentar sanciones. Y China, que pierde el acceso a crudo descontado desde Irán y Venezuela, encareciendo su cadena productiva.
Pero China no juega a corto plazo. Pekín ha acumulado reservas estratégicas cercanas a los mil millones de barriles, lo que le permite resistir varios meses sin importar las presiones externas.
Además, posee una carta clave, el control de más del 80% de la cadena de suministro de minerales críticos, especialmente tierras raras, esenciales para la industria tecnológica y militar estadounidense.
Un tablero de ajedrez simboliza la competencia geopolítica entre China y Estados Unidos, representados por sus banderas de fondo. Foto creada por inteligencia artificial.
Si Washington utiliza el petróleo como arma, China puede responder restringiendo insumos para baterías, vehículos eléctricos y tecnología avanzada, golpeando sectores sensibles y alimentando presiones inflacionarias, como lo es la industria tecnológica, específicamente la de Inteligencia Artificial, un sector donde durante meses expertos han advertido que la burbuja bursátil en torno a la misma podría estallar en cualquier momento. Y un movimiento chino, podría hacerla colapsar.
No obstante, a Trump no le interesa que China colapse, sino reducir su ventaja competitiva. Si la energía se encarece en Asia y se abarata en Estados Unidos, algunas industrias pueden considerar relocalizar producción. El problema es que las fábricas modernas están altamente automatizadas. El crecimiento puede existir, pero sin una creación masiva de empleo, lo que tensiona la promesa política hacia la clase trabajadora norteamericana.
Los riesgos del plan: la tensión crece en Estados Unidos
Aquí aparecen los riesgos internos. Si el petróleo baja demasiado, las empresas de fracking en Texas o Dakota del Norte (que tienen mayores costos de producción) pueden entrar en crisis, destruyendo empleos nacionales. Asimismo, existe un choque con la transición energética. Al frenar proyectos renovables, se han perdido inversiones millonarias y en algunas regiones ha subido el costo de la electricidad, generando una contradicción entre gasolina barata y cuentas domésticas más caras.
La pieza final del plan es la Reserva Federal (Fed) Trump considera que la independencia de la Fed es un obstáculo para su estrategia. Busca nombrar un presidente de la Fed dispuesto a bajar agresivamente las tasas para estimular crédito barato justo antes de las elecciones. El riesgo es una trampa inflacionaria, aranceles elevados más tasas bajas pueden desatar una inflación difícil de controlar y dañar la credibilidad del dólar, generando fuga de capitales y encarecimiento del financiamiento.
Dólar estadounidense.
Además, el control de la Fed bajo el gobierno federal podría desatar una fuga de inversionistas y de la compra de bonos de deuda estadounidenses, ante la pérdida de la confianza de un sistema que podría quedar supeditado al antojo político de Trump.
El calendario es estrecho. En mayo debería definirse la conducción de la Fed y durante el verano norteamericano (invierno en Chile) deberían sentirse los efectos de la energía barata y del crédito expansivo, lo que podría favorecerle a un Trump que necesita llegar a noviembre con una narrativa de crecimiento y fortaleza.
No obstante, este cóctel de tensiones económicas, sociales y políticas también aumenta la fragilidad interna de Estados Unidos. La apuesta es alta, el margen de error es mínimo y el impacto de esta estrategia no solo reconfigura el mercado energético, sino que empuja al sistema internacional hacia una etapa de mayor volatilidad e incertidumbre.
El timing es vital para Trump, pero los riesgos de que estos cambios tan drásticos, sumado al clima de tensiones crecientes al interior de Estados Unidos está empujando al país a una situación crítica. La tensión va en aumento tras el asesinato de una ciudadana en Minnesota en manos de agentes migratorios del “ICE”, lo que ha desatado protestas en las que cada vez más es común ver la violencia escalar.