La consulta
Tal parece que en Cuba hay que tirar los caracoles o hacer ciertos tipos de consultas al más allá antes de algunas gestiones. ¿Y cuál es ese trámite que necesita tanto respaldo? Bueno, intentar adquirir los bienes por una pasarela de pago digital. Sí, porque cuando uno va a una consulta, la persona habla bajito. Sus gestos son cuidadosos. Medidos. Cautelosos. Es el recogimiento a la espera de encontrar la llave para abrir los caminos.
Lo mismo ocurre cuando usted llega a un punto de venta. Teléfono en mano, se acerca y habla bajito con el dependiente. Sus gestos son cuidadosos. Medidos. Cautelosos. Es el recogimiento a la espera de encontrar la llave para abrir los caminos, y para ver qué puedo llevar a la casa después de comprobar (¡ay, mamá!) si la notificación de Transfermóvil me llegó o si EnZona está disponible.
Lo que pasa es que, a diferencia del diálogo con los consultantes, aquí el pronóstico es recibir una negativa. «Buenos días —dices, casi en un murmullo—. ¿Ustedes aceptan pago por transferencia?». Entonces te miran, tratando de averiguar quién es ese marciano que acaba de aterrizar (¿me habrán salido antenitas?, ¿estoy de color verde?) y te sueltan: «No».
Cuando eso ocurre, uno se encuentra con una variedad de negativas. No, porque llegue al límite de transferencia. No, porque la persona que lo hace no está aquí. No, porque después no puedo sacar el dinero del banco. No, porque no tengo efectivo; porque donde compro las cosas para vender aquí, no aceptan transferencias. No, porque en la UEB están haciendo ajustes y por eso la plataforma no funciona, como dicen desde noviembre pasado en La Vereda, la bodega final de la calle Maceo en Ciego de Ávila y otras de los alrededores. No, porque aquí se le ha permitido demasiado a la gente, como nos sopló una señora mayor, muy fina y elegante ella, con una mota de pelo en la frente y con su nariz muy alzada, al estilo madame Lulú.
Cierto es que hay establecimientos que aceptan el pago electrónico, pero muchos lo rechazan y la tendencia es preocupante. En la búsqueda de la verdad hay una cuestión latente: si una persona, que no tiene aceite para cocinar en su casa, por ejemplo, se acerca a un punto de venta o a buscar los pocos mandados que ahora dan y, cuando llega, recibe una de esas negativas, ¿qué hace? ¿Con qué come? Sus hijos, sus ancianos, ¿de qué manera resuelven?
De más está decir que, en Cuba, el pago electrónico ha tenido que navegar en aguas bastante tumultuosas. Algunas de esas justificaciones son reales y debieran atenderse con el seguimiento y la prontitud que a todas luces no han tenido. Otras son inadmisibles, como esa de hacer ajustes en horarios y días de servicios. Y si el resto u otras más que no se pusieron son ciertas o no, eso que lo verifiquen quienes tiene el deber de controlar.
A decir verdad, lo que debiera ser algo feliz y hasta la forma predominante de las transacciones, sobre todo por su seguridad, en la vida real ha transitado por las polémicas, donde el doliente mayor es el pueblo. Una expresión de esos conflictos son las colas ante los bancos y cajeros para extraer efectivo.
Ello se viene a complementar con otro problema hoy en alza en el hit de las quejas: la negativa a aceptar el pago con billetes de baja denominación. Ir a comprar con unos billetes de cinco, diez y hasta 50 o cien pesos es casi revivir la película de llegar con el celular en mano. Cosas veredes, Mío Cid.
Sin embargo, hay más. El caso es que detrás de la negativa de pago existe un detalle más sutil, aunque mucho más fuerte y, por lo tanto, más indignante. Porque cuando se le da un no a una persona, no se rechaza un servicio. Se le niega su dignidad, pues ese capital que está ahí es el fruto de su trabajo. Son sus horas de vida. Los sueños que tiene, aunque sea por unos minutos. Por eso ellos, la inmensa mayoría, no merecen el no como respuesta.