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El costo invisible de la soltería en una sociedad diseñada para vivir en pareja

Durante los últimos meses, medios como Vogue, Times y The Economist han comentado sobre los cambios de comportamiento en la sociedad a partir del crecimiento de la soltería. Muchos lo plantean como una preocupación, pero es una realidad que cada día más personas eligen estar solas por distintos motivos. Si bien estar soltero tiene muchísimos beneficios, también implica costos que deben asumirse para navegar en una sociedad que aún está diseñada para interactuar en pareja o familia.

El primer costo, y el más tangible, es el económico. Puede parecer obvio que una persona soltera tenga que pagar el cien por ciento de una renta, mientras que una pareja puede dividirla, pero hay sectores, como el de la hospitalidad, en el que el costo de paquetes o servicios, por default, está pensado para dos personas. Pensemos en paquetes de viajes, cuartos de hotel o mesa en un restaurante. Alrededor del mundo, los gobiernos han diseñado sistemas en los que existen beneficios para parejas o familias. En México por ejemplo, el beneficiario de una pensión únicamente puede ser un cónyuge, en Estados Unidos las parejas casadas tienen beneficios en deducciones al declarar sus impuestos de manera conjunta; y en el Reino Unido las personas que viven solas tienen un descuento del veinticinco por ciento en el impuesto predial, lo cual ha sido criticado al no ser el cincuenta por ciento, considerando que se trata de solo por una persona.

El segundo costo es el social. La sociedad está pensada para estar en pareja, y aunque esto está cambiando poco a poco, todavía existe una expectativa social que, en algunos contextos, resulta extremadamente exigente. Desde acciones como no invitar a una persona soltera a un plan de parejas o hasta sentarla en la mesa de niños en un evento familiar. Para muchas personas en pareja, una persona soltera resulta incómoda o se convierte en un “proyecto” al que hay que encontrarle pareja para que esté completa. Las parejas gozan del ‘pretexto’ de consultar con su pareja antes de comprometerse a un evento social, mientras que se espera que los solteros acepten de inmediato.

El tercer costo es el de logística y cuidado. Se da por hecho que la persona soltera debe tener más flexibilidad para adaptarse a planes y horarios, quedarse en la oficina más horas o cuidar de padres o familiares que lo necesiten, bajo el argumento de que no tienen pareja. Estas labores son remuneradas cuando las realizan terceros, pero se espera que las personas solteras las asuman sin compensación alguna. Esta carga es aún mayor en el caso de las mujeres solteras, pues las labores de cuidado se les atribuyen por defecto, como el cuidado de los padres o la atención en entornos familiares y celebraciones.

En un mundo que avanza hacia la diversidad de estilos de vida, la soltería dejó de ser una anomalía para convertirse en una realidad estructural, por lo que la composición de la sociedad seguirá cambiando y seguiremos viendo el incremento de personas solteras en todos los ámbitos. Estos cambios traerán nuevos paradigmas y, seguramente, nuevos modelos de negocio. Será interesante ver quiénes aprovechan primero el verdadero reto, que no es elegir estar solo, sino construir una sociedad que deje de penalizar esta elección.

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