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La obsesión de Donald Trump con Irán

Donald Trump está empeñado en provocar un cambio de régimen en Irán: una misión imposible (aunque intentada) por todos los presidentes de Estados Unidos que pasaron por la Casa Blanca en los últimos 45 años.

Cualquiera que lea las amenazas de Trump a todas las naciones del mundo que hagan negocios con Irán se da cuenta de que Donald ha perdido la cabeza.

«¡Trump está loco!». Escucho decir a menudo en la calle.

Sin dudas, sufre de raptos de locura. Un deterioro creciente de su percepción de la realidad. De otro modo, resulta casi imposible explicar su conducta.

Al parecer, piensa que todos los proveedores y socios de negocios del poderoso país persa temblarán de miedo al conocer su advertencia, y acatarán sus órdenes sin pestañar.

Lo más grave, sin embargo, es que en el entorno presidencial —en la llamada Casa Blanca, cada día más oscura en sus proyecciones internas o externas— sus más cercanos colaboradores asienten gustosos, contagiados por la misma dolencia, que parece resultado del eufórico consumo colectivo en las sobremesas de alguna droga que provoca delirio de grandeza, afán insaciable de poder.

Tal vez, se ha mareado con el estilo arquitectónico evocador de la Roma imperial y los simbólicos edificios del poder gubernamental, como el Capitolio y los palacetes contiguos de fachadas y columnas del clásico estilo grecorromano que se extendió por Europa, el norte de África y el Levante, y los sustrae del verdadero paisaje del mundo contemporáneo.

No hay dudas. Trump sufre de ceguera visceral. Su cerebro enfermo se niega a ver —no le deja observar—  todas las expresiones de repudio a su conducta, ni los carteles de condena al asesinato a mansalva en Minneápolis de una mujer desarmada por un agente del ICE —al que declaró inocente—, como tampoco consigue ver las manifestaciones de millones de iraníes que colmaron avenidas y plazas en grandes ciudades y pueblos de Irán, en rechazo a su injerencia y apoyo al Estado sionista y a los agentes de la CIA y el Mossad israelí que contratan criminales para intentar derrocar el Gobierno de la Revolución Islámica que, desde 1979, resiste sus sanciones e intentos golpistas.

Es verdad, los pueblos que logran zafarse de las cadenas y grilletes del imperio no pueden dormirse sobre sus conquistas, tienen que seguir alertas, despiertos, en pie de lucha, dispuestos a ofrendar sus vidas para conservar sus libertades.

Desde el lunes en Irán han estado ocurriendo las mayores manifestaciones después de mucho tiempo en contra de la intervención del sionismo y de la CIA.

Millones de hombres y mujeres salieron a las calles en las últimas horas a favor de sus gobernantes, y demostraron otra vez ser la mayoría. Lo muestran las imágenes captadas en decenas de ciudades y en remotos poblados, que al parecer no aparecen en los canales de TV visibles en la Casa Blanca.

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