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Revivir el horror en Venezuela. Activistas, presos políticos y la pesadilla que no termina

La liberación a cuentagotas de los presos políticos en Venezuela no ha significado alivio. Para muchos venezolanos —dentro y fuera del país— ha sido volver a caer al vacío en medio de la noche. Un sobresalto que no distingue distancias ni años. Una pesadilla que regresa incluso a quienes lograron huir, integrarse a la diáspora venezolana, salvar la vida, tomar aire lejos de Caracas.Así lo vive Farida Acevedo, activista de derechos humanos exiliada en México desde hace 16 años. Cada noticia, cada imagen, cada nombre que reaparece en redes sociales reabre heridas que nunca terminaron de cerrar ni con años de terapia psicológica, que hoy con al revivirlo, siente que tiró por la ventana, dijo a MILENIO.Hasta las 06:23 de la mañana de este lunes 12, la ONG Foro Penal había verificado la excarcelación de poco más de 40 personas detenidas por motivos políticos, aunque el gobierno venezolano, a través del Ministerio para el Servicio Penitenciario, anunció 116 liberaciones, vinculando a los excarcelados con “hechos destinados a alterar el orden constitucional y atentar contra la estabilidad de la nación”.Las cifras no tranquilizan. La forma tampoco. Para Farida, este goteo de libertades parciales es una forma de revictimización. Faltan cientos de presos políticos, activistas, periodistas. “Es volver a vivirlo todo. Es como si me empujaran otra vez al mismo abismo”.Salir antes de que tocaran la puertaFarida llegó a México en 2009. No huía aún de una detención directa, pero sí de una amenaza que ya se sentía inevitable. En ese momento era activista de derechos humanos, tenía una hija pequeña y una certeza creciente: quedarse era ponerlo todo en riesgo.Antes del miedo político, llegó el desabasto. En el supermercado desapareció el aceite que compraba desde hacía años; luego el pollo, el azúcar, el café. La escasez comenzó a instalarse como una rutina.Debía pedir permiso en el trabajo para poder formarse durante horas para conseguir lo mínimo de alimentos, a veces ni eso.El punto de quiebre ocurrió una noche, mientras arrullaba a su bebé. Un disparo. Muy cerca, a lado de su casa.Al día siguiente supo que su vecino había sido asesinado para robarle el dinero que llevaba tras vender ollas. Venezuela ya no era solo un país en crisis: era un territorio donde la violencia había llegado a la puerta de su casa.Ese año, su entonces esposo recibió una oferta para cambiar de oficina de Caracas a la Ciudad de México. No hubo dudas.“Si hubiera sido otra época, jamás me habría ido. Pero ya no encontraba ni fórmula para mi hija. A veces tuve que darle leche de adulto porque no había nada más”.Farida salió a tiempo. Lo sabe. Lo agradece. Pero el exilio no borra la memoria tampoco.El miedo que no se va“Yo sentía que en cualquier momento me iban a tocar la puerta”.Ya tenía compañeros perseguidos. Algunos detenidos. Otros desaparecidos. La represión avanzaba al mismo ritmo que la inseguridad generalizada.Dieciséis años después, Farida ha logrado reconstruir su vida en México. Trabaja como ingeniera en sistemas en una empresa de tecnología. Tiene estabilidad. Tiene dos hijas que crecieron lejos de Caracas y de su familia. Y aun así, basta una noticia para que todo regrese.La reciente detención de Nicolás Maduro —anunciada y luego rodeada de ambigüedades, silencios y procesos inconclusos— detonó una avalancha emocional.“No sabía si llorar, gritar o reírme. Me temblaban las manos. Pensé: voy a abrazar a mi mamá. Y luego caí en cuenta: no es así de simple”. La transición no es inmediata. El regreso tampoco. Un dolor como daga por las ausencias que siguen.“No significa que mañana sea seguro para mí volver a Venezuela”.La tortura que persiste en la memoriaLas redes sociales se llenaron de imágenes. Nombres conocidos. Historias que Farida conoce demasiado bien, que eran sus amigos.Fernando Albán, concejal opositor, murió en 2018 tras caer del décimo piso de una sede del SEBIN (Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional). El gobierno habló de suicidio. La oposición y organismos internacionales denunciaron asesinato.“Cada vez que cerraba los ojos sentía que yo estaba cayendo al abismo”, después de conocer la noticia, recuerda Farida.Otras historias reaparecieron: amigas golpeadas con bates, quemadas con cigarrillos y con marcas visibles en los brazos; amigos colgados de esposas hasta perder el conocimiento; hombres enterrados vivos durante años.Uno de ellos, amigo de Farida, Lorent Saleh, pasó 26 meses en “La Tumba”, el calabozo subterráneo del SEBIN en Caracas. Cinco pisos bajo tierra. Sin sol. Sin noche. Sin tiempo.Farida escucha el testimonio de Lorent, a través de una entrevista a un medio español que dio este activista. Luz blanca permanente. Frío extremo. El estruendo del metro pasando por encima. La llamada “tortura blanca”: diseñada para quebrar la mente, borrar la identidad, cosificar al individuo, olvidar si es de día o es de noche, se trata también de desaparecer el tiempo.“Si uno deja de verse en el espejo, olvida su rostro. Eso es lo que buscan”, relata Lorent a la cámara.Las hijas del exilioDiana tiene 15 años. Nació en México. No conoce a su abuela materna ni a sus tíos. Venezuela existe para ella en los relatos de su madre, en refranes, en palabras, en comida “Mi mamá (Farida) es muy venezolana”, dice. “Siempre nos habla de su país. Cuando pasó la reciente detención de Maduro, lloró”.En su cumpleaños pide tequeños y arepas. Farida sonríe al contarlo. “Creo que es más venezolana de lo que cree, aunque el exilio la haya alejado de sus raíces”.Su mayor anhelo es que sus hijas conozcan a su abuela materna. Que escuchen sus poemas cada vez que cumplen años, como a ella le declamaba en esas festividades. Que compartan una memoria que hoy solo existe a la distancia. Pero no es ahora. “Ojalá Dios me permita abrazar otra vez a mi mamá. Sé que no será mañana y eso es lo que más duele”.La diáspora que no eligió irseLa historia de Farida es parte de un éxodo mayor. Hoy América Latina vive el segundo mayor desplazamiento humano del mundo, solo detrás de Siria. Casi ocho millones de venezolanos viven fuera de su país, según Naciones Unidas.México se convirtió en uno de los principales destinos. La comunidad venezolana creció más de 500% en 15 años de 2000-2015. Al principio emigraban empresarios; luego emigraban quienes necesitaban comer.Para 2021, México se convirtió en el tercer país del mundo con mayor número de solicitudes de asilo, de acuerdo con la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR). Esta crisis migratoria estuvo marcada, en gran medida, por la salida masiva de venezolanos que huían del régimen de Nicolás Maduro y que veían en México un país de tránsito hacia su destino final: Estados Unidos. Durante cuatro años, muchos de ellos apostaron por un ingreso legal a territorio estadunidense a través de la aplicación móvil de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de EUA (CBP, por sus siglas en inglés),que se activaba solo a partir de la Ciudad de México.La liberación a cuentagotas no es justicia. Es una herida abierta.Y para quienes cargan la memoria del encierro, la tortura y el exilio, cada nombre aún no liberado es una forma de volver a caer. Al vacío.EHR

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