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Abstencionismo: el mejor aliado del autoritarismo

Llamada urgente a quienes piensan abstenerse de votar este 1.º de febrero.

En Costa Rica, decir “no voy a votar” se ha vuelto, para muchas personas, una forma de expresar cansancio, enojo o desencanto con la política. Es comprensible. La política decepciona, las promesas se rompen y el ruido sustituye al diálogo.

Sin embargo, en el contexto actual, la abstención ya no es un gesto neutro ni una simple protesta silenciosa: es una decisión con consecuencias profundas sobre el tipo de país que estamos dispuestos a heredar.

Nuestra democracia no nació por inercia ni se sostiene sola. Es el resultado de luchas, sacrificios y, en muchos casos, de cicatrices reales en la piel y en la memoria de generaciones que vivieron golpes de Estado, persecución política, censura y represión. Para ellas, la libertad no era un concepto abstracto ni una consigna: era algo que podía perderse de un día para otro, cuando el poder dejaba de tener límites.

Hoy, quienes crecimos bajo la estabilidad democrática corremos el riesgo de olvidar esa historia. Y cuando se olvida, el autoritarismo deja de parecer una amenaza y empieza a disfrazarse de “mano dura”, de burla sistemática, de insulto como método de gobierno y de desprecio abierto por las instituciones.

Gobernar solo para quienes aplauden y tratar como enemigos a quienes piensan distinto no es fortaleza política: es una señal clara de deterioro democrático.

Algunos dicen: “Todos son iguales, por eso no voto”. Pero la democracia no es un concurso de simpatía ni una obra de teatro que se abandona cuando no gusta el elenco. A diferencia del teatro, cuando se apagan las luces electorales, nos quedamos cuatro años (o más) con consecuencias reales: en la convivencia, en la institucionalidad, en la paz social y en la posibilidad misma de disentir sin miedo.

Nuestra democracia se parece más a una casa vieja que a un edificio nuevo. Tiene goteras, paredes descascaradas y errores acumulados. Pero las casas no se reparan incendiándolas ni dejando que otros decidan por nosotros; se reparan habitándolas, cuidándolas y exigiendo mejoras desde dentro. Los contrapesos –la Asamblea Legislativa, el Poder Judicial, el Tribunal Supremo de Elecciones– no son obstáculos, sino los pilares que impiden que el poder se vuelva arbitrario.

Abstenerse no castiga al sistema; lo debilita. Y cuando una democracia se debilita, quienes avanzan no son los ciudadanos críticos, sino los proyectos autoritarios que necesitan poco control y mucho silencio.

Este 1.º de febrero no se trata solo de elegir a una persona o a un partido. Se trata de decidir si seguimos creyendo que los conflictos se resuelven con diálogo y reglas comunes, o si aceptamos que el insulto, la mentira y la confrontación permanente se conviertan en forma normal de gobierno.

Se trata, también, de pensar en quienes vienen detrás: en no heredarles un país más violento, más dividido y más cínico.

No votar es, en el fondo, renunciar a esa responsabilidad compartida. Votar, aun con dudas, aun con críticas, es afirmar que la democracia sigue siendo nuestra casa común y que no estamos dispuestos a entregarla al desgaste, al miedo ni al autoritarismo.

La historia enseña que las democracias no suelen caer de golpe; se erosionan poco a poco, entre la indiferencia y el cansancio.

Todavía estamos a tiempo. Pero ese tiempo pasa por una decisión concreta: participar. Abstenerse, por la razón que sea, no es quedarse al margen: es dejar que otros decidan el país que heredaremos.

Este 1.º de febrero, ir a votar no es un acto de fe ciega. Es un acto de memoria, de cuidado y de esperanza.

Recordemos que “el abstencionismo no castiga al poder; lo libera de controles”.

biodiversidadcr@gmail.com

Jaime E. García González es profesor catedrático jubilado de la UCR y la UNED.

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