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Recursos y herramientas pueden ayudar a los jóvenes a gestionar la tristeza, la ansiedad o la frustración

Abc.es 
Hoy lunes 19 se celebra el llamado Blue Monday, conocido popularmente como el día más triste del año más triste del año. Más allá del debate sobre su base científica, esta fecha es una gran oportunidad para poner el foco en una realidad cada vez más presente: el malestar emocional y los problemas de salud mental entre jóvenes . La presión académica, la incertidumbre sobre el futuro, el impacto de las redes sociales o la dificultad para gestionar emociones son factores que influyen directamente en su bienestar psicológico. A esta 'tormenta perfecta' se añade, explica Irene López, psicóloga y responsable clínica terapéutica de los centros anda CONMiGO, que muchos menores no han tenido oportunidades suficientes para desarrollar habilidades sólidas de identificación, regulación y expresión emocional. «La baja tolerancia a la frustración , la dificultad para gestionar el error o para afrontar las expectativas externas pueden derivar en estados mantenidos de ansiedad, tristeza o sensación de desbordamiento«. Paralelamente, admite, «se ha producido una mayor sensibilización social en torno a la salud mental, lo que ha favorecido que estos malestares se verbalicen y se detecten con mayor facilidad. Pero este aumento en la visibilidad no implica necesariamente que el malestar sea nuevo, sino que responde a una realidad que durante años ha permanecido en gran medida invisibilizada». Pero, en este contexto, ¿cómo detectar un problema cuando el joven no verbaliza lo que le ocurre? «Cuando estamos ante esta circunstancia, la detección del malestar emocional requiere una observación cuidadosa de su conducta, de sus hábitos y de su funcionamiento global. Porque en estas edades, el sufrimiento psicológico no siempre se expresa de forma directa, sino que suele manifestarse a través de cambios sostenidos en el comportamiento y en la manera de relacionarse con el entorno», apunta López. Las señales de alerta habituales , explica esta experta, «incluyen un descenso significativo del rendimiento académico, el aislamiento progresivo, la pérdida de interés por actividades previamente gratificantes, alteraciones del sueño o de la alimentación, mayor irritabilidad, apatía o cambios bruscos en el estado de ánimo. También pueden aparecer somatizaciones frecuentes, como dolores de cabeza o de estómago sin causa orgánica aparente, o una actitud de evitación y desconexión emocional». La clave, asegura, «está en atender a la persistencia y al impacto de estos cambios en la vida diaria del joven. Por ello, resulta fundamental el papel de familias, docentes y adultos de referencia, que deben mantener una actitud cercana, disponible y libre de juicios, facilitando espacios de escucha y seguridad emocional. Cuando el malestar se prolonga en el tiempo o interfiere de forma significativa en su bienestar, es importante valorar la intervención de un profesional de la salud mental que pueda realizar una evaluación adecuada y ofrecer el acompañamiento necesario». Porque sentirse triste, desmotivado o desbordado en determinados momentos, insiste la psicóloga del centro anda CONMIGO, forma parte del desarrollo emocional y de la experiencia vital, especialmente en la adolescencia y juventud. «La diferencia entre un mal momento puntual y un problema de salud mental no suele estar tanto en la intensidad aislada de una emoción, sino en su duración, su frecuencia y el impacto que tiene en la vida diaria del joven». Cuando el malestar es transitorio, prosigue, «suele estar vinculado a una situación concreta y permite que el joven mantenga, con mayor o menor esfuerzo, su funcionamiento habitual a nivel académico, social y familiar. En cambio, hablamos de un posible problema de salud mental cuando las emociones negativas se mantienen de forma persistente durante semanas o meses, se generalizan a distintos ámbitos de la vida y empiezan a interferir de manera significativa en el rendimiento, las relaciones, la autoestima o la capacidad para disfrutar». Además, añade, «la aparición de conductas de evitación, aislamiento marcado, cambios importantes en los hábitos, sensación constante de vacío, desesperanza o pérdida de control emocional son señales que indican que el malestar puede estar superando los recursos personales del joven. En estos casos, resulta fundamental no minimizar lo que ocurre y recurrir a una valoración profesional que permita diferenciar un proceso evolutivo normal de una dificultad que requiere acompañamiento especializado». Que es un error bienintencionado, por otra parte, que suelen cometer los adultos al intentar ayudar. «En efecto, restar importancia al malestar emocional del joven mediante mensajes tranquilizadores que lo minimizan, como «no es para tanto» o «ya se te pasará». Este tipo de respuestas pueden invalidar su experiencia interna y dificultar que se sienta comprendido y seguro para expresar lo que le ocurre». Otro error frecuente, añade esta experta, «es intentar intervenir de forma precipitada, ofreciendo soluciones inmediatas o consejos sin haber realizado una escucha previa. Asimismo, adoptar una postura excesivamente directiva, controlar en exceso o presionar para que 'esté bien' puede generar resistencia y aumentar la sensación de incomprensión». También ocurre que, «en algunos casos, los adultos también evitan hablar del problema por miedo a equivocarse o a empeorar la situación, lo que puede ser interpretado por el joven como falta de interés o apoyo. Desde un enfoque profesional -recalca-, ayudar de manera adecuada implica validar el malestar, ofrecer una presencia emocional disponible y mantener una escucha activa, empática y libre de juicios. Acompañar no significa resolver de inmediato, sino sostener, respetar los tiempos del joven y facilitar, cuando es necesario, el acceso a una evaluación y un acompañamiento profesional que permitan abordar la dificultad de forma adecuada».

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