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Morante de la Puebla reaparece el Domingo de Resurrección en Sevilla

Abc.es 
A la espera de Morante de la Puebla se encontraba la empresa de Sevilla para cerrar el cartel de Domingo de Resurrección, en el que aparecían fijos Andrés Roca Rey y David de Miranda, en un encuentro de alto voltaje que avanzó ayer ABC. Pues bien, el sueño de José María Garzón se ha hecho ya realidad: el torero cigarrero reaparecerá el 5 de abril, según ha adelantado 'El Mundo'. Apenas tres meses han pasado desde su retirada en la corrida de la Hispanidad de Madrid, donde se quitó la coleta. «No me la he cortado, me la he arrancado», puntualizaba esa misma noche el genio, como si ya se hubiese arrepentido de la decisión, como si no se imaginase una vida sin torear. Y medio año después del histórico Doce de Octubre, la jornada más emotiva de los últimos tiempos, José Antonio Morante pisará de nuevo el albero en la Real Maestranza, donde, si nada se tuerce, se propone estar cinco tardes, entre ellas en el Corpus (apunten también los nombres de Juan Ortega y Pablo Aguado), cuya fecha quiere recuperar. Este regreso supone un espaldarazo a la gestión del nuevo empresario sevillano, que ha mantenido un contacto permanente con el torero y su apoderado, Pedro Jorge Marques. Viajó Garzón hasta tierras portuguesas primero y después se reunió en la Huerta de San Antonio, plasmada en una imagen que se viralizó en le planeta taurino. Soñaba el nuevo guardián de la Maestranza y puso a soñar a la afición con la fotografía más comentada de este enero. En esa estampa que acrecentó aún más el runrún del regreso morantista, confirmado ya. Habíamos avanzado ya su intención de estar por San Miguel y en la citada fecha del Corpus, pero Morante adelanta su regreso a la emblemática fecha de Resurrección. Eran las siete y treinta y cuatro en todos los relojes cuando Morante de la Puebla se dirigió a la mismísima boca de riego de Madrid, al terreno donde se había ceñido la muerte a la cintura veinte minutos antes, para cortarse la coleta. Pese a saber que el adiós estaba cerca, sorprendió cuando las mismas manos que han sublimado el toreo esta temporada se desprendían de la castañeta. Eran las siete y treinta y cuatro, la hora en la que la afición creyó que Morante ya no volvería a vestirse de luces en un momento en el que la emoción y la lágrimas se desbocaron. En el rostro del maestro y en el de todos. De Chenel y oro, de lila y oro, cruzó por segunda y (pen)última vez la Puerta Grande en medio de una multitud que lo zarandeaba, que destrozaba el vestido. Una locura, con Morante roto por su toreo, por la dura voltereta y por la paliza de la salida a hombros. Era el adiós de un mito vivo. O eso decíamos entonces, pero el sevillano regresa cuando apenas se había despedido, una decisión que se criticaría en cualquier otro torero, pero que al genio se le perdona y hasta se celebra: la realidad es que todos deseábamos su vuelta.

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