Aparece la pieza que faltaba en Etiopía: el hombre 'cascanueces' vivió junto a los primeros humanos y compitió con ellos
Durante décadas, la región de Afar, en el norte de Etiopía, ha sido la 'zona cero' de la paleoantropología mundial. Es ahí, en efecto, donde siempre se han producido los mayores y más espectaculares hallazgos de restos de nuestros ancestros: desde los Ardipithecus, que aún pasaban tiempo en los árboles, hasta los famosos Australopithecus (la familia de la célebre Lucy) y los primeros representantes de nuestro propio género, Homo. Sin embargo, en ese álbum familiar tan completo faltaba una foto. Una ausencia tan notoria que se había convertido en un verdadero quebradero de cabeza para los científicos. Faltaban los Paranthropus. Este género de homínidos, conocidos coloquialmente como los 'cascanueces' por sus enormes mandíbulas y molares, parecía no haber pisado nunca el norte de África . O por lo menos eso es lo que se había pensado hasta ahora. Pero un nuevo estudio dirigido por Zeresenay Alemseged, de la Universidad de Chicago y recién publicado en ' Nature ', acaba de dinamitar esa creencia. De hecho, una mandíbula inferior parcial de hace 2,6 millones de años hallada en el yacimiento Mille-Logya, en Afar, no solo rellena ese hueco en el mapa, sino que extiende la distribución geográfica conocida de estos parientes lejanos 1.000 kilómetros hacia el norte. El descubrimiento obligará a reconsiderar lo que creíamos saber sobre la competencia entre especies y la capacidad de supervivencia de nuestros antiguos parientes africanos. Desde que el linaje humano se separó del de los chimpancés hace unos 7 millones de años , la evolución no ha sido una línea recta hasta nosotros, sino más bien una auténtica maraña de líneas que se cruzan por todas partes de forma desordenada. En el registro fósil identificamos generalmente cuatro grupos principales: los bípedos facultativos (que caminaban a ratos pero vivían en árboles), los bípedos habituales (como los Australopithecus), los bípedos obligados (nosotros, el género Homo, con cerebros grandes y herramientas) y, finalmente, los homínidos robustos o Paranthropus. A estos últimos siempre se les había colgado la etiqueta de 'especialistas extremos' debido a sus inconfundibles características físicas: molares gigantescos cubiertos de un esmalte muy grueso y una musculatura facial potente diseñada para una masticación brutal. Una perfecta maquinaria biológica hecha para triturar. Esta peculiar anatomía llevó a la comunidad científica a una conclusión que ahora, a la luz del nuevo estudio, se revela como errónea: se pensaba que los Paranthropus eran comedores muy especializados, restringidos a una dieta muy específica (probablemente alimentos duros como nueces o raíces fibrosas) y que, por tanto, sólo podían vivir en entornos muy concretos del sur y el este de África. «Cientos de fósiles que representan más de una docena de especies -explica Alemseged- habían sido encontrados en la región de Afar, por lo que la aparente ausencia allí de Paranthropus era notoria y desconcertante para los paleoantropólogos». Muchos expertos, sencillamente, asumieron que el género «nunca se aventuró tan al norte». Otros, más pesimistas, llegaron incluso a sugerir que los Paranthropus no podían competir con los Homo, supuestamente más inteligentes y versátiles. Pero el nuevo fósil de Mille-Logya demuestra que «ninguno de los dos casos era cierto», afirma el investigador. Paranthropus no solo estaba allí, sino que era «tan generalizado y versátil como Homo». Su ausencia en los registros anteriores no era una prueba de su debilidad, sino un simple capricho de la suerte en la conservación de los fósiles, un 'artefacto' del registro arqueológico. Al cambiar radicalmente la narrativa de 'perdedores' y 'ganadores', la aportación del nuevo estudio con respecto a trabajos anteriores es enorme. Paranthropus vivió en el mismo vecindario que los primeros Homo (nuestros antepasados directos). Ambos linajes, por tanto, encontraron formas distintas pero igualmente exitosas de sobrevivir durante millones de años en el mismo entorno, diverso y cambiante. O dicho de otro modo, no fueron desplazados inmediatamente por una supuesta superioridad intelectual de los humanos, sino que coexistieron con ellos. «Si queremos comprender nuestra propia trayectoria evolutiva como género y especie -asegura Alemseged-, necesitamos entender los factores ambientales, ecológicos y competitivos que dieron forma a nuestra evolución. Este descubrimiento es mucho más que una simple instantánea de la presencia de Paranthropus: arroja nueva luz sobre las fuerzas impulsoras detrás de la evolución del género». Tras recuperar los fragmentos en el duro terreno etíope, Alemseged y su equipo los trasladaron a Chicago para someterlos a un análisis exhaustivo. Para lo cual utilizaron escáneres de micro-CT (tomografía computarizada) de alta potencia, que permiten mirar 'dentro' del fósil, analizando la estructura interna y la morfología dental, sin dañar la pieza. En palabras del propio Alemseged, esto supone «un nexo notable: una tecnología ultramoderna aplicada a un fósil de 2,6 millones de años para contar una historia que es común a todos nosotros». Los datos confirman que, desde sus orígenes más tempranos, estos «cascanueces» podían procesar mucho más que nueces. Su dieta y su adaptación al medio, en efecto, han resultado ser más amplias de lo que dictaban los libros de texto. Dicho en pocas palabras, ocupaban un nicho ecológico flexible. Pero si Paranthropus era tan versátil, tan extendido y tan capaz como Homo en aquellos tiempos remotos, ¿por qué nosotros seguimos aquí y ellos no? ¿qué fue exactamente lo que nos hace 'humanos'? Según el estudio, la cuestión no se puede zanjar con un simple 'éramos más listos'. Puede que las diferencias clave estuvieran en matices que ahora debemos investigar con nuevos ojos: tipos de dieta muy específicos en momentos de crisis, adaptaciones sociales o el uso sistemático de herramientas , algo que los Paranthropus quizás hacían también, aunque de forma distinta. «El nuevo descubrimiento -concluye Alemseged- nos da una idea de las ventajas competitivas que tenía cada grupo». De modo que ahora sabemos que la 'partida de ajedrez' evolutiva en el gran tablero de África fue mucho más compleja de lo que creíamos. No había un solo jugador dominante en el norte. Había dos grandes linajes, cara a cara, adaptándose a un mundo hostil de formas muy diferentes. Y durante mucho tiempo, ambos fueron ganadores.