Los pasajeros del Plus Ultra
Eran aquellos aviones frágiles, casi quebradizos. Al encender el motor tremolaba la carcasa… Y el aviador se sentía el rey del universo. No más rutas sinuosas ¡viva la línea recta! El 22 de enero de 1926, hace un siglo, un hidro Dornier Do J 'Ballena' despega de Palos de la Frontera, junto al monasterio de la Rábida. De allí partieron las carabelas de Colón. La 'ballena' voladora, bautizada Plus Ultra, tiene como destino Buenos Aires en siete etapas: Palos, Las Palmas, Porto Praia, Noronha, Pernambuco, Río de Janeiro, Montevideo. Cuatro pasajeros. Ramón Franco al mando con el capitán Julio Ruiz de Alda, el teniente Juan Manuel Durán y el mecánico Pablo Rada. No eran los primeros, pero sí los más ambiciosos. Los años veinte enmarcaron la conquista de los cielos por italianos, franceses, ingleses, portugueses y norteamericanos. Los españoles desplegaron las alas en 1923: un Breguet vuela de Cádiz a Las Palmas. Lo escolta el Dornier que pilota Franco hasta Casablanca; más de ochocientos kilómetros; la marca de distancia con hidroavión. Después de volar cuarenta y cinco horas en el desembarco de Alhucemas hasta que su hidro fue derribado, Franco se gana la autorización para su 'Proyecto de raid a la Argentina en hidroavión'. En el mes de diciembre de 1925 planea tres vuelos con Ruiz de Alda: Buenos Aires, Filipinas y Guinea Ecuatorial. El 'raid' del Plus Ultra se anticipó un año a la travesía atlántica, esta sin escalas, de Charles Lindbergh y su Spirit of St. Louis. España vivía bajo la dictadura de Miguel Primo de Rivera: la prohibición de las opiniones políticas contrastaba con la feracidad de las manifestaciones culturales. Tiempos de preparación de las exposiciones de Barcelona y Sevilla, de las vanguardias artísticas que Ortega diseccionó en 'La deshumanización del arte'. De aquel Tricentenario de Góngora que dio a luz la Generación del 27. Si Marinetti ensalzó la belleza del automóvil sobre la Victoria de Samotracia, la vanguardia poetiza los coches de carreras y los aeródromos con biplanos en despegue. El avión, «sahúma la tarde con el incienso de su bencina», escribirá Ernesto Giménez Caballero, padre de 'La Gaceta Literaria'. Franco, Ruiz de Alda, Durán y Rada. No pasaban de los treinta. Cuatro héroes condenados por un destino trágico: diez años después, los españoles decidieron matarse unos a otros. Durán tuvo poco tiempo para disfrutar de su proeza atlántica. Incorporado a la Escuela Aeronáutica Naval, el 19 de julio de 1926 participa en unas maniobras aeronavales en Barcelona. En uno de los movimientos, dos aviones chocan y se desploman sobre el mar: uno de ellos, el Martynside que tripula Durán. Su cadáver será inhumado en el Panteón de Marinos Ilustres de Avanzadilla. Ramón Franco, el hermano rebelde de Francisco. El hablador frente al lacónico. El mujeriego frente al pacato. El muslo de la corista frente al brazo incorrupto de Santa Teresa. Su gloria se torció un 29 de junio de 1929: el avión capotando sobre el mar hasta que la tripulación es rescatada por el portaviones Eagle. El suceso ocupó portadas de los semanarios gráficos, pero arruinó la carrera militar de Franco: se le dio de baja en la Aviación y expedientó por su libro 'Águilas y garras', secuestrado por la autoridad. El aviador mutó en conspirador: contactos con la CNT que le llevan a la prisión de la que se evade; sublevación de Cuatro Vientos con el intento, no consumado, de bombardeo del Palacio Real y exilio; su nombre en las listas de la Esquerra de Macià. La incierta gloria de abril que trajo la República: un 'jabalí' de la izquierda en los escaños. A su gran amigo, el mecánico Pablo Rada, las malas lenguas le atribuían ese ascendiente revolucionario sobre Franco; fue Rada quien le ayudó a huir de la cárcel, lo acompañó en Cuatro Vientos y al exilio en Portugal y Bélgica. Julio Ruiz de Alda fue el agrimensor aéreo que en 1933 cambió el azul de los cielos por los luceros del 'Cara al sol'. Aquella foto del triunvirato de Falange. Acto fundacional en el teatro de la Comedia. El aviador flanqueado por José Antonio Primo de Rivera y Alfonso García Valdecasas. Ruiz de Alda dio nombre al movimiento que encarnaría, con las JONS de Ramiro Ledesma Ramos, el fascismo español. El fatalismo de las dos Españas sumió a los pasajeros del Plus Ultra en el vórtice de la violencia. Ruiz de Alda acabó tiroteado el 23 de agosto de 1936 por la turba que asaltó e incendió la cárcel Modelo. Fue tal la masacre que Indalecio Prieto clamó: «¡Hoy hemos perdido la guerra!». El asesinato de su compañero del Plus Ultra conmovió a Ramón Franco. Renunció al cargo de agregado de la República en la Embajada española de Washington y tomó un barco para Lisboa. Desde allí se desplazó a Salamanca para reencontrarse con sus hermanos Francisco y Nicolás. El 28 de octubre de 1938, en un vuelo para bombardear Valencia con mal tiempo, el aviador Franco se precipitó al mar. Al mecánico Rada su militancia republicana le deparó treinta años de exilio en Francia, Colombia y Venezuela hasta su retorno en 1969, con el permiso del otro Franco. Volvió muy enfermo para morir en el sanatorio madrileño de Los Molinos. Tal vez Durán, en la postrera cabriola de su exhibición aérea, Ruiz de Alda, acribillado en la Modelo o Franco al desplomarse su hidro aquel otoño bélico vieron pasar por su mente la felicidad aventurera del Plus Ultra. Los cuatro en el Dornier, aquel tramo, emocionante y decisivo, de Porto Praia a Pernambuco sobrevolando la isla de Noronho. Los silencios cuando el hidro no despegaba. Las copas de coñac chocando al escuchar la señal de radio. Aquel crepúsculo a doscientos por hora compitiendo con el sol en poniente: «Los más hermosos y emocionantes que pasaremos en la vida», aseguraban Franco y Ruiz de Alda en su libro 'De Palos al Plata'. Y luego la hélice trasera rota, el grito de Franco para que lanzaran al mar toda la carga del avión, el mar rizado, la pérdida de altura casi rozando las copas de los árboles. Y los pescadores de Pernambuco que saludan al Plus Ultra al aterrizar sobre el mar. El agua salada, mezclada con el aceite de los motores, inundando el hidro. «Azotada por el viento de la hélice, la hierba hasta veinte metros hacia atrás parece fluir. El piloto, con un movimiento de su muñeca, desencadena o retiene la tormenta», escribió Antoine de Saint-Exupéry en 'El aviador', su primer relato de 1926. Franco, Ruiz de Alda y Rada ganaron aquel año el universo , pero no pudieron retener la tormenta.