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Adiós actividades extracurriculares

Las políticas educativas en Bolivia, comparadas en las Resoluciones 001 de 2019 y 2026, evidencian un giro preocupante en la concepción de la vida escolar y en el rol de las actividades extracurriculares dentro de la formación integral de los estudiantes. Lo que antes se entendía como un componente esencial del modelo educativo, la articulación entre ciencia, deporte, cultura y comunidad ha sido reducido en 2026 a un esquema restrictivo que prioriza el cumplimiento de los 200 días hábiles por encima de una experiencia educativa viva, diversa y significativa.

Es indiscutible que los extremos no ayudan ni aportan a la mejora educativa. Actividades extracurriculares no planificadas, burocratizadas con informes que nadie lee y que además exigen gastos adicionales (familias y maestros) no son ningún aporte a la búsqueda de una educación de calidad; perder días de clases por efecto de la visita de una autoridad o por una semana deportiva de la federación de maestros es injusto para los estudiantes. Pero, pensar lo mismo del día del árbol, de la convivencia o el día de la Pachamama (instaurado por NN.UU.), así como de los juegos deportivos estudiantiles o las ferias científicas y culturales eliminándolas, pensamos que es ir al otro extremo, asumiendo que la educación y la enseñanza son solamente las que se desarrollan en cuatro paredes y con un calendario rígido, pensando que con ello se mejoran los aprendizajes.

En 2019, el sistema educativo apostaba por la masificación de eventos plurinacionales: Juegos Deportivos Estudiantiles, Jornadas de Ciencia y Tecnología, Encuentros de Cultura, ferias productivas y la consolidación de la Olimpiada Científica Estudiantil. Estas actividades no eran simples adornos del calendario escolar; eran espacios donde los estudiantes podían experimentar, crear, competir, investigar y convivir. Eran, en esencia, escenarios donde la teoría se encontraba con la práctica y donde la escuela se abría al país. La educación se vivía dentro y fuera del aula. El calendario, además de días imprescindibles de clases teóricas, se nutría de relacionamiento cívico, social y comunitario. Se entendía que la educación no se reduce a la transmisión de contenidos, sino que requiere experiencias que despierten vocaciones, habilidades y ciudadanía.

La Resolución Ministerial 001/2026 marca una ruptura drástica. Bajo el argumento de “proteger el tiempo en aula”, se prohíbe explícitamente la realización de actividades extracurriculares que no estén contempladas en el POA. El Artículo 53 es contundente: no se autoriza ninguna actividad adicional, y las direcciones distritales tienen prohibido exigirlas. La escuela queda encerrada en un aula, limitada a su cronograma y despojada de los espacios que históricamente han enriquecido la formación de los estudiantes.

En una feria científica, un estudiante no solo “aplica” conocimientos, los debe reinventar, ponerlos a prueba, convertirlos en preguntas nuevas y en descubrimientos propios. En una actividad deportiva, no solo compite, forja disciplina, aprende a trabajar en equipo, enfrenta la frustración, algo que ningún cuaderno puede enseñar. Y en un festival cultural, no solo “participa”, vive la diversidad, reconoce la riqueza de su comunidad, se expresa, crea y comprende que la cultura no es un contenido, sino una forma de estar en su mundo.

Plantar un árbol, ¿no es educativo? ¿No es acaso una lección concreta sobre responsabilidad ambiental, cuidado del territorio y compromiso con el futuro? Participar en un desfile cívico de una comunidad o municipio, ¿es una pérdida de tiempo? ¿O es, más bien, un acto de pertenencia, memoria y construcción de identidad colectiva? ¿No es allí donde los estudiantes aprenden que la ciudadanía se ejerce en comunidad y no solo en el aula?

La educación en el mundo avanza hacia modelos flexibles e interdisciplinarios, la normativa 2026 retrocede hacia una visión escolar rígida, aislada y estrecha. La educación no puede reducirse a cumplir un calendario, debe ser un espacio de vida. Bolivia necesita políticas educativas que nazcan de la vida, se desarrollen en la vida y estén orientadas a vivir bien; políticas que reconozcan que la formación integral no se agota en el aula. Solo así podrá sostenerse una educación verdaderamente plurinacional, descolonizadora, patriótica y comunitaria en un país justo, diverso y digno.

*Es docente investigador de la UMSA y exministro de Educación

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