La melancolía del territorio en la novela ‘Tal vez, un día’
La novela «Tal vez, un día», del escritor y diplomático español Jaume Segura Socías, construye su temporalidad desde un territorio donde pasado y presente se entrelazan a través del deseo. Desde allí, la narración avanza con detenimiento y precisión, permitiendo al lector habitar la infancia del personaje principal y recorrer, casi en cámara detenida, los recuerdos que configuran su mundo.
Decir Cuba es nombrar la isla, la diplomacia, la jerarquía, pero también trazar una línea afectiva. Segura nos invita a evitar la mirada del turista circunstancial y sitúa al lector en un punto exacto de observación, donde los vínculos familiares —madre, padre, tía— adquieren espesor simbólico. La figura paterna se articula desde la firmeza, la responsabilidad y la defensa del honor, mientras el imaginario militar y sus aspiraciones atraviesan a varios de los personajes.
La novela se construye como una isla de recuerdos narrados en flashback. Octavio, su protagonista, observa desde la diplomacia: no cuestiona, administra, dirige. La estructura avanza como una sucesión de escenas que remiten al lenguaje cinematográfico, donde el color y el sonido envuelven al lector. Las imágenes se desplazan como una ola que acompaña la cotidianidad de una familia de pescadores, retratada frente al sol que se refleja, poéticamente, en la piel de mujeres que habitan estas páginas con naturalidad.
El relato se inscribe también en un contexto histórico marcado por el orden militar y la coyuntura política de la presidencia de Batista. Ese respeto al orden genera una tensión constante en los capítulos y define el perfil del alto mando, que se manifiesta más en las acciones que en los discursos.
A medida que el tiempo avanza, la novela expone con claridad las divisiones de clase y los espacios que el personaje transita mientras crece. El conflicto se desarrolla de manera orgánica, sin estridencias, sosteniendo una tensión cotidiana que vuelve universal la experiencia narrada.
Al final, con la lectura regresamos al origen: a la quietud de un personaje que, a sus treinta años, narra lo suspendido. Segura congela ciertos espacios para permitirnos transitarlos nuevamente. El Malecón, el Vedado, el coche, operan como símbolos en movimiento continuo, invitando a romper esa quietud y a relacionarnos con este territorio espejo, desde la libertad.
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