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Martí y la era de los imperios

Al final de la tarde, en el portal interior del Centro de Estudios Martianos (CEM) hay una tranquilidad de ensueños. El amplio jardín de la casona, donde vivió el hijo de José Martí, absorbe el ruido del Vedado habanero; y en los alrededores solo se escucha el murmullo de las aves.

En medio de esa quietud, Pedro Pablo Rodríguez (La Habana, 1946) se reclina en uno de los sofás de la galería. Hace unas horas terminó un evento internacional donde impartió una conferencia en la que, en alguna de sus partes, insistió en una de las ideas que ha tenido que repetir muchas veces: «Martí no vino a Cuba a morir. Él vino a pelear».

Se acomoda, apoya la cabeza en la mano derecha, mientras dice: «Yo me insulto cuando escuchó por ahí que Martí se quería suicidar. ¡Qué suicidarse ni suicidarse! Ese día, el 19 de mayo de 1895, acababa de pronunciar un discurso a la tropa. La mayoría eran soldados bisoños, orientales, gente guapa. Cuando sonaron los tiros, todos salieron a pelear. ¿Qué iba a hacer Martí? ¿Quedarse? Por favor...».

Doctor en Ciencias Históricas, Pedro Pablo acumula un largo recorrido como periodista, profesor e investigador. En Cuba se le tiene como uno de los mayores conocedores de la vida y obra de José Martí, al punto de que se ha reconocido su trabajo con algunos de los galardones más importantes del país: el Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas (2009), el Nacional de Historia (2010) y el de Investigación Cultural (2017).

A esos reconocimientos se suma ahora el Premio Nacional de Edición, con el cual se enaltece su trabajo al frente de la edición crítica de las Obras Completas de José Martí, «una labor —como dice el galardonado—, apasionante pero muy fatigosa».

Un poco más para develar misterios que para provocarlo, se le hace la primera pregunta: «¿Qué hubiera pasado en Cuba si Martí no muere en Dos Ríos?». La respuesta aparece con un brillo burlón en el rostro. «Bueno —decimos—, ante qué complejidades se hubiera tenido que enfrentar Martí si no hubiese muerto el 19 de mayo». Ahora, Pedro Pablo se ríe: «Esa me gusta más. Sí, porque uno es historiador, pero no adivino. De entrada, te digo: las complejidades eran tremendas»

Fotograma de la película Páginas del Diario de Campaña de José Martí, del director José Massip.

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«Lo primero a tener en cuenta es que a Martí le tocó presenciar una época de transición, similar a la que hoy vivimos. En aquel tiempo se universalizaba el modo de producción capitalista, y en Europa existían varias potencias de alto nivel (Inglaterra, Francia y Alemania), que marcaban el paso.

«En América se encontraban los Estados Unidos, la otra potencia; pero, ¿qué ocurre por acá? Que los norteamericanos se podían mover con mayor facilidad por el continente. No tienen competidores y los otros tres sí. Competían entre ellos, y Martí sabía que había un reparto del mundo, lo estaba siguiendo y estaba claro de que los norteamericanos debían apurarse porque, de lo contrario, los europeos se les iban a meter aquí.

«En unas notas que nunca publicó, Martí escribió que la República de Cuba, cuando se creara, debía buscar formas de acercamiento con alguna de las potencias de Europa. Parece que eran notas que tomaba en medio de la lectura, para que no se le escaparan las ideas. En ellas decía que había que encontrar una alianza para evitar que los Estados Unidos se metieran en Cuba. Qué está diciendo como estadista: hay que ver cómo nos movemos entre estas dos aguas».

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«Era lógico que lo pensara. Mientras que en otras partes existían acuerdos, como ocurrió con el reparto de África, aquí en América Latina podía darse una guerra. Los ingleses, por ejemplo, tenían muchos intereses en Cuba y dominaban zonas importantes de la economía.

«Los franceses fueron los primeros en llegar a Panamá con la construcción del canal. Los americanos también buscaban su propia vía. Lo intentaron primero por Yucatán y Nicaragua, y no pudieron. Entonces aprovecharon el fracaso de los franceses y tomaron el canal.

«Yo tengo la impresión de que si Ferdinand de Lesseps, el ingeniero y empresario que dirigía las obras no falla, posiblemente los norteamericanos no hubieran entrado nunca a Panamá. La razón es una: Francia habría puesto dinero y barcos de guerra para defender el canal. Por eso, muchas veces me pregunto por qué el Estado francés nunca apoyó cuando Lesseps se quedó sin dinero. La pregunta se la he hecho a historiadores franceses, y no me han dado una respuesta.

«Todo esto es un poco especulativo, pero tampoco resulta osado pensarlo. No es lo mismo tener un conflicto con un gobierno débil, como podía ocurrir en Centroamérica, que hacerlo contra una potencia europea. Y una vez que se enfrentaran a una, estaban mal; porque tienen que ir a la guerra, sin poseer el poderío suficiente, con Inglaterra, con Francia o con las dos a la vez. O hasta con Alemania, vaya usted a saber».

Estados Unidos aprovechó el fracasó francés para tomar el control de las obras del Canal de Panamá.

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«Martí vive esa realidad. Desde el inicio de los 80, en el siglo XIX, se da cuenta del papel de los monopolios. Se le adelantó a Lenin en el tema. Claro, no hizo teoría; pero habló de esos grupos monopolistas. Estaba preocupado por el control que iban teniendo sobre los Estados
Unidos; porque ese dominio hacía más inmediata la expansión hacia el Sur.

«Hay una carta famosa a Gonzalo de Quesada, en la que pregunta: “Gonzalo, una vez los americanos en Cuba, ¿quién los saca de ella?”. O sea, cuando se lanzaran sobre América Latina, ¿quién los paraba? Y no estaba equivocado. ¿Qué pasó en la realidad? A nosotros nos dejaron con la Enmienda Platt, pero si tomas el mapa: Puerto Rico, colonia de ellos; Haití ocupada hasta después 1917; Santo Domingo con tropas norteamericanas hasta 1924; Nicaragua, igual; en Panamá se adueñaron del Canal, que era apoderarse del país; a México lo trataron de cerrar lo más que pudieron. Hablaron de meterse en Venezuela y Colombia. No lo lograron en ese momento, pero lo plantearon y los sucesos recientes en Venezuela demuestran que en el país del norte continúan los criterios de dominar los países de Nuestra América al costo que sea necesario.

«Es decir, cuando se lanzaron sobre Cuba y Puerto Rico, en diez años los Estados Unidos crearon una zona de dominio donde los europeos no tuvieron cabida. Quedó un nivel de capital inglés y francés; pero se tuvieron que ir, y el alemán no pudo entrar.

«Toda esa situación hace pensar a Martí en cómo detener lo que viene; porque la competencia los está empujando. Por eso proyecta acelerar la independencia de Cuba y de buscar las formas de trabajar unidos dentro de América Latina. ¿Por qué? Porque se dio cuenta de que íbamos a ser el punto de inicio de ese empuje hacia el Sur. Que la expansión iba a comenzar por nosotros».

Grabado de la época: Estados Unidos se expande por América Latina, mientras las potencias europeas claman por el espacio perdido.

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—¿Cómo él podía hacer pronósticos tan certeros?

—Bueno, Martí apenas dormía. Dominaba el inglés y el francés, y eso le permitía leer los mejores periódicos y revistas de Francia, Inglaterra, España, los Estados Unidos y los de La Habana. Hay que añadir, como se comprobó en el Centro, que manejaba el latín y el griego antiguo.

«Las preocupaciones de Martí formaban parte del debate de la época. Por otro lado, conocía muy bien la política norteamericana. Él presenció las últimas campañas presidenciales y se dio cuenta de lo que pasaba. Sabía muy bien, por ejemplo, quién era James G. Blaine, el pretendiente a la candidatura a la presidencia y que desde la secretaría de Estado impulsó la expansión hacia el Sur. Blaine estaba asociado a los monopolios, es el que organiza la Conferencia Panamericana, la que pretendía crear un mecanismo de dominio económico de los Estados Unidos sobre el continente. Se le veía como el hombre del futuro.

«Fíjese, existe un hecho poco conocido. Hay un diplomático argentino, amigo de Martí, que años después de su muerte en Dos Ríos, publicó un trabajo donde narraba algo que el Apóstol le había contado. Resulta que Blaine mandó un emisario con la propuesta de pagarle si hacía campaña política a su favor entre los emigrados latinos en Nueva York. El diplomático cuenta que, al escuchar aquello, Martí cogió al tipo por el traje y lo tiró por la escalera. Lo botó».

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—Ante esa situación, al inicio de la guerra en 1895, ¿qué alternativas tenía Martí?

—Formar el Gobierno; esa era la manera que tenía de influir. Hay mucha gente que dice: «Martí iba a ser el presidente». No estoy seguro, no sé si él hubiera aceptado el cargo; porque sabía que existían celos viejos de patriotas, de algunos generales.

«No por gusto, Máximo Gómez se reunió con un grupo de oficiales, muy cercanos y otorgó a Martí el grado de mayor general. Gómez no era ningún tonto y sabía que los militares estaban obligados a escuchar a un José Martí con grados de mayor general. La pensó muy bien realmente.

—Si usted dice que él no tenía la intención de ser el Presidente de la República, ¿cómo podía entonces controlar la situación en medio de la guerra?, ¿qué mecanismo podía tener a la mano?

—No lo sé, pero podía haber inventado alguno. No sabemos lo que tenía en su cabeza. Lo que él sí estaba propiciando era la reunión de los jefes independentistas en Camagüey para formar el gobierno; pero no para ser el presidente. Repito, no creo que fuera su aspiración; lo cual no quiere decir que, si los demás se ponían de acuerdo, él aceptara la presidencia.

«Si manejaba esa opción, no la dio a entender para evitar que pensaran que era un oportunista. Mire todo lo que pasó con Maceo en La Mejorana, a pesar de lo bien que se llevaban desde que se conocieron en Costa Rica. A veces se olvida que las grandes figuras operan a partir de su propia personalidad».

—¿Y usted cree que Martí podía limar las asperezas con Maceo?

—A ver, yo entiendo a Maceo; pero a Maceo se le fue la mano. Lo que pasa es que lo único que se habla de la discusión en La Mejorana es si la voz de Maceo se escuchaba fuera de la casa, que estaba bravo. Maceo jamás levantaba la voz. Así que tenía que estar bien molesto para que se oyera hablarles fuerte a Martí y a Máximo Gómez. ¿Alguien tiene idea de eso? ¿A Gómez? ¿Al General en Jefe? ¿A su maestro?

Al otro día, ¿qué hace Maceo? Los manda a buscar y los pone ante un desfile de sus tropas. Esa fue su manera de disculparse. Maceo era un caballero y se dio cuenta de que había maltratado al Delegado del Partido Revolucionario Cubano y al Jefe del Ejército Libertador. Tenía que buscar la forma de arreglar aquello y se disculpó a su forma.

«Claro, Maceo era muy orgulloso y razones tenía. Era un hombre de un carácter fuerte. Gómez parecía ser igual de fuerte; pero, en el fondo, era un pan. Con Martí estaba impresionado. Las anotaciones en las cartas y su Diario de Campaña demuestran que él queda sorprendido a medida que lo conoce. Le toma afecto, indudablemente; a pesar de lo bravo que se puso con él en 1884, cuando Martí escribió aquello donde decía que un pueblo no se manda como un campamento...».

—Pero Martí tenía motivos para decírselo.

—Sí, es verdad. Gómez fue un poco grosero; pero yo lo defiendo... Mira, estaban en Nueva York, ya había frío. Los dominicanos son muy sensibles a la temperatura, y en ese momento avisan a Gómez que tiene el agua caliente para el baño. Justo cuando un muchacho le dice a dos generales (y no dos generales cualesquiera) que él va para México y que cuando llegue, Maceo tiene que hacer esto y lo otro. Es cuando Gómez corta: «Joven, cállese la boca y hágale caso a Maceo, que es el que va al frente del asunto». Y se fue, como diciendo: mira este muchacho con lo que se me aparece. Después Maceo dice: «General, este hombre se va molesto con nosotros».

 —Razones tenía...

—Sí, pero mire, le cuento una cosa. ¿Sabe lo que descubrimos aquí, en el Centro? Que, además de la famosa carta de 1884, Martí escribió dos versiones y hay que ver las diferencias.

—¿Las primeras son más duras?

—Mucho más duras todavía. Martí trató de suavizar. En la carta final al principio reconoce a Gómez, cosa que no hay tanto en las otras. Va como diciendo: «Usted me cae bien, yo no tengo nada en contra de usted; pero, bueno, general, un pueblo no se manda como un campamento». Y a pesar de que suavizó, Gómez escribe: «Este hombre me faltó el respeto»; pero fíjese después lo rápido que se amigaron. Cuando lo conoció más a fondo, Gómez se dio cuenta de que Martí estaba claro.

—¿Por qué ese acercamiento después de una ruptura tan grande?

—Gómez era un sentimental. Cualquier cosa hería sus sentimientos, se ponía triste. Y, de pronto, se encontró con un tipo que lo entendía, porque era otro sentimental igual que él. En eso se parecían. Cuando desembarcan en Cuba y empiezan a andar por las lomas, Gómez ve a un hombre muy frágil; que sufría, pero no se quejaba. Se da cuenta de que allí hay un carácter y le toma un afecto sensacional. Hay que ver lo que escribe de él en el diario de campaña: son páginas bellísimas.

—Entonces, ¿usted es de la opinión de que el 19 de mayo de 1895, en Dos Ríos, cuando Gómez da la orden de quedarse atrás no lo hizo por desprecio a Martí?

—Claro que no. Ya él se había olvidado del problema de 1884. Martí se ganó el corazón de Gómez cuando viajó a República Dominicana para anunciar que lo habían elegido General en Jefe.

—A veces se tiene una visión distinta...

—No, no; él quiso protegerlo. ¿Para qué? Para poder llegar al Camagüey, organizarlos a todos ellos y evitar que se repitieran las barbaridades de la otra guerra. Gómez nunca olvidó cómo se derrumbó aquella República en 1878. Y yo creo que sí, no tengo dudas: al final Gómez llegó a admirar a Martí.

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