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Un mensaje de desahogo a quien gane las elecciones

Sin certeza de quién ganará las elecciones presidenciales y considerando que sería aventurado intentar predecir el resultado, me parece oportuno enviarle un mensaje claro a quien deba asumir la conducción del país.

¿Qué aprendizaje nos dejan los últimos cuatro años y esta contienda electoral? Más allá de los nombres y los partidos, resulta evidente que el país está dividido. Y esa división no es un problema de formas, sino de fondo. El estilo conflictivo –y, en muchos casos, destructivo– de los últimos años ha sido respaldado por una gran parte de la población. Y ese respaldo no puede ignorarse ni descalificarse: debe interpretarse.

¿Qué nos dice ese apoyo? ¿Qué quiere realmente el pueblo costarricense? No necesitamos más encuestas ni análisis sofisticados para entenderlo. Lo que la ciudadanía quiere, de manera simple y directa, es que el país funcione.

Y cuando se habla de que el país funcione, inevitablemente hay que poner la mirada en el Estado costarricense y su sector público. A diferencia del sector privado, donde la mediocridad tiene consecuencias y la excelencia suele ser reconocida, en el sector público muchas veces ocurre lo contrario: se premia la mediocridad y se castiga la excelencia. Los ciudadanos no podemos elegir si una institución funciona bien o mal; debemos soportarla, financiarla y adaptarnos a sus deficiencias.

El mensaje que el pueblo está enviando a quienes gobiernan, y a quienes aspiran a hacerlo, es claro: estamos cansados de la mediocridad, de sufrir a diario las consecuencias de un Estado lento, ineficiente e inoperante.

Los temas que cito no son un listado exhaustivo de los desafíos del país, pero sí reflejan algunos de los más urgentes y sentidos por la ciudadanía, y aquellos donde la ineficiencia del Estado impacta de forma más directa la vida cotidiana.

Estamos cansados de una educación pública que se deteriora año tras año. Con impotencia, vemos cómo un sistema que debería impulsar oportunidades se ha quedado corto frente a lo que el mundo exige hoy. No hacen falta más diagnósticos, los estudios del Estado de la Nación y otras investigaciones lo han demostrado de sobra. Duele ver cómo nuestros hijos y nietos cargan con las consecuencias de un modelo que ya no logra prepararlos para una economía dinámica y global. Y también duele reconocer que, para algunos, la única salida ha sido recurrir a la educación privada: una alternativa que no debería ser un privilegio, pero que lo es, y que muchos toman no por elección, sino por necesidad.

Estamos cansados de una seguridad social en crisis, que afecta directamente nuestra salud. Las listas de espera, la falta de atención oportuna y eficaz, y la percepción de un sistema que se deteriora aceleradamente obliga a muchos a hacer un sacrificio para acudir a la medicina privada, mientras siguen pagando mes a mes a un sistema que no responde.

Estamos cansados de la inseguridad. No se trata de estadísticas, ni es cierto que solo “se matan entre ellos”. Se trata de una juventud que se pierde y de comunidades aterrorizadas, porque su propia casa y el centro educativo de sus hijos dejaron de ser seguros.

Estamos cansados de una infraestructura deficiente, de perder horas de vida en presas interminables, con costos económicos, emocionales y sociales enormes, producto de la incapacidad del Estado para planificar y ejecutar obras con eficiencia.

Si este mensaje suena a desahogo, lo es. Porque el pueblo está agotado de un Estado paquidérmico e inútil, que financiamos puntualmente, pero al que no podemos exigirle resultados. Y ese cansancio explica, en gran medida, las decisiones electorales de hoy.

A ustedes, futuros gobernantes, les corresponde entender esto con claridad: más que elegir por ideologías, discursos, o estilos, los ciudadanos votarán guiados por el hastío que provoca el impacto diario de un Estado que no responde.

Reformar profundamente ese Estado, hacerlo eficiente, funcional y orientado a resultados, es una de sus obligaciones.

Dicho esto, ofrezco disculpas a los muchos funcionarios públicos que sí se esfuerzan, porque sé que sí los hay y son muchos; trabajan con vocación y compromiso, y a las instituciones que hacen su mejor intento por cumplir su misión. Este artículo no desconoce su labor.

Ese es el desafío que enfrenta quien gane la Presidencia: reformar sin destruir, exigir sin desmantelar y mejorar sin perder la institucionalidad que ha distinguido a Costa Rica. Pero, probablemente, el reto más importante será unir nuevamente al pueblo costarricense en torno a un proyecto país viable, que nos devuelva la esperanza, nos ilusione, nos motive y nos convoque a trabajar intensamente para hacerlo realidad.

Esa tarea conlleva una responsabilidad histórica ineludible: conservar la esencia de un país extraordinario, respetado globalmente, que no podemos darnos el lujo de perder.

Porque hemos perdido la ilusión, y recuperarla es una responsabilidad impostergable.

Luis Gamboa es empresario, expresidente de Amcham y expresidente de la Asociación Pro Hospital Nacional de Niños.

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