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El único teleférico que funciona en Andalucía te lleva a la cima de una montaña nevada en 10 minutos

Abc.es 
Es un hecho constatado que la gran mayoría de los visitantes que recalan en la estación invernal de Sierra Nevada , en Granada, lo hacen para esquiar. Sin ir más lejos, según información facilitada por la empresa gestora, Cetursa, en las pasadas Navidades se pasaron por allí 185.000 personas y 130.000 se calzaron los esquíes o se subieron a su tabla, que el snowboard también tiene muchos adeptos. Pero hay personas que, porque no pueden o porque no quieren, dedican su tiempo a otras actividades. En Pradollano , epicentro de la estación, no les faltan posibilidades, empezando por las atracciones de la zona llamada Mirlo Blanco , con una montaña rusa que allí prefieren llamar trineo ruso, una pista de patinaje o camas elásticas, entre otras cosas. Los que no quieren ese ajetreo, los que acuden a la montaña buscando la tranquilidad, la ausencia de ruidos y sobre todo del tráfico y los humos de las ciudades, siempre pueden dar un paseo por la Plaza de Andalucía , irse más arriba y conocer más a fondo la urbanización o, llegada la hora del aperitivo, apalancarse en los bares y restaurantes que hay por allí diseminados, que son numerosos y para todos los gustos. En Pradollano, en invierno, hay nieve. Se pueden y hasta se deben hacer bolas y tirarlas a los semejantes. Pero si de verdad se quiere ver nieve en abundancia y disfrutar de ella, sin necesidad de esquiar, hay una alternativa al alcance de todos: el telecabina que conduce desde allí hasta Borreguiles , a 2.700 metros de altitud. Se pilla en la misma Plaza de Andalucía y montarse es toda una experiencia. Aunque a algunos les impresiona en primera instancia, es un medio de transporte absolutamente seguro . En cada cabina hay capacidad para ocho viajeros y la subida y bajada se hace por un método similar al de las cintas transportadoras, así que está en continuo movimiento y no hay que hacer colas para subirse. La cabina es casi transparente, así que el exterior se ve con total claridad. Y las vistas son espectaculares. El habitáculo está suspendido en el aire –bien sujeto a unos cables de acero que hacen el trabajo de subir y bajar- y el viajero puede sentir cómo va abandonando la estación y ascendiendo a un ritmo pausado que le permite observar todo lo que ve alrededor: la pista de El Río, que es la más frecuentada, los collados de alrededor o el observatorio astronómico, al que cuando hay nieve únicamente se puede acceder con máquinas quitanieves. El trayecto hasta Borreguiles dura aproximadamente diez minutos, que por supuesto se hacen cortos. Una vez arriba, a poco que luzca el sol, hay que ponerse unas gafas para proteger la vista . Eso es por una razón muy sencilla: la nieve es tan blanca que deslumbra. Sería una lástima hacer ese viaje y después tenerse que bajar a los diez minutos porque tanta claridad daña los ojos. Si se llevan, todo se ve mucho mejor, y ya perdonarán el chiste fácil. Las vistas del camino palidecen frente a las que ahora pueden contemplarse. Si se mira hacia arriba se verá la cumbre del Veleta , con su característico pico doblado, una montaña protectora casi siempre y sombría cuando la climatología así lo decide, porque allí arriba es ella la que manda. También es digno de ver el trasiego de esquiadores que van y vienen, prestos a encontrar la mejor pista. Los más avezados continúan trayecto ascendente, ya en telesilla , hasta llegar más allá de los tres mil metros de altura y lanzarse desde allí hasta Pradollano, un desnivel de más de un kilómetro que, para cualquiera al que le guste ese deporte, es lo más fascinante del mundo. No son las únicas vistas dignas de admirar. Hacia abajo se ve el valle del río Monachil en toda su majestuosidad. Al fondo del todo está Granada, casi escondido entre la nieve, que lógicamente escasea conforme se pierde altura, lo que convierte el escenario blanco en otro de intenso verde , el color de los pinos que dominan la zona. Es posible tomar algo en el restaurante Alcazaba , probablemente uno de los más altos de España. Allí se puede comer a mesa y mantel, pero también optar por algo más informal como una hamburguesa o unas tapas. Si a última hora alguien quiere cambiar de opinión y pisar la nieve –a muchos les pasan- hay trineos y toboganes que satisfarán sin duda a pequeños y mayores. La manera de volver a Pradollano es la misma que para subir: recurrir de nuevo al telecabina, que en su tramo descendente ofrecer una panorámica igualmente atractiva. El telescopio del observatorio queda a la izquierda y resulta majestuoso. Si no está cubierta por la nieve, se podrá ver también una de las balsas que almacenan agua para los meses posteriores al deshielo. Diez minutos más tarde –no por bajar aumenta la velocidad, sería una temeridad- se retorna a Pradollano y a sus numerosas ventajas. La aventura ha acabado y seguro que quedan ganas de repetirla.

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