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El latido humano de un héroe

No siempre se llega a los héroes por los caminos oficiales de la historia. A veces se les descubre en la intimidad de un verso que nos sacude, en una confesión que parece escrita para nosotros o en una palabra que hiere y revela al mismo tiempo. Recuerdo ese poema que me mostró a Martí —no como héroe distante—, sino como hombre vivo, capaz de odiar y amar en la misma línea y de mostrar su tormenta interior. 

Por tus ojos encendidos/ Y lo mal puesto de un broche/ Pensé que estuviste anoche/ Jugando a juegos prohibidos/ Te odié por vil y alevosa:/ Te odié con odio de muerte: / Náusea me daba de verte/ Tan villana y tan hermosa/ Y por la esquela que vi/ Sin saber cómo ni cuándo/ Sé que estuviste llorando/ Toda la noche por mí.

Ese fue el instante en que Martí dejó de ser para mí un nombre repetido en el aula y se convirtió en alguien cercano. Era el hombre que se confesaba con crudeza, que se atrevía a mostrar sus contradicciones y que no temía a la fragilidad. Y fue esa humanidad la que me atrapó, la que me hizo comprender que no se reduce jamás la figura del Apóstol, sino que se expande en cada emoción, en cada duda, en cada herida convertida en palabra.  

Martí es para Cuba raíz y horizonte, pero también descubrimiento. Es el poeta que enseñó que la grandeza no consiste en ocultar las cicatrices, sino en mostrarlas como fuente de poder. Reveló que la Patria no es un concepto abstracto, sino un latido que se convierte en canto.

Su vida fue entrega absoluta, pero su poesía fue confesión. Y en ese sentir está la clave de su vigencia. No vistió sus versos de gala, los dejó desnudos para que fueran vida. Su palabra es pólvora, resistencia, desvelo, es memoria y presente. Leerlo es dejarse atravesar por un eco que aún respira, que nos recuerda que la dignidad no se negocia, que la justicia no se posterga, que la libertad no se mendiga.

Su legado no pertenece únicamente al pasado, nos compromete hoy:  en cada decisión, en cada gesto, en cada palabra que pronunciamos en nombre de Cuba. Homenajearlo es reconocer que su voz nos sigue hablando y sus letras palpitando. Martí habita en cada verso que nos muestra la mezcla de luces y sombras, esa que nos dice que el amor y el rencor pueden latir en un mismo pecho, que la debilidad se transforma en fortaleza, y que la poesía es, al mismo tiempo, desahogo y trinchera.

Nuestro Héroe Nacional vive en la memoria, pero también en la urgencia del presente. Nos convoca a no olvidar, a no renunciar, a no dejar que la Patria se convierta solo en pedestal. Nos llama a hacer de la poesía un acto de justicia, de la memoria un acto de resistencia y de la vida un acto de entrega.  

Y fue gracias a aquel poema leído una tarde cualquiera, que yo lo conocí como hombre vivo, como poeta que aún nos habla, como símbolo que todavía nos guía. Martí sigue siendo ese latido que se abre paso entre la historia y la intimidad, entre la Patria y el corazón, entre la herida y el canto.

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