Martí en la encrucijada actual
En el alba de nuestra identidad, José Martí trazó una línea que, más de un siglo después, no solo no se ha borrado, sino que se ha hecho más profunda y elocuente: «Los hombres se dividen en dos bandos: los que aman y fundan, los que odian y deshacen». Esta sentencia, aparentemente simple, es una brújula moral para navegar en el tumultuoso presente. No habla de izquierdas o derechas, sino de esencias: la pulsión creativa frente a la destructiva, el afán de levantar pueblos frente a la obsesión por desarmarlos.
Hoy esa división se proyecta con nitidez sobre el mapa de Nuestra América, sí, Nuestra América, la de todos los que nacimos desde el Río Bravo hasta la Patagonia. De un lado, están los que fundan: los pueblos que, a pesar de obstáculos colosales, tejen su soberanía, defienden su derecho a un orden propio y construyen una libertad genuina. Del otro, persiste el bando que deshace, encarnado en una política exterior que ha hecho del desmantelamiento de proyectos ajenos su razón de ser.
Las últimas decisiones e insinuaciones provenientes de Washington son la prueba más cruda. No son meros ajustes tácticos, sino la reafirmación de una estrategia de dominación que Martí ya denunciaba. La administración estadounidense ha «abierto una nueva época de intervenciones en América Latina», resucitando la anacrónica Doctrina Monroe bajo un ropaje moderno. El despliegue de portaviones y bombarderos en el Caribe no es un ejercicio logístico; es un mensaje de fuerza destinado a conminar, a «contribuir» bajo coacción, a convertir otra vez a la región en un patio trasero sometido.
El objetivo declarado es claro: garantizar un hemisferio «lo suficientemente bien gobernado», según sus parámetros, estable y libre de «incursiones hostiles extranjeras», cuando son ellos los primeros en penetrar hostilmente en territorios foráneos. Para lograrlo, el mecanismo preferido ha sido el de deshacer. Y nada lo ejemplifica mejor que el crudo bloqueo contra nuestra Isla, un castigo colectivo que afecta el goce de los derechos humanos en todos los aspectos de la vida. Generaciones de cubanos hemos vivido bajo este sinfín de sanciones que asfixia la economía, limita toda planificación a largo plazo y pretende, en esencia, rendir por hambre y desesperación a un pueblo consagrado en fundar su destino.
He aquí la clave del pensamiento martiano aplicado a la geopolítica: «desarmar el orden y la libertad de los pueblos». Desarmar el orden significa sabotear el modelo de sociedad que cada nación elige para sí misma, mediante campañas de desestabilización, cerco económico o la violencia atroz de una guerra. Desarmar la libertad significa privar a las personas de las condiciones materiales básicas —alimentos, medicinas, energía— para doblegar su voluntad y su derecho a la autodeterminación.
Frente a esta maquinaria de desarme, la resistencia de Cuba y de los pueblos latinoamericanos que defienden su soberanía es el acto fundacional por excelencia. Es el amor del que hablaba Martí: amor a la Patria, a la justicia, a la dignidad intangible.
Hoy estos dos bandos se distinguen a simple vista, no hay parecido entre ellos, no hay neutralidad posible. O se está del lado de los que, amando, fundan —aun en medio de las complejidades—, o se es cómplice del odio y la violencia armada. Cuba ha elegido, con Martí, su lado en el porvenir, y en esa elección van 67 años de historia.