No lo prueben en casa
Este pasado fin de semana, Netflix ofreció uno de los espectáculos más impresionantes y angustiantes que hayamos visto. Lo pueden recuperar en la plataforma. Alex Honnold, el escalador protagonista de ‘Free Solo’, el documental que ganó un Oscar en 2012 sobre el ascenso al farallón del Capitán, en el parque de Yosemite, se enfrentaba a un reto muy distinto y más urbano. Trepó por la torre Taipei 101, en Taiwán. Quinientos metros de un edificio con piel de cristal y acero hasta llegar a la antena de su cima. Desde que el paracaidista Felix Baumgartner subió hasta la estratosfera, para saltar desde 39 kilómetros de altitud, que no veíamos una proeza tan hipnótica y terrorífica a la vez. Honnold subió en menos de dos horas, como si fuera un superhéroe de un cómic, y Netflix lo emitió en directo con diez segundos de retraso por si sucedía la tragedia que todos teníamos en la cabeza. Era el tiempo estimado para reaccionar si Honnold resbalaba y caía al vacío. Porque este tipo de espectáculos juegan, sin duda, con el morbo del riesgo de la muerte. Es la contemplación de la finísima línea que separa la vida de la muerte. Las imágenes eran asombrosas y estresantes a la vez. Cada vez que se encaramaba a las gárgolas metálicas provocaba zozobra. La reacción ante este tipo de imágenes es incluso física. La emoción psicológica te atrapa a la pantalla, pero el cuerpo lo rechaza. Razón e instinto entran en conflicto. Un rótulo inicial sugería que nadie intentara imitar la hazaña. Como espectáculo televisivo fue trepidante y completísimo. La realización era ambiciosa e impecable. Las imágenes cortaban la respiración. El cronómetro en pantalla y el gráfico de la torre servía para dar una referencia de la ubicación de Honnold. El escalador llevaba un micrófono y un auricular que le permitía estar en contacto con los comentaristas. La sufrida esposa servía para añadir dramatismo. Los espectadores escuchábamos de vez en cuando la voz del escalador durante el ascenso. Los gritos del público en la calle añadían tensión y ansiedad. Los comentaristas no se excedieron en su rol y se prepararon bien las pausas y reportajes. Honnold, por cierto, parecía más cansado teniendo que ejercer de padre en casa que trepando ágil y confiado por el imponente edificio.