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«Me gustaría que viviésemos nuestra mortalidad no como un castigo, sino como una llamada para aprovechar el hoy y el ahora»

Abc.es 
XLSemanal. Pese a sus reparos iniciales, ha vuelto a abordar a una mujer que se enfrenta a una enfermedad terminal. No parece supersticiosa... Isabel Coixet. Es como un exorcismo. Siempre he pensado en esa espada de Damocles bajo la que estamos; que un día alguien te diga: «Pues ese grano que tienes no es un grano» o «ese dolor de cabeza es algo más»... Lo más gracioso es que no soy hipocondriaca. Supongo que a través de las películas exorcizo ese temor... Si no, no lo entiendo. XL. ¿Vivió alguna situación similar a la de su personaje? I.C. No, no, aunque, bueno, hace diez años tuve un ictus, tres episodios en un mismo día, y después estuve un mes en una unidad de ictus en el Hospital Clínico de Barcelona. Me pasó, de hecho, en el propio hospital, porque habían operado a mi hija de la vesícula y me encontraba allí. XL. ¿Qué notó? I.C. Lo primero, en un pasillo, me quedé paralizada. No podía andar ni moverme. Mis piernas no obedecían. Eso duró un minuto y medio. Después, ya en la habitación de mi hija, me di cuenta de que yo pensaba algo y, al hablar, decía cosas sin sentido. Y también perdí totalmente la sensibilidad en un brazo. Y ahí ya pensé: «Uy, esto es raro», y me fui a Urgencias. Tampoco los mensajes que había escrito ese día en el móvil tenían sentido. XL. Y cómo lidió emocionalmente con ello. I.C. Es curioso: no me angustié. Pensaba: «Vale, no puedo hablar». Y al ver que podía leer, me decía: «Bueno, puedo leer»... Mi cerebro empezó a hacer eso: «Bueno, ya que no puedes hablar ni escribir (que tampoco podía), por fin podrás dedicarte a la jardinería...» [ríe]. Es curioso también porque estaba como en el momento más sano de mi vida: ni colesterol, nada; o sea, que mucho cuidado con la buena salud... [ríe]. XL. Y a qué se debió. I.C. Los médicos admitieron que hay un 40 por ciento de ictus que no saben por qué ocurren. Quizá tuvo que ver con que me acordara de que mi padre había muerto en ese hospital. Recuerdo que lo pensé subiendo las escaleras del Clínico para ver a mi hija... No sé… Quizá fue como un memento mori, ¿no?: recuerda que eres mortal. No sé... XL. ¿Lo de su padre también fue algo cerebrovascular? I.C. No, no. Mi padre murió a los 80 años, después de 30 encadenando enfermedades. Y murió... pues, quizá, porque ya no quería vivir. Llevaba 11 años con diálisis y era muy duro para él. Lo vi sufrir tanto por el dolor físico que ese dolor se convertía en depresión. Yo temo mucho al dolor físico. Los otros –emocional, moral– ya los lidio... pero el físico no. Esta época será un horror y viviremos distopías que nos superarán, pero al menos hay anestesia... [ríe]. XL. ¿La enfermedad cumple alguna función en nuestras vidas? I.C: Bueno, una de las autoras que tuvimos muy presentes fue Susan Sontag, con su libro La enfermedad y sus metáforas... [NdR.: en él, Sontag sostiene que la enfermedad no es una metáfora, que la cultura convierte la enfermedad en un lenguaje moral, y eso estigmatiza, culpa y aísla al enfermo, al que se responsabiliza de su enfermedad; critica incluso el uso de metáforas militares en medicina, como 'luchar contra el cáncer', 'ganar o perder la batalla' o 'células invasoras' ya que sitúan al enfermo como soldado fracasado si no 'vence', y aumentan la ansiedad y la autoacusación. Sontag sostuvo, en suma, que convertir la enfermedad en símbolo es una forma de violencia cultural]. XL. La protagonista, justamente, al saber en un momento que la terapia ha dejado de ir bien, pregunta qué ha hecho mal. I.C: Eso lo dijo de verdad Murgia: qué es lo que he hecho mal. He hecho todo lo que me habéis dicho; dónde he fallado. Y la respuesta es esa que le da la médica: somos seres impredecibles. Complejos. XL. También tuvo muy presente a Fuerbach, a quien se menciona en la película, específicamente su libro Somos lo que comemos. I.C: Sí, yo había leído a Fuerbach en la universidad y no había vuelto a pensar en él hasta leer Somos lo que comemos . Qué ponemos en la comida, ¿no?; qué ponemos incluso en los comentarios sobre la comida. Cuando decimos que tenemos hambre, de qué tenemos hambre… Evidentemente la comida ha tenido un papel muy importante en mis películas. En La vida secreta de las palabras, Hanna pasa, por ejemplo, del arroz hervido con pollo —que aunque a mí me gusta, tiene esa etiqueta de comida de hospital— a comer las cosas ricas que le hace el cocinero que interpreta Javier Cámara. Y a través de esa recuperación de los sabores recupera también el gusto por vivir. Y aquí, en Tres adioses, algo de eso aparece también. XL. He visto que tanto esto de Fuerbach como otras cosas muy interesantes de la película no están en los relatos de Murgia. El guion que ha hecho con Enrico Audenino, más que adaptarlos a la pantalla, se inspira en ellos, ¿no? I.C. Hemos cogido cosas de todos los relatos y añadido otras, y todas van hacia algo sobre lo que vuelvo mucho: nos pasamos la vida preguntándonos el porqué de muchas cosas, pero el porqué fundamental es qué coño hacemos en este planeta, quiénes somos, para qué, por qué... nunca lo vamos a saber. Ese es el gran misterio con el que convivimos. Hay quienes encuentran respuesta a ese misterio en Dios... A mí me encantaría encontrarla en una fuerza omnisciente, con una agenda para nosotros, pero no... XL. Murgia era, por cierto, marxista y, a la vez, católica. I.C. Muy católica. Profundamente creyente. XL. Sin embargo, en sus relatos, no hay una apuesta por una trascendencia determinada ante el fin de la vida. En su película, igual: Marta no se encomienda a ninguna Virgen, sino a Jirko, un cantante surcoreano de K-pop, representado en una silueta de cartón a tamaño real que ella encuentra en la calle y se lleva a casa. Es a él a quien le habla. En su cine siempre hay algo de abordar los grandes temas con desenfado, de desolemnizar las cosas. I.C. Sí, esa es mi obsesión. En cuanto a lo de la trascendencia ante el fin de la vida que comentas, en una de las escenas que cortamos, y que está rodada, Marta entraba en una iglesia y tenía una conversación con una monja delante de una reliquia de una santa momificada, y dudé mucho entre dejarla o no. La ponía, la sacaba... Al final la excluí porque creo que simplificaba las cosas y las dejaba menos ambiguas. XL. Esa decisión contrasta con este renacer, si no de la fe, de toda la iconografía cristiana entre las nuevas generaciones, un poco también a partir del fenómeno de Lux, de Rosalía. ¿Cree que se trata de un renacer auténtico de la fe o Dios se ha viralizado como una moda? I.C. Mmmm... No lo sé. Bueno, es gente muy joven que busca, ¿no? La entiendo, entiendo la inquietud... Lo que pasa es que yo ni siquiera de adolescente tuve el momento místico, pero entiendo que lo puedan tener. XL. ¿Por qué no lo tuvo? I.C. Pertenezco a una familia atea, no he tenido una formación religiosa. Me han inculcado cosas, evidentemente desde una posición de clase, que han sido como poner un motor en mi vida: «No hay nadie detrás de ti», «no hay patrimonio, no hay nada... O sea, espabílate». Eso, creo, me ayudó, porque siempre fui muy consciente de ello. XL. ¿Y de religión nada? I.C. Tengo una tía, hermana de mi madre, muy creyente, pero poco más. Y las respuestas a las grandes preguntas siempre las he buscado más en la filosofía. Luego hay algo más anecdótico, que es que si yo viera que la gente creyente no tuviera miedo a la muerte, pues me lo pensaría. Pero yo veo a la gente profundamente creyente tan acojonada como yo. XL. ¿Teme a la muerte? I.C. Bueno, no es que me acojone. Es que pienso que esto de vivir, pese a las cosas tremendas que te hace pasar la vida, está muy bien, ¿no? Lo otro, la nada, me... Es que yo me imagino la muerte como un lugar muy aburrido. Me encantaría pensar que existe un más allá, bajo cualquiera de sus formas: con espíritus flotantes, lo que fuera... Pero, como además tengo un punto totalmente infantil, a mí, al morir, me gustaría ser más como Casper, el fantasmita, ¿no? Un espíritu burlón, divertido, que mueve cosas... Tampoco que las mueva mucho, en plan Polstergeist... [ríe]. ¿Lo demás...? Me encantaría. De verdad, me encantaría creer, pero no me pasa. XL. O sea, que lo de ser inmortal tampoco, ¿no? I.C. Es que inmortal, ¿tipo Drácula...? Es un rollo: tienes que morder a la gente, que luego se transforman... ¿Zombis? XL. Lo decía más en plan Silicon Valley y los transhumanistas... I.C. Sabes por qué no, porque ahora los millonarios están invirtiendo fortunas en saber cómo convertirse en inmortales... Entonces, una inmortalidad en la que van a estar todos estos y te vas a encontrar a un Elon Musk de 500 años o a Jeff Bezos, a su mujer, a Mark Zuckerberg... tampoco, ¿no? XL. Su película pareciera estar diciendo, de principio a fin, el sentido de la vida es la muerte: es justamente porque moriremos por lo que nos sentimos vivos. I.C. Es terrible, pero bello, sí. Y tenemos, como cultura, un problema con la muerte a todos los niveles. Hacemos como si no existiera y la hemos resignificado en el kitsch más espantoso. Basta con ir a cualquier cementerio para verlo. Hay culturas que han resignificado la muerte en algo realmente glorioso, bello, divertido, incluso cuando la gente de esas culturas siga teniendo un miedo cerval y subterráneo. No sé… Creo que es muy jodido que nos tengamos que morir. Y, sobre todo, sin haber aprendido nada. XL. Una enfermedad grave muchas veces transforma a quien la sufre. Eso le pasa en parte a Marta en Tres adioses. I.C. Sí, la enfermedad puede hacerte ver las cosas de una manera diferente, pero eso no te convierte en mejor. El otro día, alguien decía que el cine nos hace mejores personas y no sé qué más... Ni el cine ni la lectura nos hacen mejores; sí, quizá, más interesantes, no mejores. XL. Pues hoy sobran los libros sobre qué nos hace mejores, las lecciones de la vida... I.C. Toda esa idea con la que mi generación ha crecido de que los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla no es verdad. La historia la conocemos, al menos, quiero decir, sus pulsiones primarias y las vamos a repetir. Y hay quienes de repente se curan de una enfermedad tremenda y vuelven a ser los hijos de puta que eran. Otros, desde luego, no. Quizá a quien más cerca vi morir sabiendo que se moría y que aceptó la muerte de una manera muy rica fue [el escritor y crítico inglés] John Berger. XL. Cómo fue. I.C. Me acuerdo de nuestro último encuentro, en París, que ya ni podía permanecer sentado ni de pie, solo tumbado, y no me dijo nada trascendente antes de irse. Me apretó el brazo y me dijo: «Diviértete más» [ríe]. Esto es todo lo que me dijo. No fue un: «La vida, la muerte...». No: «Diviértete más». Él creía que yo sufría demasiado, un sufrimiento inútil, y que debía divertirme más. Y tenía razón. XL. ¿Se divierte más? I.C. Lo intento [sonríe]. Yo creo que me dijo, más bien, no te angusties tanto por cosas que no tienen importancia. Pero ahí tenemos el gen que... en fin. XL. En un momento de la película, Marta, al redescubrir ciertas cosas de su vida, le dice a Jirko: «Me hubiera gustado saber todo esto antes. Tú tienes aún tiempo». ¿Su película apunta a recordárnoslo también a los espectadores? I.C. Mientras estés sano, hay tiempo. Mi madre tiene 92 años... XL. Y está estupenda. I.C. Sí, pero no es que esté estupenda: es que le hacen ilusión las cosas. Y creo que ese amor por la vida, ya sea porque quiera salir, contarme algo o comprarse un fular, mientras exista un apetito por eso, existe vida. Me gustaría que viviésemos esta idea de «somos mortales» no como un castigo, sino como una posibilidad de aprovechar el hoy y el ahora. Me lo digo cada día, en plan: pienso en todos los escenarios horribles que me pueden pasar. Lo que pasa es que, si tienes mucha imaginación, esos posibles escenarios horribles ocurren. XL. Bueno, virtualmente... I.C. Sí, pero intensamente también: por un segundo los crees, estás ahí... Me acuerdo de cuando estuvimos rodando una escena en el mismo TAC en el que a Murgia, solo dos años atrás, le habían descubierto el tumor, y la doctora que la trató y nos asesoraba nos contó que en el último escáner Michela preguntó si, mientras se lo hacían, podía escuchar reaggeton. Y nos enseñó un vídeo, hecho por un amigo, en el que se la veía entrando a la prueba cumpliendo ese deseo. A mí el reaggeton me parece un horror, pero pensé: este es el espíritu, ¿no? XL. Eso es parte de la propia comprensión de Marta en la película. La enfermedad nos recuerda que no es tanto qué hace uno con la vida, sino asumir lo que llega, incluso lo malo. I.C. Sí, es interesante, pero, bueno, Marta comprende algunas cosas en un momento duro y se desespera al saberlo, porque también es humana. Pero me gusta esta cosa social suya de que, de pronto, se tome un vino con una chica que la ha parado por la calle. O el interés y el cuidado de esas dos alumnas en crisis que aparecen en la película; antes, quizá no se habría interesado ni habría querido transmitirles nada. XL. Son como sus legados. I.C. Sí, hablamos mucho del legado: de la gente que tiene hijos, evidentemente; los artistas piensan en sus obras. Pero, incluso para alguien sin hijos como Marta, el legado, la huella que dejes aquí, es importante en la medida en que haya gente a la que hayas ayudado: a lo mejor solo escuchándola, sonriéndole o haciéndole, como le hace al profesor que es su compañero, una pasta rica... XL. Ella, que ya casi ni comía... I.C. Sí, Marta pasa de un estado casi gaseoso a uno sólido y de vida, carnal. Y si hay un viaje en la película, que todas las películas son viajes, es este de estar un poco como una ameba a asumirse como un ser complejo. ¿Y qué pasa cuando lo eres? Que de repente puedes enfermar. No les pasa a las amebas, pero tampoco nada de todo lo bueno que también nos pasa como humanos. XL. Ha vivido un año y medio fuera: en París, Roma y Nueva York. ¿Hay cosas que haya encontrado por igual en los tres sitios? I.C. Sí, que mi estatus de nómada ya es definitivo: me siento bien siendo extranjera [risas]. Está bien ser testigo de otros comportamientos, políticas, sin tener necesariamente que opinar. Han sido tres experiencias muy diferentes, y es curioso porque a la que yo iba con más miedo era a la de enseñar en la Universidad de Nueva York, pero me lo he pasado muy bien. XL. Qué le inquietaba. I.C. No ser lo bastante elocuente al transmitir lo que para mí es importante. Daba un seminario sobre cómo retratar la intimidad. Y he descubierto que sí tengo cosas que transmitir. Los alumnos se lo han pasado bien, y he sido muy muy realista con ellos en cuanto a qué pueden esperar y no de la industria. XL. Y qué ha aprendido usted. I.C. Que la pulsión por hacer cine aún sigue viva. He sido mentora de proyectos muy interesantes que espero que se hagan y me he abierto a más tecnologías. XL. Inteligencia artificial. I.C. Sí, hemos hablado de cómo utilizarla y he aprendido yo misma a usar Sora, Midjourney... cosas a las que, de inicio, me oponía. Por no tener, no tengo ni ChatGPT. Pero existen y no haré como que no. Sería algo hipócrita: el cine ya es, per se, un artificio y si ya usamos todas las herramientas para colar mejor nuestro artificio, no pongamos el grito en el cielo con la IA. Pongámoslo por las horteradas que se hacen con o sin IA. Dicho esto, ¿voy a hacer una película con IA? No. XL. ¿Y cómo ha visto la actualidad en y desde Nueva York? I.C. Bueno, todos mis alumnos americanos votaron a Mamdani, que ha sido un revulsivo. Creo –y conozco a gente que lo conoce muy bien– que es alguien honesto y trabajador que sinceramente quiere cambiar las cosas. No sé cómo en una ciudad ferozmente capitalista que ya es neofeudalista él va a bajar el precio de los alquileres y crear viviendas... pero, bueno. Veremos. XL. Un problema global. I.C. Sí, aquí podemos decir lo que queramos de Europa, pero no: por favor, que siga, porque lo de allí... [gesto de horror]. Lo de los pisos patera de aquí se queda en nada allí cuando ves lo de las hot beds , las 'camas calientes', que por la mañana la tiene uno y por la noche otro. En Harlem y en el Bronx hay anuncios impresos en la calle. Coge el teléfono y llama. Muy normalizado. XL. ¿Y por qué neofeudalismo? I.C. Por las deportaciones. Cuando hablabas con ciertas personas, te decían: «Pero, claro, cómo van a echar a la gente que cuida a nuestros niños, que limpia nuestras casas, y quién va a recoger la fruta...». Eh... ¿las deportaciones ponen en peligro tu confort? ¿Esto es lo que te jode? Muchas personas no ven a quienes hacen ciertos trabajos como seres humanos. Por eso digo: neofeudalismo. XL. ¿Y lo de Renee Nicole Good, la mujer asesinada en Minneapolis por un agente de inmigración? I.C. Bueno, si ya matan a una mujer blanca con un supercoche, estamos jodidos. Y si impiden que unos médicos se acerquen a esta mujer blanca con el supercoche para que no se desangre y hay un presidente que dice: «Menos mal que se salvó la vida del agente del ICE», tú dices: «De qué habláis»... El nivel de locura ya es... XL. Lo que planteaba en Confusión, su reciente artículo en XLSemanal : cuando lo demencial se valida, la lucidez se vuelve patológica. I.C. Sí, y entonces también te aíslas y, para protegerte, hay días que dices «no voy a leer la prensa». Pero, claro, tampoco puedes dejar de informarte, tienes que saber dónde estás. Pero no sé. Lo que dije en ese artículo es lo que pienso. No hay ya puntos de anclaje.

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