Aumenta la demanda de asistencia psicológica en las Fuerzas Armadas tras la DANA y los incendios
- Preparados para el impacto emocional
- Durante la emergencia: sostenerse para seguir
- El después: cuando llegan las secuelas
- Romper el estigma de pedir ayuda
- La experiencia como escudo
- Una estructura en evolución
La sucesión de grandes emergencias —la DANA, los incendios forestales, la pandemia o accidentes de gran magnitud— ha dejado una huella que no siempre es visible. En los últimos meses, las Fuerzas Armadas han detectado un aumento de la demanda de asistencia psicológica entre los militares que participan en este tipo de intervenciones.
Según datos manejados por Sanidad de Defensa, entre el 10% y el 15% de los efectivos desplegados en catástrofes acaban necesitando algún tipo de apoyo terapéutico, principalmente por estrés postraumático, trastornos depresivos o de ansiedad.
Así lo confirma la teniente coronel María Pilar Bardera Mora, jefe de la Unidad de Apoyo Psicológico de la Inspección General de Sanidad de Defensa, en una entrevista concedida a Confidencial Digital.
“Los militares, y en general todos los intervinientes, cuentan con preparación física y técnica, pero también psicológica, porque van a trabajar en contextos de alto impacto emocional”, señala.
Son escenarios en los que se enfrentan al sufrimiento extremo, a bajas masivas, a menores en situaciones especialmente delicadas o incluso a la muerte de compañeros.
Preparados para el impacto emocional
La intervención en una catástrofe no comienza el día del despliegue. En el ámbito militar, la prevención psicológica forma parte del entrenamiento habitual.
“La preparación es previa, pero también hay intervención durante la emergencia y después”, explica Bardera. Los programas se basan en variables que la ciencia ha identificado como factores protectores y que aumentan la resiliencia.
Entre ellas hay elementos individuales —autoeficacia, autoestima, capacidad para resolver problemas, estrategias de afrontamiento o sentido del humor— y otros colectivos, como la cohesión del grupo, el trabajo en equipo o el liderazgo.
No se trata de aplicar un programa estándar, sino de evaluar primero a los equipos para detectar fortalezas y carencias. “No se trabajan las competencias que ya están bien desarrolladas, sino aquellas en las que existen déficits”, subraya la responsable militar.
El trabajo se realiza en grupos muy pequeños, a través de talleres y con un enfoque práctico.
Si se aborda, por ejemplo, la regulación emocional, se combina una fase explicativa con autoevaluaciones y herramientas concretas para manejar las emociones en situaciones límite.
Durante la emergencia: sostenerse para seguir
Cuando se produce la intervención real, la exigencia física y psicológica se dispara. “En una situación de alto estrés se activan muchos recursos biológicos y psicológicos, y eso termina agotando”, explica Bardera.
Por eso, además de la experiencia y la técnica, hay factores clave como el entrenamiento físico, el respeto de los tiempos de descanso y el cuidado de aspectos básicos que permiten mantener la respuesta del organismo.
En determinados momentos, el impacto puede ser tan intenso que obliga a activar técnicas específicas de intervención en crisis, especialmente si se producen incidentes críticos, como la muerte de un compañero o la atención a menores gravemente afectados.
Estos protocolos, conocidos desde la Primera Guerra Mundial, pueden incluir acciones tan simples como retirar a la persona de la zona de intervención y ofrecerle un espacio seguro para expresarse.
Una de las herramientas más utilizadas es el debriefing, una técnica grupal de desmovilización emocional dirigida por psicólogos.
“Se habla de lo que ha pasado, de lo que se ha vivido, de lo que se ha sentido y de las imágenes que pueden haberse quedado grabadas”, explica Bardera.
El objetivo es desensibilizar esas vivencias y evitar que se conviertan en un problema a largo plazo. Existen distintos formatos: algunos se realizan sobre el terreno, otros a las 48 horas y otros incorporan elementos de psicoeducación.
El después: cuando llegan las secuelas
El regreso a la unidad no pone fin al trabajo psicológico. Tras las emergencias, se realizan evaluaciones sistemáticas antes y después del despliegue, tanto en catástrofes civiles como en operaciones militares.
En muchos casos, durante las primeras 48 horas aparece una reacción de estrés o malestar que puede remitir de forma natural. Pero no siempre es así.
“A partir del primer mes ya podríamos hablar de estrés postraumático”, señala la teniente coronel. No obstante, aclara que este diagnóstico no es siempre el más frecuente.
“Los trastornos depresivos o los trastornos de ansiedad también aparecen con bastante frecuencia, e incluso pueden darse de manera conjunta”.
El estrés postraumático exige cumplir criterios específicos, como haber vivido una amenaza directa para la propia vida, y puede manifestarse en forma de flashbacks, reminiscencias o hiperactivación.
Cuando los síntomas persisten o se agravan, la intervención pasa a ser individualizada, adaptada a la situación personal de cada militar.
Romper el estigma de pedir ayuda
Aunque el apoyo psicológico forma parte del engranaje de las Fuerzas Armadas, pedir ayuda no siempre ha sido fácil.
“Tradicionalmente, en los rescatadores el estigma ha sido más difícil de romper, porque se asume que son personas muy fuertes”, reconoce Bardera. Sin embargo, esta percepción está cambiando, sobre todo entre las generaciones más jóvenes.
La evolución se refleja también en los recursos: en la actualidad hay cerca de 240 psicólogos militares, además de reservistas. “Eso indica que existe una demanda interna importante y un impulso claro por parte de la institución para ampliar y organizar estas intervenciones”, afirma.
Las cifras ayudan a contextualizar el problema. Tras una catástrofe, entre el 20% y el 40% de la población general puede necesitar algún tipo de apoyo psicológico durante el primer año.
En el caso de los intervinientes, el porcentaje es menor —ese 10% o 15%—, pero no despreciable. “Depende de muchos factores. Hay procesos selectivos y cribados, pero siempre influyen las circunstancias personales de cada momento”, apunta.
La experiencia como escudo
La edad no es el factor determinante. Lo es la experiencia. “La primera vez que una persona interviene en una gran catástrofe desconoce en gran medida la realidad a la que se va a enfrentar”, explica Bardera.
Con cada nueva intervención, se incorporan estrategias de afrontamiento que actúan como protección. “La experiencia va capacitando, no solo en este ámbito, sino en todos los aspectos de la vida”.
Pero cuando las intervenciones se acumulan —pandemia, DANA, incendios, accidentes— aparece otro riesgo: el desgaste por empatía o la fatiga por compasión, una alteración vinculada al contacto continuado con el sufrimiento ajeno.
Una estructura en evolución
Desde Sanidad de Defensa defienden que la estructura psicológica está preparada, aunque en constante mejora.
La DANA fue una prueba de estrés para el sistema. De forma simultánea, se desplegaron unos 8.000 militares y, en algún momento de la misión, más de una veintena de profesionales de la salud mental, entre psicólogos y psiquiatras militares.
“Esa intervención demostró que tenemos la capacitación necesaria y que la institución cuenta con los dispositivos, recursos y sistemas adecuados para activarlos cuando hace falta”, concluye Bardera.