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Tipo de cambio, liquidez y desarrollo: la ventaja silenciosa de México

En el debate económico global suele asumirse que las decisiones de inversión dependen, ante todo, del crecimiento, la inflación o el nivel de las tasas de interés. Sin embargo, el ciclo actual está siendo definido por una variable menos visible, pero decisiva: la escasez global de liquidez. No se trata de una recesión convencional, sino de un entorno prolongado de restricción financiera que está reordenando, de manera silenciosa, las ventajas comparativas entre países.

Las tasas reales se mantienen elevadas, los principales bancos centrales han reducido sus balances y el crédito de largo plazo para infraestructura, energía y logística se ha encarecido de forma generalizada. El resultado es contundente: invertir es hoy más caro para casi todos, incluso para economías con acceso a mercados internacionales. Este fenómeno está obligando a distinguir entre países que pueden seguir invirtiendo estratégicamente y aquellos que deben posponer decisiones clave a la espera de un cambio de ciclo.

Conviene partir de un hecho que el mercado ya asume: el dólar no se encuentra en una fase de fortaleza. Tras los máximos alcanzados en años previos, su desempeño reciente ha sido de corrección y mayor volatilidad, sin una tendencia sostenida de apreciación. Sin embargo, esta debilidad relativa del dólar no ha relajado las condiciones financieras globales. Por el contrario, la persistencia de tasas reales elevadas y la escasez de liquidez han encarecido el capital a nivel mundial, manteniendo altos los costos de la inversión productiva incluso cuando ésta se denomina en dólares.

Aquí es donde emerge una distinción fundamental que suele perderse en el análisis superficial: el problema del ciclo actual no es cambiario, es financiero. No es el nivel del dólar lo que encarece la inversión, sino el precio del capital y la dificultad de acceder a él en condiciones razonables. Y es precisamente en este contexto donde la posición macroeconómica de México adquiere relevancia estratégica.

México llega a esta etapa con atributos poco comunes entre economías emergentes. Un tipo de cambio relativamente estable y predecible; un diferencial de tasas creíble que sigue sosteniendo flujos financieros; un sistema bancario sólido y sin crisis sistémica; y acceso continuo a los mercados internacionales de capital. No se trata de una ventaja coyuntural, sino del resultado acumulado de disciplina macroeconómica y estabilidad institucional. Esta combinación produce un efecto concreto y medible: capacidad efectiva de compra en un mundo financieramente restringido.

Hoy, los insumos centrales del desarrollo —dragas, equipos portuarios, sistemas ferroviarios, tecnología energética, maquinaria industrial, ingeniería especializada— están cotizados en dólares. Para muchas economías emergentes, la volatilidad cambiaria y el encarecimiento del crédito han convertido estas inversiones en apuestas de alto riesgo o, simplemente, en proyectos inviables. Para México, en cambio, la estabilidad del tipo de cambio reduce la incertidumbre financiera y mejora el rendimiento real de cada dólar invertido.

No es que el dólar esté barato; es que México es relativamente más solvente para operar en dólares. Esta diferencia es crucial. En un entorno de restricción financiera global, los países que pueden invertir de manera contracíclica no solo construyen infraestructura: consolidan ventajas estructurales. Cuando la liquidez regrese y las tasas bajen —porque eventualmente lo harán—, los activos ya estarán construidos, los corredores logísticos en operación y las capacidades productivas instaladas. Los rezagados llegarán tarde.

Visto así, la estabilidad cambiaria deja de ser un objetivo defensivo y se convierte en una política activa de desarrollo. Permite adelantar decisiones, reducir costos de largo plazo y posicionarse mejor en la reorganización de las cadenas globales de valor. No todos los países pueden hacerlo; solo aquellos con credibilidad macroeconómica suficiente para invertir cuando el entorno es adverso.

Mientras muchas economías esperan condiciones financieras más favorables para volver a invertir, México tiene la oportunidad —si sabe leer el momento— de construir ahora. Infraestructura, logística y capacidad productiva no se improvisan cuando el dinero vuelve a ser barato; se planean y se ejecutan cuando otros no pueden hacerlo.

En economía política, el verdadero poder no está en reaccionar primero, sino en poder actuar cuando otros están inmovilizados. En el ciclo actual, la estabilidad del tipo de cambio mexicano no es solo una buena noticia financiera: es una ventaja estratégica.

Aprovecharla o dejarla pasar es, en esencia, una decisión de Estado.

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