Del bono al reloj: el giro demográfico de América Latina
Durante décadas, América Latina preservó un bono demográfico. Una población joven, en expansión, que jugaba a favor del crecimiento, del mercado laboral y de la inserción productiva del continente en la economía global. Hoy empieza a quedar claro que ese bono no era eterno. Y que, más que un dividendo, lo que tenemos enfrente es un reloj demográfico que ya empezó a correr.
La evidencia más reciente obliga a replantear uno de los supuestos más arraigados del análisis económico regional: la idea de que América Latina seguiría siendo, por inercia, una región relativamente joven y abundante en trabajo. Un nuevo estudio del NBER, “Understanding Latin America’s Fertility Decline: Age, Education, and Cohort Dynamics”, documenta un hecho que habría parecido improbable hace apenas una década: hacia 2022, la tasa de fertilidad de América Latina cayó por debajo de la de Estados Unidos, revirtiendo un patrón histórico de largo plazo. No se trata de una anomalía estadística ni de un efecto transitorio de la pandemia, sino de un cambio estructural profundo.
Lo más relevante del estudio no es solo la caída de la fertilidad, sino su naturaleza. La reducción no se explica por cambios en la composición de la población —más mujeres educadas o que viven en zonas urbanas—, sino por una caída generalizada de la fecundidad dentro de casi todos los grupos. Tampoco está concentrada en mujeres altamente educadas o insertas en el mercado laboral formal. Por el contrario, las mayores contribuciones provienen de mujeres jóvenes y con menor nivel educativo.
Dicho de otra forma: la base de la pirámide poblacional se está adelgazando justo en los segmentos que históricamente alimentaban la oferta laboral.
La estructura poblacional ha sido un determinante silencioso del lugar que América Latina ocupó en la economía global. Durante años, la región complementó a economías más envejecidas —particularmente Estados Unidos— ofreciendo mano de obra relativamente joven, abundante y cercana. El continente aparecía como un reservorio laboral listo para absorber procesos productivos desplazados por costos, geopolítica o reorganización de cadenas de valor.
Ese supuesto empieza a erosionarse. Si la fertilidad latinoamericana converge rápidamente a niveles propios de economías avanzadas, la ventaja comparativa basada en la cantidad de trabajo tiene fecha de caducidad. Menos jóvenes implica menor elasticidad de la oferta laboral, mayores tensiones salariales y una competencia creciente entre países de la región por una fuerza de trabajo que deja de ser abundante. La complementariedad con Estados Unidos ya no podrá descansar en volumen, sino en productividad, calificación, logística e instituciones.
El contraste con Asia es inevitable. En el Este asiático, el bono demográfico coincidió con industrialización acelerada, acumulación de capital humano y fuertes aumentos de productividad. En buena parte de América Latina, en cambio, la transición demográfica ocurre con alta informalidad, baja productividad media y sistemas de cuidado frágiles. El resultado es incómodo: el continente empieza a envejecer antes de haberse enriquecido.
México ocupa un lugar particular en esta historia. Ha sido el principal beneficiario de la complementariedad demográfica con Estados Unidos: cercanía geográfica, integración manufacturera y una población joven por más tiempo que el promedio regional. Pero los datos muestran que México no es una excepción. La caída de la fertilidad también está aquí, y con ella se acorta la ventana que sostenía parte del modelo de crecimiento.
Esto vuelve urgentes debates que suelen tratarse por separado. Sin aumentos sostenidos de productividad, una fuerza laboral que deja de crecer se traduce en menor crecimiento potencial. Sin sistemas de cuidado robustos, la participación laboral femenina enfrenta límites que afectan tanto al mercado de trabajo como a la sostenibilidad demográfica. Y sin una política industrial que apueste por mayor valor agregado, la estrategia de integración productiva pierde profundidad.
La investigación no propone políticas ni ofrece medidas para atender este fenómeno. Pero su mensaje es claro: el tiempo dejó de jugar a favor. El bono demográfico ya no puede asumirse como una condición de fondo. Se convirtió en un reloj que marca los límites de un modelo basado en abundancia laboral.
Durante años, la región actuó como si el bono demográfico fuera un activo permanente. Hoy queda claro que no lo era. El reloj ya está en marcha. Lo que sigue es evaluar qué medidas se están contemplando, desde el diseño de la política económica, para enfrentar un fenómeno estructural que avanza mientras el mundo se mueve hacia un entorno más autárquico y de mayor fragmentación.