Discos de la semana: Nacho Vegas y Lucinda Williams, vuelve la canción protesta
Esta es la selección que han hecho los críticos de ABC de los discos que se han publicado en los últimos días. Para resarcirse del que no fue su trabajo más reluciente, 'Mundos inmóviles derrumbándose', el asturiano vuelve más Nacho Vegas que nunca en este 'Vidas semipreciosas'. También vuelve el Vegas más panfletario, pero de eso ya hablamos en un instante. Esta nueva entrega es inmediata, pegadiza, 'catchy' que dicen los ingleses. Es todas esas cosas pero también es certera en su sensibilidad. El triplete de canciones que compone el cuerpo central del disco queda rubricado para el recuerdo: 'Mi pequeña bestia', 'Piedras semipreciosas' y 'Llueven moscas' se postulan como tres dignas candidatas al Olimpo de las mejores canciones del cantautor. Con la primera disfrutamos de una de sus grandes melodías, con la segunda del olor a quemadillo que su cerebro en ebullición desprende al traer semejante ristra de piruetas mentales y lingüísticas, para así retratar aquel 'brillito' que tuvimos en nuestros tiempos mozos. Sus Jotas de Tennessee, son escoltadas a izquierda e izquierda por norteños ilustres como Albert Pla o Rodrigo Cuevas y la orgullosamente 'deslenguada' retórica del músico nos recuerda como —de herencia le viene al galgo ('Fíu')— ese corazón «rojo, progre y comunista». Tanto que el disco viene trufado con varios 'entremeses' narrados que arengan sobre diversas causas de corte antifascista. ¡Qué difícil es la reivindicación política sin tufillo a 'centro autogestionado' y sobaco de Reincidentes! Por lo demás una masterclass de cómo escribir canciones. En el sistema de pesos y medidas, donde desde 2002 figura como el cantante mejor pagado de la historia, Robbie Williams supera ya a los Beatles, a los que acaba de dejar atrás con la marca lograda con un 'Britpop' con el que suma ya dieciséis álbumes en el número uno de las listas de ventas de su país. Números, marcas, estadísticas para un intérprete sobresaliente -sin par en directo- y cuyo nuevo trabajo no pasa de ser un formalito, voluntarioso y cortés ensayo sobre los artistas de una generación con los que compartió tiempo, pero nunca espacio: él estaba muy por encima, a la altura, por ejemplo, de los ídolos a los que hace ahora dos décadas rindió tributo en 'Rudebox', los Pet Shop Boys y Madonna. Aquél disco, todo sea dicho, le quedó bastante mejor. Este 'Britpop' tiene aspecto de homenaje, pero quien en realidad se lo da es el propio Robbie, que hace una demostración de amor propio e inercia en un trabajo autorreferencial en sus formas y resabios. Lo que aquí y ahora diga o cante Robbie de los demás carece, por su exceso de compostura, de relevancia para el análisis de un Britpop del que, como tantos otros fenómenos musicales, ya se encarga Luke Haines, historiador de la rama del ajuste de cuentas. 'El dique está a punto de romperse'. En unos tiempos anegados por la confusión, en los que la ucronía reaccionaria parece materializarse en un eterno retorno a ninguna parte, aferrarse a los asideros del consuelo y la solidaridad es tan necesario como la obligación moral de desatar todo el fuego de la ira frente a lo intolerable. Al menos esa idea parece proponer un disco que es una permanente llamada a la acción ejecutada sin aspavientos, quizás porque no hace falta que nos griten que el mundo fluye pelín revuelto estos días. Algo hemos notado, vaya. Y somos ya, ejem, algo mayores, pero de oído andamos todavía bien. No hay pues sorpresas, erupciones, estallidos ni puntos de ruptura, pero tampoco desperdicio, en un disco que crece desde la raíz, con un clasicismo desprovisto de artificios y repleto de sabiduría, y se arma en torno a un sonido orgánico y casi balsámico combinando la elegancia atmosférica de la guitarra de su socio de largo recorrido Doug Pettibone con la sucia alma stoniana del ex Black Crowes Marc Ford. Es evidente que los pantanosos y gloriosos tiempos del magistral 'Car Wheels on a Gravel Road' son irrepetibles, pero ya había algo especialmente emotivo en la solidez y el vigor con los que la septuagenaria Williams volvió al ruedo en 2023 con 'Stories From a Rock 'n' Roll Heart', tras superar el el ictus que apenas tres años antes le privó de la capacidad de tocar la guitarra. Pero no de una voz que, clara y concisa, parece querer recordarte ahora desde este sobrio manual de resistencia que no tienes, no debes, por qué caminar solo para escapar de las tinieblas. Envejecer no es fácil, y menos si tu sonido ha consolidado un estilo musical hasta convertirse en uno de los cuatro pilares del trash metal , el género de alto octanaje que salió de California en los años ochenta y que cimentaría las bases de lo que vendría detrás. El problema es que toda la música con distorsión ha avanzado tanto, en temática, en ritmos, en virtuosismo, que Megadeth –que se niega a cambiar de registro y de sonido a pesar de componer canciones nuevas– se ve anacrónico en comparación. Dave Mustaine , a sus 64 años y artrítico, sigue siendo capaz de piruetas en el mástil, pero las letras llegan a cotas de cursilería que las vuelven difíciles de tragar. El 'bonus track' del final es una versión de 'Ride the lightning', que –a pesar de que la compusiera el propio Mustaine en su etapa con Metallica– palidece en comparación con la entrega de James Hetfield a sus entonces 21 años y que demuestra que el guitarrista aún no ha superado la ruptura. Este será el último disco del grupo, y sólo por eso le damos el aprobado raspado. Sea lo que fuese eso que a Ferran Palau le dio por llamar «pop metafísico», lo ha desnudado del todo. Lo ha dejado en las raspas después de siete discos devorando ese pop sofisticado, original y cantado en catalán que encabeza junto a amigos como Joan Pons (El Petit De Cal Eril) o la más reciente Anna Andreu. Todos ellos forman una especie de pequeña escena de cosas bonitas de la que se habla poco en el resto de España. ‘Aniversari feliç’ es su último regalo, que se abre con un verso que funciona casi como declaración de intenciones: «Em quedaré sol com un fantasma» («me quedaré solo como un fantasma»). Eso ha hecho ahora el cantautor de Collbató (Barcelona). Minimalismo puro con sencillos arpegios de guitarras acústicas y españolas sobre los que susurra acompañado de su inseparable primo y coproductor Jordi Matas, profesor de jazz llegado al pop. No le ha hecho falta incluir un solo ritmo para que todo encaje y toque la patata. Alguna nota de ukelele, bajo, piano, chelo y flauta por aquí y por allá y nada más. Diez temas y 27 minutos que conforman, a pesar de su brevedad, uno de los discos más largos y conseguidos de su carrera en el que canta al amor, desamor y la muerte. Lo de siempre para días de lluvia como estos. Y que encuentra cimas como ‘Ben aviat’, ‘Ei què tal’, ‘Tan feliç’ y, sobre todo, ‘Que no plogui tan fort’.