Té de la reina
El machete de Ogún contra el hacha de Changó, el filo movido por un huracán, el salto eterno. Ese era Eduardo Rivero Walker en la pieza Suite Yoruba detenida para siempre en el documental Historia de un ballet (1962), de José Massip. Ese era el Eduardo para la antología, para la memoria. El maestro que había fundado la Compañía Teatro de la Danza del Caribe.
Yo le había visto atravesar, bailando, la calles de Santiago de Cuba. Yo quería más.
No sé cómo empezó aquel diálogo, solo que no alcanzó un día, un mes; no alcanzó un año. Me fui yendo y me fui quedando en su apartamento de las alturas, desde donde divisaba el vapor de las calles, el andar incesante de la gente, las montañas. Y Xiomara Oliva Bauzá, su esposa, me anunciaba con aquellos sabores, con aquel tintineo que agregaba a su acento.
Las verdaderas entrevistas no terminan jamás.
Caminé junto al chico de San Isidro, al adolescente de Marianao. Fue destilando la estirpe de los Walker, llegados de Jamaica. Me dibujó el instante en que tuvo delante la máscara de la realeza de Benín, y no sabía si arrodillarse, si darle un beso. Okantomí, Súlkary, Dúo a Lam. Voy a su estreno, veo bailar las pinturas rupestres de Haut-Mertouteh, del Sahara. Aplaudo su Premio Nacional de Danza de 2001.
Una tarde suena el teléfono: del otro lado está Ramiro Guerra, el pionero de la danza contemporánea en Cuba, su maestro. Y Eduardo Rivero, aquel que ha despertado pasiones en medio mundo, hace mutis, asiente, se vuelve pequeño. Un augusto silencio inunda la sala.
Los grandes nunca escatiman tributo a los grandes.
Hubo un regalo único, inusitado, cuando Rivero me invitó a un ensayo de su compañía. Conocía a sus bailarines de asistir a las galas; pero esto ya sumaba otros quilates. Teatro Heredia, pos escenario. Tomé asiento a su lado. Las tablas cimbreaban. El cuerpo humano en movimiento es la oda más hermosa que existe.
¿Qué te parece?, me preguntó al final, así nomás, mientras recogía el vestuario. Devolví su generosidad con una reverencia, una reverencia profunda, como era menester. El silencio es perfecto. A veces no cabe una palabra, ni siquiera una sombra.
La serenidad y la atmósfera de aquellos intercambios en su casa, mis asombros y descubrimientos, la inmersión por los caminos de la danza cubana, me recordaba el tiempo de mis abuelos. Cuando llegaba una visita para algún miembro de la familia, tras el saludo de rigor, el resto nos retirábamos pretextando algo que hacer, para darle espacio a la conversación.
Así hacía su compañera Xiomara, cortésmente, iba a sus trajines… Poseía la sabiduría de la vida y unas sentencias antiguas, propias, inusitadas, inolvidables. No tuvo a menos confesarme que desde que vio a Eduardo Rivero supo que sería el compañero de su vida, y su voluntad fue tal, que empujó a los astros hasta que estos se alinearon.
Lo vivió y lo sobrevivió con una determinación interior que sobrepasaba su anatomía en declive. Los recuerdo sentados en un banco exterior de los edificios de la Avenida Victoriano Garzón, siempre el mismo.
Regresemos al momento en que ya la entrevista concluía, en que la conversación estaba en mate. Xiomara emergía, se establecía una mirada entre ellos, una mirada parlante en el silencio. Y entonces comenzaba un ritual que jamás he comentado. Me detenían con cariño, al unísono, porque era la hora de compartir el té.
No es un té cualquiera, me aclaraban con donaire, es el té de la reina. Y triunfantes, me mostraban el recipiente de metal, reluciente, con la inscripción «Queen Tea» (Té de la reina). Extraían las bolsitas.El agua caliente. La espera. Comenzaban las historias de cómo había llegado ese tesoro a sus manos, cómo se lo hacían llegar del otro lado del Atlántico, y hasta Buckingham parecía recortarse en la distancia.
La contada aderezaba el aroma.
Reconocí al instante el sabor del té negro, pero nada dije, les seguí la corriente, maquillé el asombro. ¿Quién era yo para romper el momento, para rasgar la magia, para arrancar la hermosa broma, la exquisita complicidad de compartir un té de semejante abolengo en el trópico santiaguero, en el palacio real de Eduardo y de Xiomara?