La diplomacia de las flores
Hablar hoy de limpieza étnica o genocidio no es un mero gesto político ni una obsesión del pasado, sino una expresión más de la realidad en la que vivimos y, sobre todo, de las consecuencias del ocaso de la 'pax' americana. El genocidio armenio, el primero del siglo XX, fue documentado y reconocido internacionalmente. No obstante, sigue pendiente de reconocimiento político en esta tierra cervantina, donde la memoria histórica parece afilarse para lo propio y embotarse cuando se cruza la frontera patria. Este holocausto fue el que inauguró un siglo sangriento para la humanidad y definió la idea moderna de exterminio sistemático. Fue observado con tal indiferencia internacional que, años después, un pintor fallido llamado Adolf Hitler se atrevió a preguntar, antes de invadir Polonia: «¿Quién se acuerda hoy de los armenios?». Por desgracia, dicho genocidio no empezó ni terminó en 1915. Cambió de forma, de escenario e incluso de lenguaje, pero conserva la misma lógica: borrar una identidad, exterminar a un pueblo por razón de su etnia o su fe y hacer de la injusticia una política de Estado. Esa misma lógica e intenciones se han perpetuado en la región de Nagorno-Karabaj, donde toda la población, más de 120.000 personas, fue expulsada de su tierra ancestral bajo la mirada distraída, por no decir complaciente, de la comunidad internacional, hechos que han sido calificados por el Parlamento Europeo como limpieza étnica. Su único 'crimen', compartir lazos étnicos con Cher, Kim Kardashian o Charles Aznavour, nombres conocidos que parecen generar más empatía en Occidente que sus coetáneos condenados al exilio en Oriente. Decía George Santayana que «quien olvida su historia está condenado a repetirla». No aclaró si también está condenado a fotografiarse con el verdugo o a honrarlo con una ofrenda floral. El verdugo, cuando no es castigado, interioriza la impunidad y se siente legitimado para repetir las mismas atrocidades, hasta el punto de erigir monumentos que las celebran. Eso es lo que representa el monumento de Bakú para todos aquellos que hemos tenido que huir de la persecución, por razón de etnia, religión e ideología. Es llamativo que la sociedad civil tenga que recordar a nuestros representantes en las Cortes Generales que, en política internacional, los gestos importan. A veces más que las palabras. Que la presidenta del Congreso deposite una ofrenda floral ante este monumento glorifica un relato construido sobre los cadáveres de un pueblo milenario, como el armenio , y se convierte en un gesto que legitima narrativas de apología a la limpieza étnica. Para que el lector entienda la gravedad del asunto, bastaría imaginar un monumento que festejara el exterminio hebreo en Berlín y a un representante electo de España depositando allí una ofrenda floral. Más grave es que este gesto se produzca sin una sola palabra pública sobre los presos armenios detenidos arbitrariamente en las cárceles de Bakú. En este caso, el silencio deja de ser un acto de prudencia para convertirse en amnesia selectiva. Resulta aún más inquietante cuando el Parlamento Europeo ha sido inequívoco exigiendo la liberación inmediata e incondicional de los prisioneros armenios. Albert Camus nos advirtió de que «nombrar mal las cosas es contribuir a la desgracia del mundo». Callarlas, añadiría uno, también. Cuando los derechos humanos se relegan a un pie de página, dejan de ser derechos y pasan a ser retórica. Y cuando la política exterior se desconecta de los valores que decimos defender como españoles deja de ser política de Estado para convertirse en un ejercicio de conveniencia. No se trata de romper relaciones diplomáticas ni de impartir lecciones morales. Se trata de algo mucho más sencillo y, a la vez, más exigente: no separar los valores democráticos de la agenda política. No viajar dejando la defensa de los derechos humanos en la maleta, o abandonados en una terminal de Barajas antes de partir rumbo a Bakú. La cuestión no es si se han llevado flores, sino la memoria que honramos con ellas y cuál dejamos en silencio. Por ello, como sociedad civil hemos tenido que alzar la voz, y ha resultado más fácil criticar a una comunidad trabajadora y discreta como la armenia que asumir el error y rectificar. El refranero popular, para quien lo tenga en cuenta, ya anticipa que rectificar es de sabios. Y cabe esperar, con una pizca de optimismo, que así sea. Lo que un servidor espera, es que, desde las Cortes Generales, sean plenamente conscientes del peso de la historia, del significado de estos gestos y de la herida que se reabre cuando la memoria histórica se trivializa. Caso contrario, el problema ya no sería político ni diplomático. Sería, sencillamente, moral.