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El electro (no) preste

Cuando me invitan a un preste, suelo usar terno y veo qué amigos también van a ir para organizar si meteremos cajas de cerveza y cuántas van a ser. También, muchas veces he ido solo y he terminado sentado en la mesa de hombres solteros que secan whisky puro.

El año pasado hice algo inusual: fui al electropreste. Tomé el bus desde la plaza Isabel la Católica para llegar al cholet del evento (cerca a la Terminal de El Alto y al frente del centro educativo donde doy clases de pensamiento crítico), la gente vestía retazos de trajes folklóricos, accesorios como chuspas y tullmas en el pelo, y abundaba el aguayo por donde uno mirara. Se notaba que casi todos habían pensado un atuendo “apropiado”. Al llegar nos recibieron promotores de Paceña también con atuendos folklóricos que controlaban las entradas. Yo, que fui presto a divertirme, duré menos de una hora, crucé al frente, subí a un minibús y me fui.

En 1997, Edward Said publicó Orientalismo, un libro sobre cómo Occidente estudia, pinta y tutela al Oriente hasta convertirlo en objeto de dominación simbólica. La idea muestra que el poder no se construye solo con armas, sino también con modos de representación. Esta conceptualización nos sirve para entender el electropreste.

Desde la colonia, en Bolivia se aplica un régimen de mirada sobre las personas racializadas: la visión occidental/q’ara construye y valida discursos sobre “el indio”, desautorizando lo que el indio dice de sí mismo. Ya no tenemos españoles imponiendo religión, pero sí tenemos espacios académicos y mediáticos donde se valida lo que dicen académicos q’aras, mientras se califica de sesgado y hasta de resentido lo que escriben los indios.

El “q’ara” no es el “blanco” en términos de color de piel, sino el blanqueado, pelado, culturalmente desnudo, que mira el mundo en términos ajenos. Felipe Quispe recuerda que nuestros antepasados llamaron así a los conquistadores porque los vieron llegar pelados, sin nada, prestos a apropiarse de lo que no les pertenecía. Hoy la palabra es compleja porque el propio Quispe reniega de hermanos suyos que se han vuelto q’aras por la forma en que miran el mundo, privilegiando el blanqueamiento.

Mirar el mundo aymara con ojos q’aras puede implicar un desprecio abierto (que llega incluso a justificación de muertes) y también una reducción del indio a un sujeto folklórico, exótico, subalterno y/o moralizado. De esta mirada nace y se valida el electropreste.

A nadie se le ocurriría ir a un preste vestido con chamarra de aguayo o chuspa. En cambio, en el electropreste mucha gente invierte tiempo y dinero en conceptualizar un look que para ellos es aymara/urbano. En su mentalidad, no puede existir un look aymara sin aguayo o motivos indígenas. Para ellos, el preste es una fiesta exótica, ajena, llena de misterio y otredad. Y es que la propia fiesta está planteada de ese modo: te suben a un bus y te llevan a El Alto como si fuera el lugar más exótico del mundo. Cuando no lo es. Yo sentí que el evento me obligaba a hacer apropiación cultural de mi propia cultura.

Recalco algo: hay aymaras que asisten al electropreste sin adoptar esa visión q’ara, van porque disfrutan la electrónica y, para ellos, la experiencia es solo una fiesta más. Recalco también que formar parte de una red de prestes, como una fraternidad consagrada a un santo, implica la posesión de un capital simbólico derivado de convertir lo económico en capital social. Quien no forma parte de esa red, no va a pasar preste, no va a ser invitado (o rara vez lo será) y no va a conocer sus códigos de significación.

Si aceptamos que la historia la escribe el vencedor, entendemos que el poder no sólo toma decisiones económicas: decide también qué perspectivas son válidas a la hora de construir los modos de representación. El electropreste existe y se valida para ciertas personas que, al final, terminan siendo una minoría en el país. Electropreste hay uno; prestes, miles.

*Es literato

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