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Arquitecturas del aire: las misas de Josquin Desprez en la Catedral Primada de Toledo

Abc.es 
La Catedral Primada de Toledo, luminosa en la noche invernal del 7 de febrero, abrió sus puertas a un viaje musical que fue, ante todo, una experiencia de memoria y resonancia. Bajo el título «Sonoridades de la Catedral de Toledo. En el umbral del Renacimiento (1495–1517)» , el concierto propuso algo más que una audición histórica: ofreció una inmersión en el tiempo en la que la piedra y la música parecieron reconocerse mutuamente como formas de arquitectura. La velada estuvo precedida por una conferencia del musicólogo Carlos Martínez Gil, quien supo trazar con claridad el contexto de las misas de Josquin Desprez en la Catedral de Toledo y su presencia en los cantorales que custodia el archivo musical. Su intervención no solo iluminó la escucha, sino que recordó la extraordinaria riqueza documental de un fondo que abarca desde 1600 hasta 1930 y cuyo catálogo moderno él mismo elaboró con rigor ejemplar. Concebir este programa —un verdadero itinerario sonoro a través de las músicas flamencas conservadas en la catedral— es una labor que merece un aplauso sin reservas: hay en ella erudición, intuición artística y un profundo amor por el patrimonio. Antes de que la música comenzara a sonar, el deán don Juan Pedro Sánchez Gamero dirigió unas palabras de bienvenida en las que invitó a celebrar el 800 aniversario de la catedral participando en sus conciertos, recordando que escuchar lo sublime nos inclina naturalmente a abrazar lo sagrado. Fue una afirmación que hallaría confirmación a lo largo de la travesía musical. A quien suscribe estas palabras le emocionó especialmente ese delicado umbral sonoro al pasado que supuso escuchar, en su medio natural, una chirimía original de la Catedral de Toledo, una verdadera joya instrumental del siglo XVII, que resonó en manos del calasparreño Juan Alberto Pérez. Este dibujó con pulso firme la melodía de L'homme armé, la célebre chanson popular sobre la que se construye la misa homónima de Josquin. Aquel timbre antiguo, ligeramente áspero y profundamente humano, pareció convocar a los siglos; un gesto musical que, más que introducir el programa, lo despertó. Después continuó el diálogo entre dos arquitecturas: la de la catedral y la de la música de Josquin Desprez, esa prodigiosa construcción de líneas independientes que, al entrelazarse, levantan bóvedas invisibles. La polifonía a cuatro voces —tiples, altos, tenores y bajos— se desplegó con transparencia, permitiendo percibir la lógica interna de cada imitación y el equilibrio entre tensión y reposo. El uso de instrumentos históricos doblando las voces (corneta, bajón, sacabuche o la singular trompeta bastarda) aportó densidad cromática sin enturbiar la claridad del tejido contrapuntístico. Aquella mezcla de aliento humano y metal antiguo recordó que el Renacimiento fue también una búsqueda de color, a caballo entre los lamentos de una oración y los cánticos que arengaban a la guerra santa. El Ensamble Cisneros ofreció una interpretación de notable altura musical. Hubo en el grupo una combinación muy estimable de precisión técnica y sensibilidad estilística: entradas limpias y un fraseo que supo respirar con naturalidad litúrgica. No es fácil sostener la tensión expresiva en repertorios donde la emoción se construye desde la proporción, la contención retórica y la medida; sin embargo, los músicos lograron que cada sección —del recogimiento del Kyrie a la expansión del Gloria, de la afirmación doctrinal del Credo a la serena suspensión del Agnus Dei— encontrara su espacio espiritual. Es preciso destacar con nombre propio a todos los intérpretes por su excelente labor: Sandra Redondo y Paloma Friedhoff, sopranos; Jorge Enrique García y Bruno Campelo, altos; Diego Blázquez y Ariel Hernández, tenores; Pedro Llarena y Joseba Carril, bajos; Daniel Bernaza, corneta y flauta; Juan Alberto Pérez, bajoncillo; Elíes Hernándis, sacabuche y trompeta bastarda; y Marta Calvo, bajón. Especial mención merece la dirección musical de Juan José Montero, cuya lectura equilibrada evitó cualquier tentación arqueológica para situar la música en un presente vibrante. Dirigió desde el órgano con gesto sobrio y pensamiento claro, favoreciendo la escucha horizontal entre las voces y sosteniendo una pulsación orgánica que permitió a la polifonía fluir sin rigideces. Pero, además, hubo en su trabajo algo tan decisivo como invisible: el trato entrañable y paciente con los pequeños seises, para quienes una hora y media de concierto puede volverse un horizonte interminable, más aún con el frío reinante en el trascoro de la catedral. Montero supo acompañarlos con cercanía, cuidado y autoridad serena, integrándolos en el discurso musical sin forzarles el paso y logrando que su participación no fuera un gesto simbólico, sino una presencia muy viva y musicalmente significativa. Su inteligencia artística convirtió así la complejidad técnica en experiencia estética… y en auténtica comunidad sobre el escenario. Uno de los momentos más conmovedores de la noche llegó precisamente con la participación del coro infantil de los Seises de la Catedral de Toledo. Su presencia no solo aportó un color tímbrico de especial pureza, sino que encarnó la continuidad viva de una tradición secular, tan frágil como necesaria. Ver y escuchar a esas voces jóvenes integradas en un repertorio tan exigente fue, en sí mismo, un símbolo esperanzador: la transmisión del legado no pertenece al pasado, sino al porvenir. Y precisamente por eso, porque merece durar, este coro tiene ante sí un camino apasionante de crecimiento: afinar aún más la homogeneidad del sonido, la emisión vocal, la precisión de las entradas, la claridad del texto y la confianza escénica. Señales todas de un proyecto vivo, con mucho potencial, que en manos cuidadosas puede florecer con más fuerza y excelencia en los próximos años. El programa, desde el Canto de la Sibila hasta el Gustate et videte mozárabe, dibujó un arco litúrgico y estético que permitió comprender la centralidad de Josquin, aquel «maestro de maestros» cuya música se difundió por toda Europa gracias a las primeras ediciones venecianas de Ottaviano Petrucci. Escuchar fragmentos de cinco de sus misas más célebres, conservadas en Toledo, fue constatar cómo esta catedral no solo fue receptora de corrientes europeas, sino también espacio activo de renovación espiritual y artística durante el cardenalato de Cisneros. Estos cinco fragmentos —uno por cada una de las secciones del ordinario de la misa, aquellas partes que los compositores renacentistas solían vestir con polifonía elaborada— son el espacio donde la estética musical del periodo —equilibrio, claridad imitativa, proporción casi arquitectónica— se manifiesta con mayor plenitud. Si la música medieval se asemeja a un tapiz de líneas paralelas, la renacentista funciona como una catedral sonora: voces que se elevan, dialogan y se sostienen mutuamente con una armonía que parece esculpida en aire. El itinerario de las misas de Josquin Desprez se abrió con el Kyrie de la Missa de Beata Virgine, probablemente la misa más difundida del compositor. Continuó con el Gloria de la Missa L'homme armé super voces musicales, ejemplo paradigmático del uso del célebre cantus firmus medieval, tratado aquí con la precisión matemática de un canon arquitectónico. Siguió el Credo de la Missa Malheur me bat, construido a partir de una conocida chanson franco‑flamenca; el Sanctus de la Missa Hercules Dux Ferrariae, célebre por su ingenioso uso de las sílabas del nombre del duque de Ferrara como base musical —un auténtico juego de ingenio humanista—; y culminó con el Agnus Dei de la Missa Pange lingua, obra tardía y refinadísima que, según los estudios litúrgicos, debió resonar en la Catedral durante las celebraciones del Corpus Christi en el siglo XVI. Las cinco secciones se completaron con un repertorio de piezas del propio Desprez y de otros compositores de su entorno, así como con obras de tradición popular que ilustraban antecedentes musicales de las misas o diversos momentos del calendario litúrgico toledano a mediados del siglo XVI. Al término del concierto quedó la impresión de haber asistido a algo más que una reconstrucción histórica. Fue un acto de presencia: la certeza de que la música antigua, cuando se interpreta con conocimiento y convicción, no pertenece al pasado, sino que se revela plenamente contemporánea. Que iniciativas como esta sigan naciendo desde el estudio, la pasión y el compromiso es motivo de celebración. Porque cuando la investigación musicológica, la excelencia interpretativa y la voluntad institucional convergen, el resultado no es solo un concierto: es un acto de cultura en el sentido más profundo. Y así, entre la piedra milenaria y el aire vibrante de la polifonía, Toledo volvió a recordarnos que la música, como la catedral misma, está hecha para perdurar.

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