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Marina Sanmartín: «¿Es la misma maldad la infantil y la adulta?»

Abc.es 
Marina Sanmartín, que recibe a ABC en su librería madrileña Cervantes y Compañía, está muy impactada con el accidente ferroviario. Le parece que es muestra, por desgracia trágica, de que «ahora vivimos un momento en el que hay suficientes problemas y dolor. Y quizá por eso necesitamos misterios sin brutal violencia explícita que nos enganchen, y que incluso a veces nos produzcan si no reírnos a carcajadas sí sonreír. Esto fue la novela enigma clásica y hoy es el 'cozy crime' ». Con ' La doble desaparición de Abril del Pino' (Salamandra), Sanmartín lo ha pretendido. Y, sin duda, lo logra. —En su nueva obra ha unido dos de sus pasiones: los libros y las librerías y la novela policíaca… —Así es exactamente. De hecho, creo que es la evolución natural de lo que escribo, y también, en cierto modo, esta novela tiene mucho para mí de primera novela, aunque ya haya publicado otras, y esta sea la sexta. Es nueva en muchos sentidos. Siempre he escrito novela policíaca desde la sombra, y me aquejó el síndrome del impostor. Ahora por primera vez he escrito desde la luz. Y eso es gracias a que dentro de esta novela está mi otra pasión que son los libros y el espacio de la librería, que para mí no hay mejor refugio. —¿Cómo surgieron sus dos pasiones? —Mi pasión por la novela negra surge sobre todo gracias a mi tía Ángela, que murió hace poco, con cien años. Era la persona con la que me quedaba cuando no podían atenderme mis padres, si tenían trabajo, si tenían que salir… Éramos cuatro hermanos, y mi hermana y yo pasábamos muchas noches en casa de mi abuela, y esta tenía dos hermanas solteras, que vivían con ella. Mi hermana dormía con nuestra tía Maruja, y yo con Ángela. Y una de las primeras cosas que me dijo fue: «Te quedas a dormir conmigo, pero la tía tiene que leer». Y mi tía lo que leía era Agatha Christie, la serie de Sherlock Holmes, de Conan Doyle, todos los maravillosos grandes clásicos de la ficción criminal, y me animó a leerlos. Y también con mi tía Ángela llegué a las librerías. Porque la acompañaba a comprarlos. Me acuerdo por ejemplo de la librería Soriano de Valencia. Y también mi padre era un gran lector y todos los fines de semana iba a comprar libros. Por suerte, tuve una familia que nunca me puso trabas para leer. Si el libro era difícil, lo leían conmigo, estaban pendientes. De pequeña estuve rodeada de personas que leían y eso es fundamental. —¿Cómo cree que afectó la pandemia a las librerías? ¿Cómo las ve en la actualidad? —Bueno, de las cosas malas a veces salen cosas buenas. Para las librerías no fue tan terrible, pues mucha gente durante el confinamiento se encontró o reencontró con la lectura. Y después de ese pico del 2020-2021, la situación se ha estabilizado. Y se mantiene. A pesar de lo que a veces se dice, tenemos una salud lectora de la que no nos podemos quejar. —¿Qué le parece lo que dijo la 'influencer' María Pombo sobre la lectura? —Dijo algo que es verdad, que estaba harta de que le advirtieran que leer nos hace mejores personas. Leer no hace mejor persona a nadie, en mi ensayo 'Desde el ojo del huracán. Una historia íntima de las librerías' lo cuento. Hitler tenía una biblioteca con más de dos mil volúmenes, pero como era un psicópata asesino daba igual lo que leyese. Pero estoy convencida de que leer te abre el mundo. Puedes, claro, elegir perdértelo o encontrar ese mundo por otro lado, de otra forma. Mi manera de conocer el mundo son los libros, te da armas para vivir mejor. Me da rabia que haya gente que no lo sepa porque todos necesitamos herramientas para comprender mejor el mundo. Vivimos una época en la que nos cuesta ponernos en el lugar del otro. Y es importante compartir lo leído. Por eso el auge de los Clubes de Lectura. La lectura en solitario es fundamental, pero la compartida es el final del ciclo.   —Su novela ha salido coincidiendo con el cincuenta aniversario de la muerte de Agatha Christie, y nos recuerda su famosa desaparición, que también se produjo en Navidad, momento en el que se ambienta 'La doble desaparición de Abril del Pino'… —Lo tuve en mente desde el principio, además es una desaparición en la que la resolución del misterio se aleja mucho de lo tradicional. Quería escribir una novela con la que el lector se lo pasase bien, incluso aunque no sea habitual de novela policíaca. Y que fuera un homenaje al género. Después de hacer durante muchos años crítica, me apetecía un reto, con guiños a los seguidores del género, como esos, pero hay otros más difíciles de localizar que cuando el lector de este género los encuentre va a sonreír. —Por ejemplo… —Igual que hay una referencia muy importante a Agatha Christie, hay una a Sherlock Holmes y a su oponente, el villano Moriarty. O a la gastronomía que está tan presente en la novela criminal. Incluyo una cena donde lo que se sirve recuerda platos célebres de las policíacas más actuales. Y aparece 'El silencio de los corderos', y un policía que es la antítesis de Montalbano, que se expresa de una manera atildada que al inspector encargado del caso le saca de quicio. —Ese Club de Lectura tan especial que encontramos en su novela está sacado del filme 'El secreto de la pirámide'… —A mis pasiones tengo que añadir la del cine; con mi tía Ángela vi todos los estrenos de los años ochenta y noventa en Valencia. Y mi novela es también una novela sobre la infancia, sobre la crueldad infantil, y para escribirla he vuelto mucho a mi niñez. Y en ese aprendizaje de lecturas, de películas, en ese ir enamorándome de la ficción y sobre todo de la ficción criminal, jugó un papel muy destacado el cine de esa época: 'Indiana Jones', 'Los Goonies', 'El secreto de la pirámide'... Me parece un delirio maravilloso la idea de que Sherlock Holmes y Watson se hubieran podido conocer de pequeños. Ese tributo a la película también está. —En efecto, en su novela reflexiona sobre la infancia, cuestiona el mito de que los niños son inocentes… —La última parte en la conversación entre Ágata Caballé y el inspector es fundamental, es una conversación llena de preguntas con muy pocas respuestas, que es lo mismo que me ha pasado a mí cuando me he enfrentado a este tema. No consigo entender la maldad infantil ni me siento capaz de definirla, no sé si equivale a la adulta. No sé si es producto de no estar todavía 'socialmente domado', y lo digo con muchas comillas, o si las personas malas ya lo son de pequeñas, o si las dos posibilidades son ciertas. De hecho, Abril es víctima en la infancia, pero en la edad adulta es ella la que se convierte en malvada para vengarse de todos los que le hicieron daño; por su parte Ágata, que en la infancia es cruel, de adulta vive una vida casi de reclusión en su librería y procura ser una buena persona. Hay muchas interrogantes: ¿se puede cambiar? ¿Es la misma maldad la infantil y la adulta? ¿Somos capaces de vivir a pesar del peso de lo que nos sucedió cuando éramos pequeños? ¿Hasta qué punto el niño que fuimos marca para siempre nuestra existencia? —El pasado ya tenía un papel determinante en su anterior novela, 'Las manos tan pequeñas'... —Para Abril y para Ágata hay un acontecimiento que marca sus vidas, que es la primera desaparición de Abril, producto del maltrato infantil al que someten a Clara, su verdadero nombre. Son incapaces de desarrollar una vida adulta sin que esta tenga un enganche directo con ello. Cuando Ágata deja de perseguir a Abril, será esta la que no puede olvidar lo que ocurrió y decide vengarse como sea. En mayor o menor medida, toda nuestra vida está anclada en lo que aconteció en el pasado, sobre todo en la infancia. Es un periodo esencial y muy difícil para quienes cuidan a los niños. En mi caso, con las lecturas de empecé a ser yo. Pero es muy complicado sobreponerse a las infancias terribles. El pasado siempre está ahí, para bien o para mal. —Hay una dicotomía entre la novela negra propiamente dicha, con grandes clásicos como Raymond Chandler, Dashiell Hammett, que es más social y sórdida, y la novela enigma con la reina Agatha Christie. ¿Usted se inclina más por esta última? ¿Da más pie a explorar lo que leemos en 'La doble desaparición de Abril del Pino': «Todo en Bergman, como en el fondo en cada uno de nosotros, era misterio»?   —Sí, nunca acabamos de conocer a los demás ni a nosotros mismos. Creo que mi novela tiene mucho de 'cozy crime'. El 'cozy crime' del siglo XXI equivale a la novela enigma de Agatha Christie o Josephine Tey, quien, por cierto, debería ser más conocida. El 'cozy crime' juega con los mismos palos, pero incorpora elementos muy de hoy como las redes sociales, que manejo en mi novela, el teléfono móvil o la capacidad de viajar.   —Usted utiliza bastante la ironía, por ejemplo, en la relación entre el inspector y su ayudante... —Exacto. Y también que, y eso lo he aprendido en mi propia vida, todo pasa a la vez: las cosas terribles y las buenas. En mi libro todo pasa a la vez. Es verdad que la desaparición de Abril del Pino es el golpe del taco del billar y todas las bolas se ponen en movimiento, pero también hay otras historias como que el inspector y Ágata se conozcan, o que el inspector se reencuentre con la amiga de su madre, que fue para él como una segunda madre, o que surja ese club de lectura que, aparte de sus críticas, era inocuo y se empieza a perfilar como posible responsable de los hechos criminales que están sucediendo. Todo al mismo tiempo. —¿Por qué la ficción criminal tiene tantos seguidores? —Suscita interés porque es camaleónica, y encuentra siempre a su lector, a pesar de los diferentes momentos y enfoques. Funcionó la novela criminal nórdica, la casi gore como la de Carmen Mola… Su éxito encierra varios aspectos. Por un lado, a la gente le gusta el misterio: la novela enigma es un desafío para ir descubriendo lo que pasa, la adivinanza siempre atrae. Por otro lado, el dolor ajeno nos hace sentir más seguros en nuestra realidad pensando que a nosotros esos sucesos terribles no nos ocurren. Y la tercera, sobre todo en las novelas más clásicas, la justicia siempre triunfa, y en la realidad no. Poder entrar en un universo donde por muchas cosas malas que pasen, sabes que se van a resolver al final, es como tomarte un orfidal. —La protagonista de 'Las manos tan pequeñas' era una escritora de novela policíaca, y aquí también lo es Abril del Pino, aunque domine desde la sombra. ¿Qué diferencias básicas destacaría entre Olivia y Abril?   —Con Abril hay otro guiño, pues es como Rebeca, un personaje que sin estar en primera línea mueve los hilos de la trama. Los perfiles son distintos. Con Olivia nos encontramos con una mujer que no es tan famosa como Abril, es muy apocada por la situación matrimonial que atraviesa y permanece supeditada a su marido hasta que pasa en Tokio el hecho luctuoso. Abril es casi una folclórica de los años cincuenta, una mujer fuerte, que sabe lidiar con los fans, que grita «Yo soy la novela negra». Es una mujer empoderada, a la que no se le caen los anillos por llamar la atención. Mientras que a Olivia Galván, de 'Las manos tan pequeñas', lo que más pánico le da es precisamente eso, llamar la atención, y está a merced de las decisiones de los hombres, a diferencia de Abril que toma las suyas propias. —Es muy oportuno hacer ver que puede haber maldad en los más débiles, más vulnerables. Serlo no les convierte en 'buenos' de manera absoluta. A alguien porque sea víctima —y hay que apoyarla —, parece que se le da el salvoconducto de bondad total...   —Al respecto hay un libro maravilloso, 'La ciudad de los vivos', de Nicola Lagioia. La víctima es un joven que cuando necesita dinero ejerce de chapero y tiene una vida dudosa. Y cuando aparece muerto, aparte de todo el escándalo que supone una violencia brutal, se produce un juicio social sobre la víctima. No deja de ser víctima, pero quizás no era una bellísima persona. Muchas veces el hecho de que nos hagan daño provoca el que lo hagamos nosotros. Se puede llegar al mal por muchos caminos, como exploré en 'El amor que nos vuelve malvados', mi primera novela. No vivimos en un mundo de buenos y malos, a veces nos toca uno u otro papel. —El personaje del inspector José Manuel Castillo es muy sugerente… —Para mí es una persona 'normal', si esto existe. Podría haber sido charcutero, pero resulta que es policía, que tiene una mujer, dos hijos, una madre, aunque poco a poco vamos descubriendo que como todos tiene sus historias. Como comentábamos, el 'cozy crime' incorpora las nuevas tecnologías que no había antes y me interesaba indagar esa vida paralela de los mensajes y su diferencia con lo que pasa en la realidad. En esta, Castillo y Ágata se relacionan de una manera educada y formal, pero por otro lado empiezan a desarrollar un vínculo por internet muy diferente, totalmente delirante. Castillo es un malabarista que tiene todas las bolitas en el aire, una de ellas cae y con ella todas las demás. —¿Está escribiendo otra novela policiaca? —La idea es continuar esta, pues el final es muy abierto, que haya una segunda o incluso una tercera parte donde se investigue por qué ha muerto Emilio Luna. También qué le pasará al inspector después de darle ese infarto que le rondaba.

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