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Placas tectónicas

En ausencia de un cambio estructural, podemos analizar a la economía mexicana como si se tratara de un territorio estable: un ciclo que se acelera o se enfría, una inflación que sube o baja, un mercado laboral que aprieta o afloja. Pero algo cambió. Y no es un temblor pasajero. Es el tipo de movimiento lento y profundo que solo se detecta cuando las grietas ya aparecen en la superficie: un desplazamiento de placas tectónicas en la economía.

Visto desde el agregado —producción, precios y empleo—, el país parece estar entrando a un nuevo régimen. Uno donde la tendencia pesa más que el ciclo. Y donde las herramientas macro “habituales”, diseñadas para modular fluctuaciones, se ven cada vez más acotadas frente a fuerzas estructurales.

Empecemos por el crecimiento. Los modelos estadísticos que intentan medir la tendencia sugieren algo incómodo: el crecimiento potencial luce más bajo que el que predominó antes de la pandemia. Hablamos de niveles cercanos a 1.6–1.8% anual, una ruta de expansión más modesta. Es crecimiento suficiente para evitar una crisis, pero insuficiente para cerrar brechas.

Luego están los precios. En los últimos años aprendimos a mirar la inflación subyacente como el termómetro más honesto, porque elimina lo que suele ser ruido. Pero la lectura reciente sugiere rigideces: servicios que no bajan con la rapidez “esperada”, alimentos procesados que incorporan costos persistentes, y una estructura de precios que parece más compatible con una inflación más cerca a 4% que 3%.

Y el tercer bloque: el mercado laboral. Por un lado, salarios nominales más altos. Por el otro, productividad laboral más baja o, al menos, insuficiente para justificar incrementos salariales sostenidos sin trasladarse a costos. El resultado es una tensión clásica: si el salario sube por encima de la productividad, el sistema tiene dos válvulas de ajuste —precios o empleo— y ninguna es gratuita.

Con este mapa, se vuelve evidente el límite: política monetaria y fiscal son instrumentos potentes, pero están diseñados para el ciclo, no para reescribir la tendencia. Pueden amortiguar desaceleraciones, contener recalentamientos, comprar tiempo. No pueden, por sí solas, elevar la productividad, resolver cuellos de botella logísticos, garantizar energía barata y confiable, o corregir fallas estructurales del mercado laboral.

Entonces, ¿qué sí? Aquí es donde conviene pensar como economistas… pero con una restricción explícita: la política. En México, el proyecto que domina el espacio público no solo tiene preferencias; tiene fuerza institucional y capilaridad territorial. En términos prácticos, cualquier agenda de crecimiento estructural que ignore esa restricción nace muerta. La tarea, por tanto, es identificar un portafolio de políticas pro-productividad que también sea congruente con las prioridades del momento.

Como en un problema de optimización: maximizar productividad sujeto a una restricción de prioridad política. ¿Dónde están esos puntos de tangencia?

Uno es energía. No en la versión ideológica del debate, sino en su dimensión económica: energía accesible y confiable es un insumo transversal. Si el costo o la intermitencia energética elevan costos, inhiben inversión y encarecen logística, la productividad cae. Un enfoque pragmático, compatible con la narrativa de soberanía y bienestar, sería concentrarse en eficiencia operativa, reducción de pérdidas y modernización de redes.

Segundo: logística e infraestructura. No hay crecimiento potencial alto sin movilidad de bienes. Los cuellos de botella —carreteras saturadas, nodos ferroviarios, puertos, aduanas, seguridad en rutas— son impuestos ocultos. Mejorarlos eleva productividad sin necesidad de grandes “reformas” abstractas.

Tercero: agua. En un país donde el estrés hídrico ya es factor económico, el suministro confiable deja de ser tema ambiental para convertirse en condición de competitividad. Invertir en redes, fugas, tratamiento y gobernanza del agua es, literalmente, invertir en crecimiento potencial.

Cuarto: Sistema Nacional de Cuidados. Esta no es solo una bandera social; es política de oferta laboral. Más cuidados implican más participación laboral femenina, mayor continuidad en carreras, más acumulación de capital humano.

Quinto: seguridad social y movilidad urbana. En un país con informalidad alta, ampliar protección y reducir fricciones de transporte no es “gasto”: es eficiencia. Una ciudad que desperdicia horas en traslado destruye productividad.

La conclusión es simple y, a la vez, exigente: si las placas tectónicas ya se movieron, no basta con ajustar el péndulo de la macro. Hay que construir nuevos cimientos. Y la forma más realista de hacerlo no es pelear por el anhelo de un catálogo que se quedó en el pasado, sino encontrar el equilibrio entre lo deseable económicamente y lo posible políticamente.

El país necesita una agenda más inteligente: productividad con restricción política. Y esa, paradójicamente, puede ser la ruta más rápida para volver a crecer.

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