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¿En qué supersticiones crees?

El 13 de octubre de 1307, un viernes, los caballeros templarios fueron arrestados para luego ser torturados y condenados a la hoguera en una matanza espeluznante, por orden de Felipe IV en complicidad con el papa Clemente V. Desde entonces es que el viernes 13 es día de mala suerte.

El 18 de marzo de 1314, Jacques de Molay, el último gran maestre de los Pobres Compañeros de Cristo y del Templo de Salomón u Orden Orden del Temple, fue quemado vivo en la hoguera con vista a la catedral de Notre Dame, en París. ¿Por qué? Porque el rey Felipe IV de Francia le debía mucho dinero a la Orden y no podía pagar, ni aún después de haber causado inflación en su reino. ¿Qué hizo, entonces? Echó a andar la bola de que los templarios tenían comportamientos inmorales y, con la complicidad del papa Clemente V, urdió un plan para quedarse con las riquezas de los templarios.

La quema en la hoguera era un método de ejecución diseñado para ser lento y doloroso. El fuego se encendía generalmente a los pies del condenado, atado a un poste, con leña, o materiales que producían llamas bajas y humo abundante. En el caso de Molay, el proceso se hizo intencionadamente lento (con leña verde, o dispuesta para prolongar el sufrimiento), de acuerdo con órdenes de Felipe.

Dicho esto, en la hoguera la muerte rara vez era por “quemarse vivo” hasta el final; la mayoría sucumbía por asfixia, o shock en los primeros 10-20 minutos, y el sufrimiento inicial era atroz. En esa fase inicial el calor intenso causaba quemaduras de tercer grado en la piel expuesta (especialmente piernas y pies). La piel se enrojecía, se formaban ampollas y se carbonizaba. El dolor era extremo debido a la activación de receptores nerviosos. En esta fase, muchas víctimas perdían el conocimiento pronto por la ya mencionada inhalación de humo y gases tóxicos que causaban déficit de oxígeno en los organismos de los condenados.

El rey y el papa conspiradores pagaron con sus vidas la canallada que hicieron porque murieron pronto, supuestamente por una maldición que les lanzó De Molay.

Como hoy es viernes 13, te pregunto: ¿en qué supersticiones crees?

Cuando yo era niño y en el bus del colegio, se creía que si levantabas la mano cuando pasabas bajo los puentes del tren a la altura del Centro Cívico –en el momento en el que pasaba el ferrocarril– entonces tendrías buena fortuna. Una de las supersticiones más populares entre mis coetáneos era la de que, si te tocaba un número de boleto de camioneta que sumara 21, eso era de buena suerte.

Claro que pasar debajo de una escalera no traería nada bueno; y el que se te atravesara un gato negro era mal augurio. Tampoco era favorable que rompieras un espejo, o que derramaras sal. ¿Has visto ajos forrados de papel celofán rojo, colgados sobre una puerta? Eso es para que te vaya bien en tus negocios. Y en casa tenemos una herradura colgada por la tradición y porque es divertido.

Una superstición popular es la de creer que los políticos y burócratas actúan inspirados por motivaciones distintas a las de los demás seres humanos. En consecuencia, hay gente que cree que los “pipoldermos” generalmente van a poner los intereses colectivos antes que los suyos propios.

Hay gente que cree que los impuestos los pagan los ricos; y que los pobres no pagan tributos. Ignoran que los impuestos –como costos– pueden ser trasladados del mismo modo en que se trasladan otras formas de extorsión; otras veces el pago –para los pobres– se materializa en falta de oportunidades de empleo ya que los impuestos desvían recursos del sector productivo al sector improductivo de la economía.

Otra superstición popular es la de que hay que privilegiar las exportaciones; creencia que hace caso omiso de que las exportaciones pagan las importaciones y al revés. A mayores exportaciones, también mayores importaciones y que si se reducen las importaciones (sobre todo de bienes de capital) no se puede exportar.

¿Te gustan los cuentos? ¿Por qué? ¿En qué supersticiones crees?

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