World News

Los muertos que nadie recuerda

Abc.es 
A veces, como imaginaba Cortázar en uno de los cuentos más cortos de la literatura, el destino se presenta circular y surrealista: un guerrillero que luchó para derrocar a Mussolini se convierte luego en el máximo ejecutivo de una empresa de automóviles y es secuestrado por otros guerrilleros imberbes que lo acusan de ser un cruel capitalista y lo ejecutan sin piedad. Ese trágico y absurdo periplo le aconteció al italiano Oberdan Sallustro, valiente partisano y conocedor de la peligrosa clandestinidad en épocas del Duce, más tarde el número tres de Fiat en el nivel mundial y finalmente un gerente empeñoso de esa compañía en América del Sur. Todo comenzó el 21 de marzo de 1972, cuando miembros del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), un grupo de inspiración guevarista, cruzó su Fiat 1500 en la ciudad de Buenos Aires, baleó a su chofer y secuestró al empresario: exigían, para libertarlo, una fortuna y más tarde la imposible excarcelación de todos los 'compañeros detenidos', a quienes la organización terrorista pretendía asilar en Argelia. No sabían exactamente con quién estaban tratando: Sallustro era una figura internacional, hasta el papa Paulo VI dio un sermón en Plaza San Pedro rezando por su vida. Sus captores lo tenían escondido en un sótano, al que denominaban pomposamente «cárcel del pueblo»: esos estudiantes con más entusiasmo que lecturas y que habían adherido ciegamente a la moda del gatillo, lo vigilaban día y noche y estaban hechizados con las anécdotas que Oberdan les refería acerca de sus legendarias peripecias contra el régimen fascista. Todo ese anecdotario no encajaba, claro está, en la necesidad de odiarlo. La historia es larga y sinuosa, y está narrada como novela en la magnífica 'Operación Sallustro' (Sudamericana), del periodista Pablo Sirvén. Baste decir que cuando se enteraron de la relevancia del prisionero aumentaron las pretensiones y dilataron un acuerdo, y que al final unos policías dieron con la casa y que los captores, antes de escapar por los fondos, le pegaron al antiguo partisano un tiro en el pecho y otro en la nuca. El episodio condensa una época de fatales fanatismos y encierra una mezcla letal de ignorancia supina, estupidez humana, irresponsabilidad política, vana épica sacrificial y alegre pistolerismo con disfraz ideológico. Cientos de miles de jóvenes en los años 70 se volcaron a grupos terroristas –principalmente ERP y Montoneros– que intentaban por medio de bombas, tiros, raptos y extorsiones ser 'la vanguardia del pueblo', que los detestaba, y hacer por fin una revolución que nadie quería. Los autores intelectuales de esta orgía de atentados estaban en La Habana y en Madrid. El primero de ellos era Fidel Castro, que había financiado y entrenado a estos personajes, provenientes en su mayoría de la alta burguesía. Recuerda el escritor Jorge Sigal, otrora importante referente de la Juventud Comunista, que dirigentes del PC viajaron a Cuba para persuadir a Castro de que no siguiera alentando a la guerrilla local. Fidel los recibió con habanos y ampulosa fanfarria, y aceptó la idea soviética de rechazar la lucha armada y formar 'frentes populares' para la 'vía pacífica al socialismo': «Estoy de acuerdo, camaradas, el sujeto fundamental de la revolución es el movimiento de masas –les dijo, guiñando un ojo-. Pero…una bombita de vez en cuando nunca viene mal, ¿no les parece?». El otro gran responsable fue Juan Domingo Perón, que celebraba las 'acciones directas' de sus 'formaciones especiales' (Clausewitz 'dixit') y recibía en Puerta de Hierro a ultracatólicos devenidos bruscamente marxistas leninistas que amaban más el trotyl que los Santos Evangelios. Cuando el General regresó al país, Montoneros había crecido tanto que ya no le obedecía: para que el caudillo y su entorno derechista comprendieran quién mandaba, la cúpula ordenó coser a balazos al líder de la central obrera, gran sostén de Perón, quien enfurecido y en respuesta lanzó una cacería de exterminio que hoy todos prefieren olvidar. La represión posterior, consagrada con un golpe militar, fue parecida pero sistémica y aumentada: la dictadura de Videla practicó el terrorismo de Estado y realizó una de las carnicerías más siniestras de la historia moderna. Fue tan abyecta con sus desapariciones, torturas y robo de bebés que obró el milagro de santificar a determinadas víctimas que antes habían sido feroces victimarios. La izquierda generó sobre esas cenizas un relato único e inapelable, y logró inhibir cualquier cuestionamiento histórico a la guerrilla bajo el imperativo de que eso implicaba necesariamente 'hacerles el juego a los dictadores' y justificar sus perversiones. La izquierda caviar europea convalidó ese truco dialéctico porque simpatizaba, de lejos y a salvo, con la lucha de clases y romantizaba a aquellos imitadores del Che. El kirchnerismo institucionalizó desde el poder esta versión interesada: aquellos guerrilleros de entonces eran 'idealistas' y luchaban por la democracia (cuando hacían todo lo contrario) y debían ser recordados con gloria (cuando infligieron muerte y terror). Durante los años de la democracia, se les entregaron a ex montoneros lugares de poder para que ellos mismos purgaran a las Fuerzas Armadas y ejercieran venganza despidiendo o postergando a oficiales sin mácula, a veces por simple portación de apellido. Fue como si se hubiera otorgado a ex etarras la facultad de purgar la Guardia Civil. Los Kirchner adoctrinaron desde las escuelas y los medios públicos con esta narrativa, mientras colonizaban los organismos de derechos humanos y los utilizaban como escudos de sus prácticas políticas más controversiales. La inmensa mayoría de los jerarcas de la dictadura felizmente fueron condenados y pagan sus culpas o han muerto: los recordaremos mucho en pocas semanas, puesto que este marzo se cumplen 50 años de aquella ignominia. Pero la prehistoria de plomo, que de ningún modo justifica esa masacre, ha sido barrida bajo la alfombra: hay muchos de aquellos terroristas que fueron homenajeados y hasta indemnizados, y como contrapartida, hay miles de familias que perdieron a sus padres, maridos e hijos a manos de las guerrillas prohijadas por Perón y Fidel, y que no han recibido ni siquiera un pedido de disculpas. Son los muertos que nadie recuerda. Como Oberdan Sallustro, el guerrillero que luchó contra Mussolini y fue asesinado frívolamente por tres pibes que no entendían nada.

Читайте на сайте