Cuba y la miopía estratégica de México
La historia política de América Latina está llena de anuncios prematuros sobre el fin de regímenes que parecían agotados. Cuba ha sido, durante más de seis décadas, el ejemplo paradigmático de esa resistencia. Sin embargo, el momento que hoy atraviesa la isla no admite simplificaciones ni consignas fáciles.
La presión económica renovada desde Washington, la crisis energética persistente, la caída en ingresos turísticos y la precariedad estructural del modelo centralizado han colocado al régimen cubano ante una tensión que ya no es retórica, sino material y cotidiana.
Conviene separar la consigna del dato. La economía cubana depende de manera significativa del turismo y de las remesas. Antes de la pandemia, el sector turístico representaba una de sus principales fuentes de divisas. La recuperación posterior ha sido débil.
La escasez de combustible, los apagones recurrentes, las restricciones financieras y la limitada capacidad de inversión han erosionado la competitividad del destino.
No se trata de propaganda; se trata de infraestructura eléctrica insuficiente, de logística debilitada y de un aparato productivo que no logra satisfacer la demanda interna ni garantizar estándares internacionales sostenidos.
En ese contexto, el endurecimiento de sanciones por parte de Estados Unidos ha vuelto a colocar sobre la mesa la hipótesis de una transición. Algunos lo presentan como el inicio del fin del comunismo radical en América Latina.
Otros, con mayor prudencia histórica, recuerdan que el régimen cubano ha sobrevivido a crisis más severas. Pero aun quienes desconfían de los pronósticos categóricos admiten que el equilibrio actual es frágil. La combinación de agotamiento económico y presión externa constituye un factor que no puede subestimarse.
Si Cuba iniciara una apertura económica significativa —gradual o acelerada—, el impacto no sería únicamente político; sería, sobre todo, económico y regional.
El Caribe es un sistema interdependiente; los flujos turísticos no obedecen a afinidades ideológicas, sino a conectividad aérea, certidumbre jurídica, calidad de servicios y percepción de estabilidad.
La Habana posee activos evidentes: patrimonio arquitectónico, identidad cultural, ubicación estratégica y una marca histórica que despierta interés internacional.
Existe, además, un antecedente relevante. Durante el periodo de acercamiento diplomático entre 2014 y 2016, la flexibilización de las categorías autorizadas de viaje desde Estados Unidos —aunque el turismo libre continuaba formalmente prohibido bajo el embargo— provocó un incremento sustancial en el número de visitantes estadounidenses.
No se trató de apertura plena, sino de ampliación regulatoria dentro de los márgenes permitidos por la OFAC. El episodio demostró que la demanda potencial existe cuando disminuye la incertidumbre normativa y política.
Es aquí donde México debe pensar con serenidad y con visión de Estado. Quintana Roo, con Cancún y la Riviera Maya como ejes, se ha consolidado como uno de los principales generadores de divisas del país. El empleo directo e indirecto que depende del turismo sostiene a cientos de miles de familias.
La estabilidad económica del sureste mexicano descansa, en buena medida, en la fortaleza de ese sector. La pregunta, entonces, no es ideológica sino estratégica: ¿estamos preparados para competir en un Caribe donde Cuba vuelva a jugar un papel protagónico?
La competencia no es un agravio; es una realidad del mercado. Si la isla ofreciera incentivos fiscales agresivos, facilidades regulatorias y respaldo político internacional, captaría inversión y visitantes con rapidez. Frente a ello, México no puede refugiarse en la inercia.
La certidumbre jurídica, la simplificación administrativa, la seguridad pública y la sostenibilidad ambiental no son consignas; son condiciones indispensables para que el capital permanezca y se expanda. Cuando no existen, el capital migra. Somos testigos de cómo lo hace hacia Texas, Florida o Madrid, sin dramatismo, pero con racionalidad económica.
El caso del Tren Maya merece una reflexión más profunda que la discusión coyuntural. Se trata de una inversión pública de gran magnitud, cuyo potencial para articular polos de desarrollo es indiscutible. No obstante, la infraestructura, por sí sola, no genera prosperidad.
Requiere planeación territorial, incentivos claros para la inversión privada, integración logística y una estrategia que vincule movilidad, servicios y desarrollo urbano ordenado. Dos corridas diarias no transforman una región; una política económica coherente, sí.
No se trata de desear la caída de un régimen ni de celebrar escenarios inciertos. Se trata de comprender que los cambios geopolíticos generan efectos económicos inmediatos. Si Cuba se transforma, el Caribe se reconfigurará.
Y si el Caribe se reconfigura, México deberá competir en condiciones más exigentes. Persistir en una lógica donde el gasto social sustituye a la política de crecimiento productivo sería un error estratégico.
Los apoyos pueden aliviar carencias, pero no reemplazan la creación estructural de riqueza ni la generación sostenible de empleo.
La historia enseña que los países que prosperan son aquellos que anticipan escenarios y corrigen rumbos antes de que la presión externa los obligue.
México tiene la capacidad institucional, la ubicación geográfica y el talento humano para consolidar al sureste como un polo de desarrollo robusto y competitivo. Lo que falta es una visión integral que entienda que el mundo no se detiene mientras debatimos.
El eventual punto de quiebre en Cuba puede o no materializarse en el corto plazo. Lo que sí es evidente es que la región atraviesa una etapa de redefiniciones profundas.
En ese contexto, la indiferencia sería costosa. Anticiparse no es alarmismo; es responsabilidad. El Caribe no esperará a que resolvamos nuestras dudas internas. La competencia avanzará con o sin nosotros.