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'La última noche con mi hermano': la sangre tira, y mucho

Abc.es 
Alfredo Sanzol revela un 'spoiler' nada más comenzar 'La última noche con mi hermano ': la protagonista muere de cáncer -de hecho, es ella quien cuenta su historia-. Y es que al autor no le interesa tanto hablar de la enfermedad y de la muerte, que también, sino de las relaciones fraternales. Por eso la obra presenta tres parejas de hermanos: Nagore y Alberto están muy unidos, Ainhoa y Claudio no se hablan desde hace años, y Nahia y Oier, hermanastros, se están acostumbrando el uno al otro. A Nagore le diagnostican un cáncer y este hecho abre la espita para que relaciones, sentimientos y comportamientos afloren a la superficie y se muestren con toda su crudeza, vertebrados en torno a la figura de la enferma. El duelo por la muerte de un hermano es, dice el propio autor, el que socialmente está menos acompañado: «Cuando sucede todos te dan el pésame, pero muy pocos te preguntan, en los meses siguientes, cómo te encuentras». La obra habla de ese duelo y de la ausencia, de su aceptación y su aprendizaje, pero habla también de la ausencia en vida y del vacío distinto y singular que deja el alejamiento de esa figura fraternal. «La sangre tira, y además va por su cuenta», le dice el personaje de Claudio a su sobrino Oier, al que apenas conoce por el distanciamiento de aquel con su hermana. Los vínculos de sangre, los particulares lazos que establece, los complejos caminos que recorre y el inexplicable imán que resulta ser laten en 'La última noche con mi hermano', una función que expone una vez más las muchas virtudes de Alfredo Sanzol como autor y como director: franqueza, claridad, naturalidad -tanto en el desarrollo de la trama como en la construcción de los personajes, tan cotidianos como aristados-, y una extraordinaria capacidad para comunicarse con el espectador; para divertirlo, para emocionarlo, para conmoverlo, para atraparlo sin recurrir, en esta función, a la ‘sensiblería’ ni a trucos o giros inesperados de la trama. Lo hace a través de una historia aparentemente simple pero con muchas ramificaciones. Y es aquí donde Alfredo Sanzol pierde en ocasiones (en muy pocas ocasiones) el paso, con alguna escena -la del sueño de Alberto, la de la discusión política entre Ainhoa y Claudio...- que no suma en el desarrollo de la función y la alargan innecesariamente. No puede hablarse, en cualquier caso, de manchas, sino de sombras que no ocultan el brillo de la función. Una máxima universal en el teatro dice que la elección del reparto supone la mitad del éxito de la función. Y Sanzol no puede contar con mejores intérpretes para su texto: los seis brindan una encarnación de sus personajes afinada, precisa, cabal… Cabe mencionar a Nuria Mencía y Jesús Noguero, que navegan por las emociones de Nagore y Alberto, los dos personajes principales, con excelencia, veracidad y exactitud y coloreándolos siempre con justeza. 

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