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Un legado en peligro

Todas las cosas empiezan a echarse de menos cuando faltan, como el paraguas, en cuya ausencia no reparamos ni siquiera en el momento que chispea, sino con el aguacero. Sucede lo mismo en el caso de las instituciones, las costumbres, la estructuras sociales. 

A pesar de que la dialéctica entre tradición y progreso no ha dejado espacio a la hora de ponderar sus logros, lo que Fukuyama denomina Estado liberal ha hecho posible una combinación inusitada de libertad, prosperidad económica y desarrollo social que no cuenta con parangón en la historia. 

Pero en el contexto actual, se empiezan a cuestionar sus méritos y, de rondón, se ponen en duda los cimientos de una forma de gobierno que incluso el mismísimo Platón elogió, tras percatarse de que la utopía de los filósofos convertidos en leyes era irrealizable. 

Hablo, como supondrá el lector, del “gobierno de la ley”, un sistema que hoy, por fortuna, hemos mejorado bastante gracias a los esfuerzos de los juristas. El Estado de Derecho se sustenta, en este sentido, en el respeto por la Constitución o leyes básicas, la defensa de los derechos fundamentales y el escrupuloso reconocimiento de la división de poderes. 

Gracias a la incansable y admirable labor de dos juristas bregados en las arenas movedizas de la academia, María José Roca y Luis Míguez Macho, contamos hoy con una sintomatología precisa de las dolencias que quiebran nuestra salud democrática. 

Ambos coordinan Erosiones del Estado de Derecho (Dykinson), una voluminosa obra colectiva en la que se desgranan, una por una, no las cosas que pueden ir mejor, sino las que ubican nuestra actual estructura institucional en la sala de cuidados intensivos. 

El repaso es, en efecto, minucioso, comenzando por la radiografía que diversos autores ofrecen acerca de la desprotección de la democracia y los derechos más básicos, basamentos sin los cuales el ejercicio del poder se vuelve arbitrario.

A continuación, se destacan los desafíos en el marco del poder legislativo, el ejecutivo o el judicial, antes de introducir al lector en el campo de las instituciones europeas. 

La lectura suscita preocupación. Conociendo a la profesora Roca, sé que se ha visto en la obligación de poner en marcha este libro movida por convicciones personales. A ella, tan rigurosa y formada, no hay que convencerla de las consecuencias del desprestigio del derecho. Desde su cátedra en la Complutense, se desvive para transmitir que sin leyes no podemos vivir humanamente. 

Los especialistas que escriben en el volumen son unánimes: andamos desnortados, poniendo en peligro tesoros valiosos que han permitido la protección de la dignidad de las personas y la fiscalización de la autoridad.

El legado se nos está escapando por el sumidero y por ello el jurista ha de defender ese humus que, a base de principios, valores e instituciones, hace realidad el ejercicio de las libertades más básicas

La obra de Roca Fernández y Míguez Macho -a quien agradezco que me invitaran a colaborar en el proyecto- pone de manifiesto que las corruptelas, los cohechos y las fiestas a costa del erario no son, pese al escándalo público, lo más relevante. Son heridas que sangran y vistosas. Pero la enfermedad que corroe las instituciones es como un virus silencioso, menos llamativo, pero más letal. 

Hace años los profesores de filosofía del derecho explicábamos en clase la diferencia entre la ley positiva y la ley natural. Y esa idea tan venerada según la cual la justicia, siempre y en todo caso, estaba por encima del despotismo de poder o las manipulaciones. 

Hoy la distinción carece de importancia, pero no porque uno haya perdido sus convicciones, sino porque es perentorio no tanto defender una justicia que está por encima de la ley positiva, como de exigir el respeto por esta última, recordando que hay que presentar los presupuestos, como marca la Constitución, que legisla el parlamento, que los nombramientos no pueden ser arbitrarios o que los jueces son independientes. 

Este libro es, en resumen, un logro. Una obra necesaria que pone el foco donde debe estar y cuya lectura puede despertar lo que más necesitamos: civismo y derecho. 

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