World News

Finca 6: el milagro que no lo es

El chofer del microbús intenta despabilar a los excursionistas y enciende las luces y el radio. Un vallenato se deja ir hasta los asientos del fondo: “Me gusta el olor que tiene la mañana, me gusta el primer traguito de café…”.

Lo malo es que aún no es de mañana ni hay café. Son las cuatro de la madrugada, o sea, la noche; los excursionistas quieren raspar el último poquito de sueño y le piden al chofer apagar el radio y devolverles la oscuridad. Él obedece y algunos ladean la cabeza por encima de la almohada huesuda del hombro.

La calle por la que vamos comunica Palmar Norte con Palmar Sur. Recorrimos un tramo la víspera para visitar la locomotora negra que parece esperar a viajeros que nunca llegan para seguir un viaje que ya terminó. Frente a la máquina vimos las construcciones que el viento de la Bananera dejó atrás y un árbol de balas de cañón. No da balas de verdad, pero casi. A las flores les siguen unos frutos redondos y grandes, digamos que del tamaño de un coco. Es como si el árbol, en un territorio productor de esferas, se dedicara a lo mismo.

También ayer, poco después de llegar a Osa, almorzamos en Cortés. Antes de ser ciudad, Cortés fue un puerto fluvial que facilitaba mucho el comercio cuando se movía por aquí la United Fruit Company. Había entonces tanto trabajo y tantos hombres que no paraban de multiplicarse los refuegos, sitios de pésima reputación donde abundaban mujeres que vivían de hacer malabares en la cuerda floja de la mala vida.

Después del casado en Ciudad Cortés, el postre resultó ser un aguacero. Nos agarró en Batambal, un sitio arqueológico levantado en un alto desde donde se alcanza a ver el misterio del mar. El aguacero no nos soltó. Fue con nosotros hasta El Silencio, donde es fácil maravillarse con la esfera más grande encontrada hasta ahora.

Impone mucho esta piedra. Lleva a pensar en la dedicación de sus creadores y, aún más, en la de sus transportadores. Nadie sabe decir con certeza cómo la movieron, pero la cosa es que ahí está, huérfana de caciques, muda y monumental.

Todo eso ocurrió ayer. Hoy es hoy y aún falta un rato para que aclare. Estamos ya más cerca de Finca 6. Una voz le pide al chofer apurarse; debemos llegar antes del amanecer al punto donde se localizan las esferas que dos veces al año se alinean con la salida del Sol.

A estas alturas, ya todos los excursionistas están despiertos, incluso los trasnochados que la noche pasada buscamos cómo arreglar el mundo a punta de conversación y vino tinto. Nada logramos. Una vez más se comprueba que el mundo salió dañado de la fábrica, pero que incluso así, tan imperfecto, tiene rincones muy bien acabados.

A Finca 6 se entra después de dejar la ruta que sigue hasta Sierpe. Al fondo está el museo, al que llegamos bien de tiempo, pero todavía hay que caminar hasta el alineamiento. Lo hacemos por senderos abiertos entre pájaros invisibles a los que ya anima la proximidad del día.

Sobre las partes despejadas del terreno anda una niebla baja. Por encima de unos árboles se adivina una claridad. Las tres esferas del alineamiento asoman nada más la coronilla, pero ese breve afloramiento bastará para comprobar el fenómeno esperado. Todos los ojos se dirigen al este y cuando el Sol supera la fila arbolada, se traza una línea que va desde Finca 6 hasta las montañas lejanas que no vemos. La línea hermana lo próximo y lo distante, la obra de los mortales y la casi inmortalidad de nuestra estrella.

Presenciamos un milagro que no lo es. Es puro conocimiento: observación del cielo aterrizada en la llanura por las gentes del Diquís. Entre los excursionistas, hay sorpresa y emoción. Frente a ellos, hileras de alambre que impiden el paso atrapan la bruma y la transforman. Gotitas pequeñas se desprenden y caen. Con la luz que da calorcito a la tierra se va elevando el termómetro. Está servida la lluvia de la tarde.

ovidio.munoz@nacion.com

Ovidio Muñoz es periodista.

Читайте на сайте